Jacques Derrida

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La marcha de la institución
Jacques Derrida

Entrevista a Jacques Derrida de Catherine Paoletti en el programa «A voix nue» del 16 de diciembre de 1998

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Jacques DerridaPr.: -El año 1949-1950 es el de su primer viaje a la metrópoli. En París empieza estando interno en el liceo Louis-le-Grand, luego, en 1952, entra usted en la ENS [École Normale Supérieure]. Ha conservado un recuerdo doloroso de rodos esos años de Escuela, de los que dice que no le aportaron nada en un primer momento. En 1960, y hasta 1964, es usted el asistente de Suzanne Bachelard, Georges Canguilhern, Paul Ricoeur y Jean Wahl. Pero, a pesar de todos esos malos recuerdos de la Escuela, renuncia usted a un puesto en el CNRS [Centre National de la Recherche Scientifique] y vuelve, a invitación de Jean Hyppolite y de Louis Althusser, a la ENS para quedarse allí veinte años. En 1991 dijo usted que siempre había tenido «el mal de la escuela», igual que se dice en francés el mal de mer [mareo], que no podía atravesar el umbral de una institución de enseñanza sin experimentar signos físicos de malestar y de angustia. ¿Vislumbra usted hoy en día la posibilidad de una curación.

J. Derrida: -Preparé la Escuela Normal desde París. Me marché de Argelia en barco y pisé Francia por primera vez a los 19 años. Las khâgnes [i] del liceo Louis-le-Grand, los concursos para entrar en la Escuela Normal, los concursos de agregación (lo digo en plural porque suspendí al menos una vez en uno y otro caso), fueron unas pruebas terroríficas, unos momentos de angustia y de cansancio hasta un punto que no he vuelto a conocer desde entonces; me encontraba mucho más vulnerable física y psíquicamente que ahora. Esta situación rozó el límite de lo soportable durante tres años antes de entrar en la ENS, y luego durante cuatro años en la ENS. La culpa la tiene el sistema de esos concursos. La amenaza de la guillotina, al menos así era como lo experimentábamos, convirtió para m: esos años en infernales Ese pasado fue doloroso, nunca me gustó la escuela, por decir las cosas muy deprisa, me he sentido muy mal allí; no obstante, siempre he vuelto, y la ENS fue el mejor ejemplo de ello porque, a través del sufrimiento, el modelo seductor, fascinante, de la escuela se me impuso, de forma que, cuando Hyppolite y, Althusser me propusieron volver allí aunque yo podía estar en otro sitio (yo ya estaba en el CNRS), presenté mi dimisión del CNRS para volver a la ENS. Cualquiera que sea la crítica que pueda hacer a esa Escuela, en ese momento era un modelo, y enseñar en ella era una especie de honor y de gratificación que nunca tuve el valor ni el deseo de rechazar. Esa ambigüedad de la escuela -detestada, hacia la que se vuelve todo el tiempo- ha seguido siendo una constante. Hoy, en cierto modo, me siento libre, ya que no tengo ninguna obligación de enseñar, pero no obstante sigo dando un seminario, sin contar que la enseñanza en el extranjero siempre es posible. Mediante una especie de compromiso, de transacción que habrá sido la marca de mi relación con eso que se denomina la escuela, voy por consiguiente a seguir estando en ella sin estar, a no elegir entre quedarme e irme. En el fondo, es lo que siempre he hecho.

 

Pr.: -Lo que es bastante paradójico es que, aunque en la EHESS [École des Hautes Études en Sciences Sociales] usted fue nombrado director de estudios hace 13 años, con una dirección de estudios sobre «Las instituciones filosóficas», ha seguido siendo el «malquerido» de la institución académica en Francia. Esa denegación es inversamente proporcional al reconocimiento que se le ha podido otorgar en las instituciones académicas extranjeras o en unos espacios culturales que no tienen nada que ver con la institución. ¿Cómo explica esto? La cuestión de la institución es la nervadura de su trabajo, nunca ha dejado de reflexionar sobre ella, de tratar de descifrar los fenómenos. En ese sentido, estuvo usted en el origen de unas iniciativas de reflexión a la vez personales y colectivas, como el GREPH [Groupe de recherches sur l’enseignement philosophique] en 1974, los Estados Generales de la filosofía en la Sorbona en 1979, la fundación del Colegio internacional de filosofía cuyo primer director fue usted, el informe -con Jacques Bouveresse- sobre el estado y las perspectivas de la enseñanza filosófica en Francia. ¡Es como si su interés por la filosofía fuera contrario por su naturaleza al interés de las instituciones filosóficas!

J. Derrida: -Malquerido, decía usted. Sí, quizás he sido querido, mal, malquerido. Si echo una mirada retrospectiva desenvuelta, objetiva sobre esta historia, limitándome a los hechos, en efecto, a pesar de la voluntad organizada de cortarme un determinado número de accesos, el hecho es que he sido profesor de hypokhâgne, asistente en la Sorbona, docente durante 20 años en la ENS y, durante 15 años, en la EHESS, es decir, en lugares extremadamente envidiables, privilegiados, en donde he podido beneficiarme de la mayor libertad posible. Por lo tanto, en cierto modo, no he sido tan mal tratado e incluso he tenido mucha suerte.

