La
palabra proferida o inscrita, la letra o la carta, es
siempre robada. Siempre robada porque siempre abierta. Nunca
es propia de su autor o de su destinatario, y forma parte de su naturaleza
que no siga jamás el trayecto que lleva de un sujeto propio a un sujeto
propio. Lo cual equivale a reconocer como su historicidad la autonomía del
significante que antes de mí dice por sí solo más de lo que creo querer
decir, y en relación con el cual mi querer decir, sufriendo en lugar de
actuar, se encuentra en falta, se inscribe, diríamos, en pasivo.
Soplada, esto es, sustraída por un comentador posible que la reconocería
para colocarla en un orden, orden de la verdad esencial o de una
estructura real, psicológica o de otro tipo. El primer comentador es aquí
el oyente o el lector, el receptor que no debería ser el «público» en el
teatro de la crueldad. Artaud sabía que toda palabra caída del cuerpo, que
se ofrece para ser oída o recibida, que se ofrece como espectáculo, se
vuelve enseguida palabra robada. Significación de la que soy desposeído
porque es significación. El robo es siempre el robo de una palabra o de un
texto, de una huella. Derrida, La
palabra soplada. |