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PATRICIO PEÑALVER
Introducción
A La desconstrucción en las
fronteras de la filosofía,
Paidós/I.C.E. - U.A.B., Barcelona, 1996,
pp. 9-33. Edición digital de
Derrida en Castellano.

«Si j'avais á risquer, Dieu m’en garde, une seule
definition de la déconstruction, brève, elliptique, economique comme un
mot d’ordre, je dirais sans phrase: plus d'une langue.»
J. D.,
Mémoires pour Paul de Man,
pág. 38.
I. Katastrophé
metafórica y ruina de la representación
Digámoslo en seguida: la llamada desconstrucción no es, desde luego,
una filosofía retórica, una nueva figura de la eterna sofística (como
quieren creer muchos de sus alérgicos críticos), pero tampoco es una
retórica de la filosofía, una explicación metafilosófica de la «mitología
blanca», del fondo y los recursos metafóricos (o figurados en general) que
habría borrado de sus orígenes el logocentrismo dominante en la etnia
occidental (como piensan algunos de sus más irresponsables usuarios).
Ahora bien, es cierto que un enclave problemático decisivo en la
constitución y en los trayectos de la desconstrucción es la necesidad de
analizar y revelar la condición tropológica (figuras, metáforas,
metonimias, pero también traducciones, transferencias, errancia, envíos)
del lenguaje de la filosofía: el juego de la metaforicidad en y bajo el
texto filosófico, y la clausura del campo de la representación (o del
lenguaje como representación). He dicho, bastante inadecuadamente,
«analizar». Inadecuadamente, no sólo porque el rigor de la desconstrucción
destituye, desautoriza el axioma de un o unos núcleos primitivos de
sentido que delimitarían y posibilitarían el análisis como tal, sino
porque el campo en el que se interesa, el campo en el que se interna la
desconstrucción es de entrada un campo polémico, el espacio heterogéneo de
un conflicto de fuerzas (y ya, ante todo, de fuerza y sentido), lo cuál
requiere, más que análisis neutro, metódico y «especulativo», intervención
estratégica y singular, implicada en tal o cual lugar o momento de aquel
espacio. En cualquier caso, hay que tener en cuenta que la tentativa de
hacer aparecer aquella condición (suelo, si inestable, y elemento, o
naturaleza) trópica de la filosofía no puede dejar de enfrentarse a una
resistencia sistemática y compleja por parte de ésta: resistencia a aquel
análisis o a aquella estrategia de revelación del fondo móvil metafórico
de la filosofía, resistencia a lo que ésta experimentaría como una
«invasión» de todo el lenguaje por la metáfora (e invasión general tan
insoportable, tan impensable para la filosofía, como la «secuencia» o la
consecuencia de esa ocupación desbordante: el reflujo o el retirarse de la
metáfora). Se tendría que comprender (antes de proceder a desmontarlo y
desacreditarlo cuidadosamente, antes de desconstruir su principio) ese
gesto de la filosofía como tal: ésta incluye, o
es,
la distinción del sentido propio y el sentido metafórico,
la afirmación de la primariedad del primero, el lenguaje literal, que
dice lo que quiere decir, su significado, y la derivación o la
derivabilidad del segundo, el lenguaje figurado, que dice de otra manera,
otra cosa, otra cosa que su significado, flotando a la deriva, sin
anclaje, indecidiéndose,
en un cierto vacío de sentido (situación ésta dramáticamente expuesta
por Derrida -otros dirían retóricamente construida- en las primeras
páginas de «La retirada de la metáfora», al tener que tratar
metafóricamente de la metáfora). Gesto doble; pues, el de esta
resistencia de la filosofía[i]
a que se «toque» su principio del sentido propio y su derecho de
propiedad del sentido: dominación del lenguaje propio como campo dominado
por intenciones significativas unívocas al menos en su telos o su
horizonte, y así, dominado por la referencia a la verdad como presencia, y
jerarquización subordinante del lenguaje figurado (digamos,
metonímicamente, metafórico), bien como capa de expresión más o menos
parasitariamente ornamental, bien como preparación para el trabajo
cognoscitivo, onto-lógico, del verdadero lenguaje por medio de la
analogía, que sería la ley y el
medium
de la metáfora.