Creo que no es simplemente fortuito. Los que no tenían ganas de verme en su casa, como en la universidad, notaban muy bien que yo ni estaba ni estaría en su casa, que no me sentía allí en mi casa. Es su respuesta a cierta ética de la institución la que se ha formado dentro de mí a partir de los acontecimientos de los que hablábamos al principio. Yo no quería pertenecer a esas instituciones con un consentimiento pasivo, sin ponerlas en tela de juicio, y eso se reflejaba de dos maneras: por un lado, siempre he respondido a lo que considero que son las exigencias más dignas de la universidad y de la enseñanza filosófica, pero me he visto conducido a cuestionar cierto número de normas institucionales, no sólo en la práctica cotidiana, sino en la escritura, en la enseñanza, en la forma de plantear las preguntas, en lo que yo escribía a fin de cuentas. No era mi persona o el color de mis ojos lo que no les gustaba, sino que era lo que yo escribía -y la relación entre lo que enseñaba y escribía- lo que se consideraba difícilmente aceptable. Creo que la respuesta era a la vez chocante y normal, previsible viniendo de parte de una institución que se ha defendido contra esas cuestiones.

No he insistido en «mal» querido para hacer un juego de palabras, pues creo que si dicha contrariedad no se hubiese dado en un movimiento de amor o de interés, tampoco habría habido rechazo. No hay rechazo violento que no traduzca un poco su opuesto o la defensa ante su opuesto.

 

Pr.: -Con frecuencia se le ha reprochado ser demasiado hermético, haberse- aislado voluntariamente. Usted no parece acreditar esa tesis.

J. Derrida: -No, la acusación de hermetismo no se sostiene. ¡Hay tantos filósofos más herméticos qué-yo! Y si yo fuese simplemente hermético, no sería grave. Los que me acusan de ser hermético es o bien porque no hacen el trabajo de lectura correctamente, o bien porque comprenden lo suficiente como para pensar que es mejor rechazarlo de antemano. Hago todo lo que puedo para ser claro, en la medida en que la claridad no perjudica a la complejidad de las cosas, y pienso que mucha gente comprende muy bien de lo que se trata.

 

Pr.: -Sí, pero justamente eso significa también que usted ha elaborado una reflexión filosófica que amenaza a la institución en sus normas establecidas.

J. Derrida: -Tal vez. No me gustaría demasiado traducir esto en lenguaje guerrero, pero es probable que, más allá incluso del contenido, los códigos, las normas de escritura o de lenguaje que he creído tener que proponer parecían más amenazadores que el contenido mismo. Las maneras de formular las cuestiones, de hablar, de dirigirse al otro, de hacer las frases, de entrecruzar referencias, la retórica o el gesto de escribir, han sido probablemente considerados todavía más temibles que el contenido mismo. Creo que cuando alguien propone un contenido «revolucionario», dentro del código corriente de la retórica, sin volver a poner en cuestión las normas institucionales, la universidad o las instituciones en general, lo aceptan más fácilmente que cuando alguien cambia la escenificación o se pregunta acerca de la escena misma, de la organización de los protocolos, de los procedimientos, de las evaluaciones, de las jerarquías, etc. Eso es lo que inquietó, creo yo, y no era una falta de lucidez inquietarse por ello porque se trataba efectivamente de cambiar algunas cosas.

 

Pr.: -Entonces, a pesar de todos los esfuerzos que ha desplegado con otros, en cuanto a reflexión y también a intentos de elaboración de nuevas estructuras que conciernen a la enseñanza de la filosofía, cuyo recorrido se puede seguir en Du droit à la philosophie (Galilée), ha establecido cierto número de mandamientos para defender la filosofía, mandamientos contestatarios como «protestar contra la sumisión de lo filosófico a cualquier finalidad perteneciente al orden de lo útil, de lo rentable, de lo productivo, protestar contra su confinamiento». Finalmente, se puede decir que todos esos trabajos o bien han resultado ser letra muerta o bien se han desviado de sus objetivos iniciales. Pienso sobre todo en el Colegio internacional de filosofía, que se ha convertido prácticamente en una institución, pese a seguir dando pie a numerosas polémicas.

¿Cómo vive usted esa situación? ¿Como un fracaso, una retractación, un efecto tal vez de la deconstrucción en la medida en que su trabajo apunta a los límites del sistema académico de enseñanza, o considera usted que ese trabajo era prematuro: ¿Ha renunciado usted a pelearse en ese frente?

