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El primer lector es ya un heredero. ¿Voy a ser leído? ¿Escribo para ser
leído? ¿Y para ser leído aquí, ahora, mañana o pasado mañana? Esta
pregunta es inevitable, pero se plantea como pregunta a partir del momento
en que sé que no lo puedo controlar. La condición para que pueda haber
herencia es que la cosa que se hereda, aquí, el texto, el discurso, el
sistema o la doctrina, ya no dependa de mí, como si yo estuviese muerto al
final de mi frase [antes incluso de firmar un pensamiento]. Dicho de otro
modo, la cuestión de la herencia debe ser la pregunta que se le deja al
otro: la respuesta es del otro. No podemos preguntarnos acerca de lo que
hará el otro, pero lo que debemos desear es que la respuesta sea la del
otro y no la mía, que no sea dictada por mí, y que el otro, aunque esté
bajo la autoridad o la ley de mi testamento por ejemplo, no se determine
más que por sí mismo. No deseo que mis lectores o mis herederos se
constituyan en herederos sino libremente. Si lo hiciesen constreñidos, no
los consideraría herederos. Es preciso que yo renuncie a estar detrás de
lo que digo, hago o escribo para que la cuestión de la herencia se
plantee.
[...] Si he huido de ese fenómeno de escuela, es tal vez porque notaba que
los que heredan porque están en la escuela o porque reproducen
escolarmente modelos, no son verdaderos herederos. Aplican, reciben,
reproducen, pero no son verdaderos herederos. Los herederos auténticos,
los que podemos desear, son herederos que han roto lo suficiente con el
origen, el padre. el testador, el escritor o el filósofo como para ir, por
su propio movimiento, a firmar o refrendar su herencia. Refrendar es
firmar otra cosa, la misma cosa y otra cosa para hacer que advenga otra
cosa. La rúbrica implica en principio una libertad absoluta. Jacques
Derrida.
Entrevista a Jacques Derrida
de Catherine Paoletti en el programa «A voix nue» del 18 de diciembre de
1998 |