Estas secas generalidades deben haber al menos sugerido hasta qué punto
está problemáticamente cargado o sobredeterminado aquel enclave,
efectivamente decisivo, del estratégico «interés» de la desconstrucción en
las lenguas y la «retórica» de la filosofía. A él vuelven, de manera más o
menos temática, recurrentemente, muchos textos, muchos momentos del texto
de Derrida, desde «Fuerza y significación»
(1963)
(en La escritura y la diferencia)
a
Mémoires pour Paul de Man
(1988),
pasando, señaladamente, por «La
mitología blanca» (1971) (en
Márgenes de la
filosofía), «La doble
sesión» (1970) (en La diseminación)
[trad. cast.: Madrid, Fundamento,
1975] y «Torres
de Babel» (1980) (en
Psyché). Y sin duda en ese
enclave coinciden, según dos trayectorias, los dos textos traducidos aquí,
convergencia ésta que permite unir estos dos ensayos, próximos de todas
formas ya por más de un motivo: las fechas, la inflexión compartida de una
cierta consideración retrospectiva de trabajos anteriores que han
desplazado ya las cuestiones planteadas de sus «sitios» tradicionales, la
similitud del tipo de escenario, cierto estilo y cierta «retórica» de la
comunicación en coloquios (sin ninguna complacencia, por otra parte, en
las falsas facilidades del género «conferencia»), y en fin, y sobre todo,
una experiencia paralela de la necesidad de «dialogar» con el texto de
Heidegger. «La retirada de la metáfora» prolonga, de una manera explícita,
algunos motivos del amplio estudio mencionado («La mitología blanca. La
metáfora en el texto filosófico»), tras una réplica a la crítica -o a la
lectura insuficiente, o «demasiado vivamente metafórica o metonímica»- que
hace Paul Ricoeur en La metáfora viva
(1975) de aquel ensayo;[ii] más precisamente esos
motivos arrancan de una nota de «La mitología blanca» acerca de la
«desconfianza» de Heidegger ante el concepto de metáfora como concepto
dependiente de la metafísica. En cuanto a «Envío» -discurso inaugural de
un congreso de la Sociedad francesa de filosofía sobre el tema de «la
representación»-, problematiza la legitimidad o los límites del concepto
de representación a partir de una exploración de las dificultades de la
traducción latinogermánica y de la necesidad que tiene el filósofo de
salir de la clausura de un solo idioma,[iii] y a partir sobre todo, de
nuevo, de la potencia, pero también de la insuficiencia, de la
interpretación heideggeriana de la «época de la representación» (la «época
moderna», la época de la imagen del mundo, según un célebre ensayo de
1938, Die Zeit des Weltbildes,
en Holzwege): de la
insuficiencia de esa interpretación en cuanto que Heidegger supone la
unidad del destino o de la historia del ser impuesta por la «gran época
griega». Así, pues, la metáfora en retirada, o la
katastrophé
que invierte el trayecto de la metáfora para poder pensar la retirada
o las retiradas del ser (tras la desconstrucción del concepto filosófico y
retórico de metáfora que cree poder controlar ésta en su distribución del
sentido propio y figurado), por un lado; y la
ruina de la representación (de su concepto y de su época, en la situación
de duelo interlingüístico franco-alemán que hace comunicar a cada lengua
con su propia muerte), por otro lado: por ambas partes se requiere pensar,
es decir, pensar de otro modo, incluso de un modo completamente diferente.
Ahora bien, esas «operaciones», como he sugerido, se inscriben en una
ya larga, y muy densa, aventura de pensamiento, quizá de las más
activamente receptivas, más lúcidamente descifradoras y más generosamente
audaces, en la interpretación de los signos del tiempo -signos inseguros
pero ineludibles-, como signos de la clausura del saber absoluto.
Orientará, se quisiera, la entrada en esa difícil aventura -pero cuyo
carácter oscuro y laberíntico no deberá sustraérsele, como que es
invitación al laberinto y peligro para la certeza, pero cuya resistencia a
la comprensión y al entendimiento, como escritura y escritura de la
escritura que es,[iv]
habrá que respetar-, indicar,
primero,
algunas de las premisas y los contextos tipificadores de la
desconstrucción; explicar, en
segundo lugar, la «hipótesis» o la abertura gramatológica, la hipótesis al
mismo tiempo de más fuerza irruptiva en este pensamiento y de más
sostenida eficacia «organizadora» de sus intereses, para, en tercer lugar, apuntar
más precisamente a la elaboración en este pensamiento de la cuestión de la
metáfora y de la condición esencialmente trópica del lenguaje de la
filosofía.
II. Premisas y
contextos de la desconstrucción
A decir verdad,
«desconstrucción» no es una buena palabra, y desde luego no es una palabra
bella. Eso dice, al menos, en algunos gestos retrospectivos, y en medio de
un cierto malestar, el «inventor» del término (aunque éste no es
exactamente un neologismo, como señala el propio Derrida) y el responsable
inicial del pensamiento que suele llamarse así y de la considerable
«fortuna» (pero en buena medida polémica, cuando no de crispado rechazo
sintomáticamente autodefensivo) que esa desconstrucción ha alcanzado en
los últimos veinte años, en Europa y en América, en la discusión
filosófica pero también, y especialmente, en la teoría y la historia
literaria, en la estética, las ciencias humanas, el psicoanálisis, las
ciencias del lenguaje, la teoría de la traducción, el análisis de las
instituciones, la reflexión política y la teología.[v]
El caso es que esa fortuna de la palabra sorprendió, y desagradablemente
en parte, a Derrida, para quien e1 «éxito» de aquel término como nombre
aparentemente sintetizador y tipificador del pensamiento del que formaba
parte se debió mucho más que al lugar y la función que ejercían en sus
textos, a ciertas condiciones históricas de la recepción de ese
pensamiento (postestructuralismo, relectura postexistencialista de
Heidegger, nueva sensibilidad por el nihilismo). Lo cierto es que
«desconstrucción», la palabra y el concepto o la operación nombrada, no
habrían desempeñado un papel metódico sistemático o una función teórica
privilegiada en los textos que desde mediados los sesenta (en
De la gramatología,
los
últimos cinco ensayos de
La
escritura y la diferencia,
y La voz y el fenómeno) empiezan a emplearla, en usos y
contextos que de todas formas ninguna lectura podía descuidar o minimizar.