J. Derrida: -Renunciar a pelearme en la forma en que lo hacíamos en los años setenta-ochenta, sin duda alguna. Mis sentimientos al respecto están mezclados: hubo en efecto una especie de desaliento ante una serie de resistencias que no eran simplemente políticas, quiero decir por parte de los poderes, sino asimismo de la corporación de los docentes. En los años setenta-ochenta pusimos en marcha unos trabajos teóricos y de investigación filosófica sobre la historia de la enseñanza en Francia, sobre los axiomas, los presupuestos, los prejuicios que fundamentaban a veces la organización y las instituciones de dicha enseñanza. La cuestión no se refería sólo al lugar de la enseñanza filosófica y a la edad en que se impartía esa enseñanza. Ciertamente, esa cuestión ocupaba un lugar estratégico en nuestros análisis y en nuestro combate, puesto que nuestras investigaciones filosóficas estaban asociadas a una acción militante. En ese punto es en donde hemos chocado, por un lado, con la inmovilidad política, tanto de los gobiernos de izquierdas como de derechas, y, por otro lado, con unas resistencias muy fuertes, a veces espontáneas e irreflexivas, a veces organizadas, por parte de los colegas de la enseñanza filosófica. Por no hablar de las otras disciplinas, porque también se trataba de transformar la relación de la filosofía con las demás disciplinas. Esta acción se desarrolló desde 1974-1975 hasta 1980. Los Estados Generales de la filosofía de 1979 hicieron que el gobierno se echase atrás en una reforma que iba a desembocar si no en la desaparición, sí al menos en una reducción peligrosa de la filosofía en Terminale. La creación del Colegio internacional de filosofía, cuyas premisas eran las del GREPH, permitió que la filosofía se abriese a nuevos objetos, a intercambios de otro tipo no «piramidal» como solía decirse, no jerárquico, con las disciplinas científicas, literarias, artísticas. El afán era abrir un espacio a objetos que no fueran todavía legítimos en las instituciones universitarias, al tiempo que se acogía a docentes de la enseñanza secundaria, a artistas, arquitectos, extranjeros.

 

Pr.: -Las cuestiones de la enseñanza le siguen importando ahora, puesto que de todas formas continúa impartiendo sus seminarios...

J. Derrida: -Por supuesto. No sólo porque siempre he enseñado, sino porque no imagino una filosofía ni una investigación disociada de su enseñanza. He intentado introducir en esa enseñanza nuevas pedagogías, nuevas escenificaciones, cambiar la política de la enseñanza y su relación con la sociedad.

 

Pr.: -En la medida en que ha planteado al mismo tiempo la cuestión del derecho de propiedad de las obras, de la firma, del mercado o, digamos de forma más general, de la cultura y de sus representaciones, se puede decir que, finalmente, ha cogido el toro por los cuernos en lo que se refiere a la cuestión de saber lo que bordea las estructuras institucionalmente admitidas.

J. Derrida: -Se podría mostrar que la cuestión de la enseñanza, tal y como ha podido ocuparme, comprometerme, no está nunca simplemente en la enseñanza. Se plantea a través de todos los temas, de todos los motivos aparentemente ajenos a la cuestión de la enseñanza filosófica. De ese modo, con el paso de los años, los caminos de mis discursos, de los textos y de las conferencias, de los compromisos institucionales han resultado semejantes al mapa que dibujaba usted hace un momento en el que la filosofía se encuentra...

 

Pr.: -¿ ... en el centro de las interacciones?

J. Derrida: Yo no diría en el centro precisamente, la topología de este asunto es muy complicada; no es el centro, tampoco es excéntrico extrínseca, no está en la cima de la jerarquía, de una pirámide desde la cual el filósofo vigila todos los campos del saber. Sin embargo, está ligada con todo, fecundada por todo y a veces es fecundante, pero sin relación de dominación, de coextensividad o, por el contrario, de marginalidad extrínseca con las demás disciplinas. Con frecuencia he insistido en el hecho de que lo que se ha denominado la muerte de la filosofía, su precariedad, la reducción de su campo, iban de la mano o eran la consecuencia de su hegemonía. Era porque ésta se situaba a sí misma en la cima de la pirámide del saber, desde donde pretendía conocer el sentido de cada región, era porque estaba tan alta por lo que su espacio se reducía como el de una punta y por lo que estaba a la vez moribunda y reprimida en la institución. Por consiguiente, al cambiar la tópica de esa relación, al cuestionar el dominio filosófico, se le daban más oportunidades, más espacio, más «vitalidad».

 

Pr.: -Existen ecos más bien inesperados de sus textos. Pienso sobre todo en la música en donde, de una forma muy extraña, hay una especie de relación con la gramofonía de sus textos que se ha instalado, casi a su pesar, como un efecto de su trabajo.

J. Derrida: -Inesperados y esperados. Inesperados y deseados. No es a mi pesar, en todo caso, aunque esas creaciones se hagan sin mí. Ya sea en arquitectura o en música, dichas iniciativas no me inquietan, al contrario, cuando puedo participar en ellas, a mi manera y modestamente, ¡voy corriendo!

Es inesperado porque la iniciativa no es mía, pero al mismo tiempo no me sorprende del todo porque creo que ahí hay posibilidades o afinidades en las que oscura, virtualmente, he pensado.

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