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Jacques Derrida
Circonfesión
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1-
El vocablo crudo, discutirle así lo que es crudo, como si, para empezar,
me gustara elevar la apuesta, y la expresión «elevar la apuesta», la
jugada de póker, pertenece sólo a mi madre, como si yo pretendiese
discutir con él sobre lo que quiere decir hablar crudo, como si me
ensañase hasta la sangre en recordarle, como ya sabe, cur
confitemur Deo scienti, lo que nos exige
lo crudo, y así lo hago en mi lengua, la otra, la que desde siempre me
persigue y gira alrededor de mí, una circunferencia que me lame con su
llama y que yo, a mi vez, intento rodear, puesto que nunca he deseado sino
lo imposible, la crudeza en la que no creo, y la palabra cruda deja que
entren en él, a través del conducto auditivo, incluso por una vena, la fe,
la profesión de fe o la confesión, la creencia, la credulidad, como si yo
tuviera empeño en buscar una disputa con él, oponiéndole un escrito
ingenuo, crédulo, que, por alguna transfusión inmediata, apela a la
creencia del lector tanto como a la mía, desde este sueño, presente en mí
desde siempre, sobre otra lengua, una lengua completamente cruda, un
nombre también medio fluido, como la sangre, y oigo burlarse, pobre viejo,
no emprendas el camino, no es mañana la víspera, no sabrás nunca, la
sobreabundancia de una crecida tras cuyo paso un dique adquiere la belleza
de la ruina que siempre poseerá en su propio fondo sepultado, sobre todo
la crueldad, otra vez la sangre, cruor,
confiteor,
lo que la sangre ha sido para mí,
me pregunto si Geoff lo sabe, como podría él saber que aquella mañana, el
29 de noviembre de 1988, vino esta frase desde más allá de lo que nunca
podré decir, pero una sola frase, apenas una frase, la expresión plural de
un deseo hacia el que todos los demás parecían apresurarse desde siempre
en confluencia, un orden suspendido de tres palabras, encontrar
la vena, lo que un enfermero podía murmurar con
la jeringuilla en la mano, la aguja hacia arriba, antes de la toma
de sangre, mientras que, por ejemplo, en mi infancia, y
me acuerdo de aquel laboratorio en una calle de Argel, el miedo y la
oleada de glorioso sosiego se apoderaban de mí al mismo tiempo, me
tomaban, ciego, en sus brazos en el instante preciso
en el que la aguja de la jeringuilla aseguraba un paso invisible, siempre
invisible, para el continuo fluir de la sangre, absoluto, absuelto en el
sentido de que nada parecía interponerse entre el origen y la
desembocadura, dado que el complicado dispositivo de
la jeringuilla: no se introducía más que para abrir
el paso y desaparecer como instrumento; pero continuo en otro sentido, el
de que, sin la intervención ahora brutal del otro que, una vez retirada
del cuerpo la jeringuilla todavía levantada, y decidido a interrumpir el
flujo, doblaba con fuerza mi brazo hacia arriba y apretaba el algodón en
el interior del codo, la sangre habría podido seguir manando, no
indefinida pero sí continuamente, hasta agotarme, aspirando así a lo que
yo llamaba el glorioso sosiego.
Jacques Derrida |