Así, pues, la «importancia» de la expresión y el concepto de
desconstrucción no habría sido tramada, calculada, en el programa teórico
de Derrida; ahora bien, su «eficacia» en la cultura contemporánea para
designar en general las formas de lectura, de escritura, de interpretación
y de experiencia del pensamiento derivadas de aquel programa es ya un
hecho irreversible ante el que probablemente no tendría mucho sentido
eludir o minimizar su utilización por una especie de ascetismo
terminológico. Y, por otro lado, el pensamiento que ha llegado a llamarse
así en el trance de su difusión o su recepción ha insistido de muchas
maneras en la imposibilidad de aislar un sentido originario principal en
el centro de una construcción conceptual o el conjunto de una obra. La
desconstrucción desautoriza, desconstruye, teórica y prácticamente, los
axiomas hermenéuticos usuales de la identidad totalizable de la obra y de
la simplicidad o individualidad de la firma. En consecuencia, los giros,
las variaciones, los desplazamientos de interés temático, las
transferencias, las traducciones, incluso si abusivas (y Derrida dice que
«una buena traducción debe ser abusiva»), y por ejemplo el uso abusivo de
«desconstrucción» como título, como epígrafe capital de un cuerpo de
significaciones diseminadas que no se pueden sintetizar o dominar bajo un
nombre, todas esas transformaciones que «sufren» los conceptos y las
prácticas de la más o menos mal llamada desconstrucción, no deberían
evaluarse como accidentes ajenos a un presunto núcleo esencial. Este
pensamiento -al pensarse, y al pensar su «origen» dividido en múltiples
raíces y su relación crítica con sus premisas desde los primeros pasos- no
puede descansar en una unidad consigo mismo. Tiene que aplicarse -en sus
momentos más o menos directamente reflexivos sobre su sentido en general,
o sobre el sentido de su marcha- aquella inestabilidad e inquietud que él
mismo produce, en la sonámbula seguridad metódica de la historia de las
ideas o de la historia convencional de la filosofía, al poner en cuestión
las nociones -todas ellas gravemente afectadas por la desconstrucción- de
autor, obra, fuentes, génesis, sistema, método, desarrollo, evolución,
influencias, interpretaciones... La desconstrucción irrumpe en un
pensamiento de la escritura, como una escritura de la escritura, que por
lo pronto obliga a otra lectura: no ya imantada a la comprensión
hermenéutica del sentido que quiere-decir un discurso, sino atenta a la
cara oculta de éste -y en el límite, a su fondo de ilegibilidad y de deseo
de idioma-, a las fuerzas no intencionales inscritas en los sistemas
significantes de un discurso que hacen de éste propiamente un «texto», es
decir, algo que por su propia naturaleza o por su propia ley se resiste a
ser comprendido como expresión de un sentido, o que más bien «expone» éste
como efecto -y con su legalidad y necesidad específica- de una ilusión
para la conciencia. Si esto es así, habría que reconocer que en un
principio un programa de interpretación e historia de la desconstrucción
que intentase atenerse a lo que esta ha querido decir o habría querido
decir, corre el riesgo de la mayor infidelidad hermenéutica. Sólo podría
conjurar el peligro de esa infidelidad una retrospectiva o una mirada
histórica al «origen» (pero dividido) de la desconstrucción que se
esfuerce en leer allí, en las premisas y los primeros pasos o lugares de
este pensamiento, el impulso inventivo y afirmativo, realmente «poiético»,
que lo transforma y lo encadena a una serie trópica inclausurable de
conceptos y prácticas de otra interpretación de
la experiencia (otra experiencia de la alteridad de lo otro), otra que la
comprendida en y por una comprensión, un entendimiento y una razón
autosituados en el centro.
A los elementos de esa serie o cadena en la que se inscribe la
desconstrucción -inscripción o contexto que le da su verdadera
significación: su movilidad y su fecundidad- los llama Derrida «indecidibles» (invocando por analogía el teorema de Gödel
sobre los límites del formalismo). Estos indecidibles, o falsas unidades
verbales, habitan -más o menos ilegalmente, o furtivamente- el cuerpo de
la tradición logocéntrica por desconstruir, pero no están sometidos al
sistema clausurado de sus conceptos y sus oposiciones constitutivas:
verdad-pensamiento, sensible-inteligible, pensamiento-lenguaje,
sentido-signos, significante-significado, habla-escritura, alma-cuerpo...
Indecidibles, sutilmente potentes artefactos textuales para producir una
especie de parálisis en el sistema conceptual de la metafísica logocéntrica, y abrirlo a
lo que ésta hasta ahora ha reprimido o excluido, son, entre otros, los
siguientes: archiescritura
(marca reiterable, o inscripción como condición de la signi-ficación,
como posibilidad del lenguaje en general anterior a la distinción entre la
palabra hablada y la escritura en sentido derivado o corriente);
huella
(relación con un pasado que se sustrae a la memoria en el «origen» del
sentido, que interrumpe la economía de la presencia e introduce en la vida
de los signos lo incalculable, lo exterior);
entame (inicio o merma, encentadura que corta y empaña la integridad del
origen desde el comienzo);
différance
(que divide el sentido y difiere su plenitud sin fin, sin finalidad y
sin horizonte teleológico que permita reasumirla dialécticamente en la
conciencia); espaciamiento (que
impide el volumen homogéneo del espacio y la linealidad del tiempo);
texto (proceso significante general que somete el discurso a la ley de la
no-plenitud o la no-presencia del sentido y que está sometido a su vez a
la ley de la insaturabilidad del contexto);
parergon
(lo
«accesorio», él detalle exterior que ante la mirada micrológica se
revela como instancia «clave» para descifrar una obra)... Pero no tendría
mucho sentido pretender en este momento una profundización y una extensión
de los términos de esa serie, que rodean a la desconstrucción como su
contexto, que constituyen en cierto modo el léxico de la desconstrucción.
La referencia -tan parcial y tan meramente indicativa- a la cadena de
indecidibles en la que se inscribe la desconstrucción debe al menos poder
sugerir que la desconstrucción significa otra cosa, de otro modo, que lo
que su materialidad gramatical y su significado inmediato en los primeros
usos estratégicos que Derrida hizo de este concepto, parecían imponer. En
efecto, desconstruir parece significar ante todo: desestructurar o
descomponer, incluso dislocar las estructuras que sostienen la
arquitectura conceptual de un determinado sistema o de una secuencia
histórica; también, desedimentar los estratos de sentido que ocultan la
constitución genética de un proceso significante bajo la objetividad
constituida y, en suma, solicitar o inquietar, haciendo temblar su suelo,
la herencia no-pensada de la tradición metafísica. Lo cierto es que ya
esta descripción mínima del carácter de esa operación, descripción
orientada por los contextos inmediatos de los primeros «usos» de ese
concepto por parte de Derrida, tendría que desautorizar la interpretación
habitual, y habitualmente crítica, de la desconstrucción como destrucción
gratuita y nihilista del sentido y liquidación del buen sentido en el
escepticismo posmoderno. Ya para una lectura mínimamente atenta a aquellos
usos del término tenía que estar claro que esa operación, esa estrategia
derridiana en la lectura de ciertos textos (Husserl, Rousseau, Hegel,
Platón, Saussure... ) requería una atención muy cuidadosa, micrológica, a
lo constructivo de lo por desconstruir, e incluso un gesto afirmativo de
identificación con la «necesidad» de la herencia (la razón filosófica y su
voluntad de verdad) en cuestión. Ahora bien, decíamos, desconstruir
significa más, otra cosa y de otro modo, que desmontar, dislocar,
desestructurar, desconstituir los efectos de sentido del logocentrismo,
desde el momento en que se hace jugar el contexto de la cadena trópica de
indecidibles que lo rodea. De ahí, seguramente, el malestar de Derrida
ante el «triunfo» de «desconstrucción» como nombre de este pensamiento.
Esa palabra no sólo es insuficiente, parcial, incapaz, como cualquier
otra, de capitalizar las energías de un pensamiento que se llamó a sí
mismo en un segundo momento diseminación (el pensamiento de la escritura,
de la différance, de la huella... ), sino que es una palabra comparativamente menos
adecuada que otras, no una buena palabra, ni bella. ¿Por qué? En una
palabra, porque es gramaticalmente negativa, siendo así que la cadena en
la que la inscribe, en la que la escribe y la usa el texto de Derrida
denuncia precisamente la negatividad (y sobre todo la negatividad
dialéctica) en aquello de lo que se separa y que somete a desconstrucción,
en el logocentrismo, y expone, o es, ella misma, esa cadena de
indecidibles en su secuencia metonímica, un pensamiento profundamente
afirmativo. Puede ser útil recordar la historia del surgimiento del
término.
El contexto inicial inmediato del uso de «desconstrucción», en cierto
modo el contexto inicial de su invención, fue la traducción de la
Destruktion heideggeriana de la historia de la ontoteología (y también, aunque
menos directamente, del Abbau
husserliano, la des-sedimentación de las capas de sentido en la
historia genética de una producción intencional).[vi]
En «Carta a un amigo japonés» -una
tentativa no de definir la desconstrucción, pero al menos de determinar
negativamente las connotaciones o significaciones que hay que evitar, si
es posible, en el momento de entenderla activamente, por ejemplo al
traducirla- Derrida evoca el contexto en que surgió o se impuso el
término: «Cuando escogí esa palabra, o cuando ésta se me impuso, creo que
fue en
De la gramatología,
no pensaba que se le reconocería un papel tan central en el discurso
que me interesaba entonces. Entre otras cosas deseaba traducir y adaptar a
mi propio discurso las palabras heideggerianas
Destruktion o
Abbau. Las dos significaban en ese contexto una operación
aplicada a la estructura
o
la arquitectura
tradicional de los conceptos fundadores de la ontología o de la metafísica
occidental. Pero en francés el término “destrucción” implicaba demasiado
visiblemente una aniquilación, una reducción negativa más próxima de la
“demolición” nietzscheana, quizá, que de la interpretación heideggeriana o
del tipo de lectura que yo proponía. Por eso la aparté»
(Psyché, pág. 388). Se
trataba, pues, en parte al menos, de no decir destrucción.
Por otro lado, y aunque «desconstrucción» era entonces una palabra muy
rara, prácticamente desconocida, no es un neologismo, el diccionario
Littré la registra, atribuyéndole por cierto un significado gramatical y
retórico (trastornar la construcción de una frase) y también un
significado «maquínico» (desmontar en sus piezas una máquina) que
importaba para lo que Derrida buscaba con ese término más allá de la
traducción de la Destruktion heideggeriana. Otro elemento del contexto histórico de los primeros
usos de la desconstrucción -el
dominio de la cultura filosófica y teórica francesa de los años
sesenta por el paradigma estructuralista, por el que -por otra parte, se
interesó Derrida de forma muy activamente crítica- favoreció el curso y el
recurso (y aunque muchas veces desde un talante polémico) de aquella
palabra: «Desconstruir era también un gesto estructuralista, en todo caso,
un gesto que asumía una cierta necesidad de la problemática
estructuralista. Pero era también un gesto antiestructuralista, y su
fortuna depende por una parte de este equívoco. Se trataba de deshacer,
descomponer, des-sedimentar estructuras (todo tipo de estructuras,
lingüísticas, “logocéntricas”, “fonocéntricas” -puesto que el
estructuralismo estaba dominado sobre todo entonces por modelos
lingüísticos, de la lingüística llamada estructural a la que se le llamaba
también saussuriana-, socioinstitucionales, políticas, culturales y, sobre
todo, y en primer lugar, filosóficas). Es por eso, sobre todo, por lo que
se ha asociado el motivo de la desconstrucción al “postestructuralismo”
(palabra ignorada en Francia, salvo cuando “regresa” de Estados Unidos).
Pero deshacer, descomponer, des-sedimentar estructuras, movimiento más
histórico, en un cierto sentido, que el movimiento “estructuralista” que
se encontraba así puesto en cuestión, no era una operación negativa. Más
que destruir, era necesario también comprender cómo estaba construido un
“conjunto”, para lo cual era necesario reconstruirlo
(ibíd.,
págs. 389-390).
Así, pues, por un lado y por otro, por el de la reconocida filiación
heideggeriana, y por el de la no casual convergencia con la problemática
estructuralista, ya la motivación inicial de la desconstrucción tenía que
haber excluido de entrada su interpretación, primero, como pensamiento
negativo, destructivo, y luego como pensamiento nihilista, radicalmente
escéptico, como una figura sintomática y representativa de lo que algunos
ilustrados rezagados llaman «destrucción de la razón». Esa lectura
nihilista de la desconstrucción sería la más inadecuada al movimiento
afirmativo de la cadena de indecidibles que le da o le asigna su sentido
-su fuerza y su deseo-; pero hay que reconocer que aquella apariencia
negativa está inscrita, en cierto modo predeterminada, en la misma
gramática de la palabra, y de ahí lo insatisfactorio de ésta,
especialmente si se entiende aislada.
Ahora bien -y aludimos ahora a otro equívoco bastante generalizado en
estos parajes, equívoco aparentemente antagónico al anterior, pero que hay
también que evitar- tampoco cabe una interpretación propiamente
constructiva o positiva de este movimiento: la desconstrucción como método, en la
filosofía y en las ciencias humanas, quizás en conflicto o en diálogo con
la dialéctica, la hermenéutica, el mismo estructuralismo, el psicoanálisis
o el análisis lingüístico. De nuevo cito la «Carta a un amigo japonés»
(reflexión que arranca de las dificultades de una posible traducción de
«desconstrucción» a una lengua tan alejada como el japonés, pero es que
«la cuestión de la traducción es también de parte a parte la cuestión de
la desconstrucción y de la lengua de los conceptos, del corpus textual de
la metafísica llamada “occidental”»):[vii] «La desconstrucción no es
un método, y no puede transformarse en método. Sobre todo si se acentúa en
esa palabra la significación procedimental o tecnicista. Es verdad que en
ciertos medios (universitarios o culturales, pienso en particular en
Estados Unidos), la “metáfora” tecnicista y metodológica que parece necesariamente vinculada a la palabra misma
“desconstrucción” ha podido seducir o desorientar. De ahí el debate que ha
tenido lugar en tales medios: ¿puede convertirse la desconstrucción en una
metodología de la lectura y de la interpretación? ¿Puede así ser
reapropiada y domesticada por las instituciones académicas?» (ibíd., págs. 390-391). Hay que entender esta resistencia a
la conversión metódica. Primero,
porque cada intervención de la desconstrucción, como se ha dicho ya,
tiene un carácter irreductiblemente singular, vinculada como está ella
misma a su vez a la singularidad del texto (o de su coyuntura) que lee y
del texto que escribe: la desconstrucción se autoimpone un «respeto»
inaudito al deseo de idioma y a la intriga de la firma secreta diseminada
en cada corpus textual, «respeto» que requiere, junto a un recurso crítico
al método o los métodos clásicos (de los que no se podría prescindir
simplemente sin el riesgo de la más estéril arbitrariedad), un cierto
delirio hermenéutico adivinatorio irreductible a «regulae» para dirigir la
interpretación. Pero segundo,
la desconstrucción no es método, ni lo tiene, porque, en última
instancia, de la desconstrucción no es responsable un acto o una operación
de un sujeto que tomaría la iniciativa (por ejemplo, de un dispositivo
metódico para leer y escribir); sino que es más bien un acontecimiento
histórico que tiene lugar en, o como, la clausura del saber y la
diseminación del sentido. Cabría hablar hasta cierto punto,
heideggerianamente -aunque una parte del pensamiento heideggeriano de la
historia del ser está directamente afectado por la desconstrucción- de la
época del ser-en-desconstrucción. Así, los textos del propio Derrida, y de
algunos otros, en los que la desconstrucción toma cuerpo, por así decirlo,
como motivo explícito, como palabra en una cadena y como estrategia móvil,
son ya ellos mismos respuesta, síntomas e intentos de interpretación de
esa desconstrucción-acontecimiento histórico-ontológico que ya ha tenido lugar.
III. La hipótesis
gramatológica
Lo hemos sugerido al principio: en una consideración de las premisas, y
los primeros pasos y contextos de la llamada desconstrucción -con la
relativa inadecuación y efectos distorsionadores vistos-, uno de los
indecidibles de la cadena se impone, si no como «tema» principal, sí como
índice de la más eficaz estrategia, inicialmente y en una amplia secuencia
de trabajos. Se trata de la hipótesis gramatológica: tanto la
desconstrucción de la jerarquía fonocéntrica, fonologocéntrica, que somete
la escritura a representación segunda (signo de signo) y derivada del
lenguaje propio o propiamente dicho que sería la palabra hablada; como la
transformación, o más bien el desplazamiento que (se) produce (en) esa
inversión en el concepto de escritura. Esta se verá elevada -desde el
estatuto relegado de significante de significante- a rango de suelo o
fondo, estrato básico, condición de posibilidad y condición, o elemento,
de todo proceso significante. Esta hipótesis no propone, como creen
algunos críticos -habrá que decirlo, ante la persistencia de esa perezosa
confusión-, algo así como un primado de la escritura (en sentido corriente
y empírico, efecto históricamente y etnocéntricamente determinado por una
interpretación de la escritora fonética) sobre la palabra hablada, sino
una afirmación, y una búsqueda del fondo de escritura o archiescritura
(marcas, huellas, espaciamiento, insaturabilidad del contexto) bajo toda
manifestación de lenguaje o de signi-ficación, por ejemplo el habla o la
escritura en sentido corriente.
Desde muy pronto, y ya antes de que esa hipótesis gramatológica
apareciera y jugara como apertura del pensamiento a un novum impensado (desde
la cual un cierto número de discursos poshegelianos podían mostrar una
nueva eficacia crítica y otra energía inventiva: discursos como los de
Nietzsche, Freud, Heidegger, Levinas...), Derrida había dedicado una
atención muy específica y muy plural al motivo de la escritura. En un
amplio estudio sobre, «El origen de la geometría» de Husserl (1961) -que
en más de un sentido «introduce» a la lectura de las
Investigaciones Lógicas
que produce La voz y el fenómeno
(1967) ya en plena apertura gramatológica- se interesó de manera
sistemática por el problema del signo escrito como condición de
posibilidad de la idealidad, de la tradicionalidad y la historicidad
racional de los productos de la ciencia, en el marco de la fenomenología
husserliana. Un segundo motivo inicial de esa precoz aproximación a la
escritura procedía de un interés -que se mantendrá por otra parte como una
constante de toda esta obra- por la escritura literaria (cabe recordar
«Fuerza y significación», 1963). En fin, las primeras lecturas de Levinas
y Jabès complicaban en la cuestión de la escritura toda la tradición
judía. (Esas lecturas se encuentran entre los ensayos de
La
escritura y la diferencia
escritos antes, de hecho y de derecho, que
De la gramatología.)
Ahora bien, el programa gramatológico requería un desplazamiento teórico
incomprensible -en todos los sentidos- tanto en el proyecto fenomenológico
como en una filosofía de la literatura, o en la filosofía de la literatura
implicada en toda crítica literaria, o en una relación tradicional con la
cultura judía del libro. El concepto de escritura o. de archiescritura
irrumpe en el texto de Derrida y en el pensamiento como exigencia,
primero,
de someter a cuestión todo concepto del lenguaje dominado por el
significado (concepto dominante, no sin fecundas contradicciones, desde
Saussure a los teóricos del acto de habla), y segundo, de desconstruir el
sistema de oposiciones conceptuales (sensible-inteligible, cuerpo-alma,
interior-exterior... ) de la metafísica, que ha subordinado desde Platón a
Rousseau, Hegel y Husserl, la escritura al habla, en el mismo movimiento
con que le ha asignado al logos como palabra viva el origen del sentido y
la verdad.
Según la hipótesis de la infraestructura grafemática de todo signo, la
escritura comprendería
el lenguaje. El signo gráfico del signo fonético dejaría entonces de
aparecer como ha aparecido siempre, como forma particular, derivada,
auxiliar, «técnica» y eventualmente parasitaria del lenguaje propiamente
dicho o habla, para convertirse más bien en índice del elemento del
lenguaje que desborda la extensión del lenguaje (pues la desconstrucción
no es, como se dice muchas veces, una «filosofía del lenguaje», ni una
filosofía dominada por el problema del lenguaje, aunque ha debido
reconocer la necesidad histórica a que respondía el que en un cierto
momento la totalidad del campo problemático de la filosofía estuviera
determinado por el lenguaje). «No se trata de que la palabra “escritura”
deje de designar el significante del significante, sino que aparece bajo
una extraña luz en la que “significante del significante” deja de definir
la duplicación accidental y la secundariedad caduca. Significante del
significante describe, por el contrario, el movimiento del lenguaje: en su
origen, por cierto, pero se presiente ya que un origen cuya estructura se
deletrea así -significante de un significante- se excede y se borra a sí
mismo en su propia producción. En él el significado funciona como un
significante desde siempre. La secundariedad que se creía poder reservar a
la escritura afecta a todo significado en general, lo afecta desde
siempre, vale decir desde la
apertura del juego» (De
la gramatología, trad. cast., pág. 12). Se impone, así, la
necesidad de una revisión de los fundamentos de la lingüística, cuyos
presupuestos fonocéntricos habrían encadenado el juego del lenguaje a un
significado inteligible, de jure independiente del movimiento de los signos, o significado
trascendental. En esa perspectiva Derrida analiza, a título ejemplar, el
Curso de lingüística general
de Saussure, dejando ver la solidaridad profunda de su fonocentrismo y la
herencia metafísica que ordena el proceso significante a un logos animado
por el sentido y la verdad como presencia del ser. La “ciencia”
semiológica o más limitadamente lingüística, no puede mantener la
diferencia entre significante y significado -la idea misma de signo- sin
la diferencia entre lo sensible y lo aquí inteligible, por cierto, pero
tampoco sin conservar al mismo tiempo más profunda e implícitamente la
referencia a un significado que pudo “tener lugar”, en su inteligibilidad,
antes de toda expulsión hacia la exterioridad del aquí abajo sensible. En
tanto cara de inteligibilidad pura aquél remite a un logos absoluto al
cual está inmediatamente unido» (ibíd.,
pág. 20).
El supuesto en última instancia más revelador de ese fonologocentrismo
del fundador de la ciencia lingüística moderna es el de la constitución
del lenguaje por palabras
como unidades atómicas de sonido
y sentido. De ahí que la
desconstrucción en general (de los valores de la verdad, de la presencia
del logos, del significado trascendental... ) pueda exponerse como efecto
de la desconstrucción de la palabra o de un lenguaje de palabras. En el
origen de la ilusión de verdad o de presencia («ilusión trascendental»
cabe llamarla, puesto que Derrida le reconoce su «necesidad» en cierto
modo insuperable) que la desconstrucción acosa, estaría la ilusión de un
cierto plenum
o
núcleo duro de presencia (del significante, del significado y de la
cosa) que produciría la palabra «llena» de sentido.[viii]
(Y de ahí que la literatura de Mallarmé, su partición o su disección de la
unidad de la palabra que libera la energía de ésta, sea algo más que un
precedente entre otros de la gramatología.)[ix]
Claro que esa tendencia inconsciente pero sistemáticamente
fonologocéntrica de la lingüística de Saussure entra en tensión con otro
momento de ese mismo texto: el que asigna al significado la función de un
valor en un sistema articulado de diferencias. Es ese valor del
significado como pura diferencia (sin apoyo en núcleos absolutos,
atómicos, de presencia) lo que la gramatología radicaliza hasta llegar al
subsuelo pre-lógico, grafemático del lenguaje, o lo que desorbita, hasta
sacar al lenguaje del círculo de su autorrepresentación como
representación de la realidad.
Se comprenderá que una ciencia de la escritura como ésta no sólo
desfonde y desestabilice la lingüística (pero no sin un «diálogo», y hasta
muy lejos, con ésta) sino que tenga que afectar también a la historia
misma del logos (del sistema de la verdad como presencia), y
principalmente a lo que ha sido su configuración discursiva más potente,
la filosofía. Ya el propio nombre gramatología apenas se sostiene,
atrapado como está en la paradoja de un equilibrio inestable entre el
edificio que habita y su requerimiento de abandonarlo, en la paradoja de
un anuncio
de la clausura del saber y de un «monstruoso» porvenir (pues «El
porvenir sólo puede anticiparse bajo la forma del peligro absoluto. Rompe
absolutamente con la normalidad constituida y, por lo tanto, no puede
anunciarse, presentarse,
sino bajo el aspecto de la monstruosidad», dice el final del
«exergo»
de De la gramatología),
que no puede, no debe renunciar, sin embargo, a la necesidad del saber,
del logos, de la ciencia, de la racionalidad: «La “racionalidad” -tal vez
sería necesario abandonar esta palabra, por la razón que aparecerá al
final de esta frase- que dirige la escritura así ampliada y radicalizada,
ya no surge de un logos, e inaugura la destrucción, no la demolición, sino
la des-sedimentación, la desconstrucción de todas las significaciones que
tienen su fuente en este logos. En particular la significación de
verdad» (ibíd.,
págs. 16-17). De ahí que si la condición de la gramatología es la
solicitación del logocentrismo y de su historia, esa condición se vuelve
también la condición de su imposibilidad en la medida en que aquella
solicitación conmueve el concepto y el valor mismo de la episteme y de la
historia. Pero esa inestabilidad de la gramatología entre la filosofía
cuyas bases solicita o hace temblar, y el fondo de escritura que libera,
da lugar a una extraña fecundidad hermenéutica en la lectura del texto
filosófico, desde Platón a Husserl. Es que la hipótesis de la escritura
general revela el funcionamiento de aquel texto a la luz de su dependencia
respecto a un «exterior» que «interesa» a la desconstrucción de la
filosofía, que habría interesado ya a la filosofía misma en su
«impensado». «“Desconstruir” la filosofía sería así el pensar la
genealogía estructurada de sus conceptos de la manera más fiel, más
interior, pero al mismo tiempo desde un cierto exterior incalificable por
ella, innombrable, determinar lo que esta historia ha podido disimular o
prohibir, haciéndose historia por esta represión interesada en alguna
parte» (Posiciones,
trad. cast.: Valencia, Pretextos, 1976, pág. 12).
IV. Las dos
autodestrucciones de la metáfora
La desconstrucción de la unidad atómica de la palabra -y de la unidad
de la palabra, el significado y la cosa- libera la diferencia en el
proceso significante. Se entiende que ese entendimiento del lenguaje desde
su fondo de escritura pueda, deba acoger y repetir, hasta sus últimas
consecuencias, el trabajo de la metáfora. En algún momento la escritura
aparece como la metaforicidad misma («... no se trataría de invertir el
sentido propio y el sentido figurado, sino de determinar el sentido
“propio” de la escritura como la metaforicidad misma»,
De la gramatología, pág.
22. Pero el entrecomillado, es decir, el gesto de empezar a borrar una
palabra dejándola legible, de «propio» aquí, hay que tenerlo en cuenta).
En cualquier caso, un lenguaje que reprimiera la escritura, la huella, la
diferencia o el espaciamiento, tendría que «prohibir» la metáfora (véase
ibíd., pág. 92).
A la metáfora se habían referido ya, y con una insistencia notable, los
ensayos pregramatológicos de La
escritura y la diferencia.
Allí se le daba la razón muy espontáneamente al célebre dictum de Borges en
La esfera de Pascal:
«Quizá la historia universal no es más que una historia de algunas
metáforas» (La escritura y la
diferencia, pág. 137). En contextos críticos diferentes se reitera
el motivo de la metáfora generalizada, como lo que produce todo el
lenguaje o como el surgimiento del lenguaje mismo, con tal que se los
piense, al lenguaje y a la metáfora, en el horizonte del sentido del ser
como lo único que resiste absolutamente a toda metáfora (págs. 17, 166,
203). Y más precisamente, se reconoce ya allí la de la sombra y la luz, la
del sol que sale y se pone, la metáfora fotológica y heliotrópica como la
metáfora fundadora de la filosofía occidental (pág. 45).
Pero tras la abertura gramatológica se impone una repetición de la
cuestión de la metáfora, mucho menos inocentemente acogedora de la idea de
la generalización de la metáfora, o de la base metafórica del lenguaje
filosófico. A este respecto, «La metáfora en el texto filosófico»,
subtítulo de La mitología blanca,
se presta a algún malentendido. Desde las primeras páginas Derrida
denuncia los presupuestos metafísicos y retóricos (como el principio
analógico simbolista, el historicismo romántico y la idea continuista de
la erosión progresiva de un sentido primitivo) que han dado lugar al
proyecto aparentemente crítico de mostrar el origen metafórico de los
conceptos y específicamente de los conceptos filosóficos. Ahora bien, de
lo que se trata en La mitología
blanca
(dicho de la forma más pobre), por el contrario, es de mostrar las
condiciones de imposibilidad de un
programa de lectura retórica de
la filosofía que
descifrase en el texto conceptual su oculta metáfora. No, claro está,
porque hubiese que preservar a salvo de la figuratividad un sentido
propio, y un sentido propiamente filosófico-conceptual: sino porque el
concepto de metáfora que regularía aquella operación de desciframiento es
a su vez un concepto filosófico, un filosofema (al que habría que aplicar
entonces el mismo esquema, etc.). El concepto de metáfora, la oposición de
un sentido propio y un sentido figurado, la idea del desgaste de las
significaciones a partir de un sentido originario (en la que se funda la
oposición tradicional entre metáforas vivas y metáforas muertas), y el
proyecto de una metaforología general (que abarcaría especialmente el
estudio de «la metáfora en el texto filosófico») dependen de todo el
sistema de oposiciones (naturaleza-espíritu, naturaleza-historia,
pensamiento-lenguaje, sensible-inteligible, etc.) que configuran la
metafísica. De ahí la «desconfianza» de Heidegger -compartida por Derrida,
pero sin que esto permita establecer una filiación homogénea de éste en el
planteamiento de aquél, como cree Ricoeur- ante el concepto de metáfora.
Heidegger llega a decir, en uno de los pocos lugares en que se refiere
directamente al asunto, que lo metafórico sólo es posible dentro de la
metafísica. Únicamente sobre la base del sistema de aquellas oposiciones
tendría sentido y (aparente) posibilidad él programa de una metafórica
general de la filosofía, o de un análisis retórico (con pretensiones de
exhaustividad en el desciframiento de sus efectos de sentido) del texto
filosófico. Todas las regiones ónticas y todos los discursos regionales
procurarían -de acuerdo con la perspectiva de dicho programa- «contenidos
empíricos de tipo sensible al discurso filosófico» (con la excepción, que
Derrida anota, sin insistir, del texto matemático, el cual plantea o
requiere la problemática esteticotrascendental de las formas de la
sensibilidad pura a priori
(véase Márgenes de la filosofía,
pág. 271). Así, pues, la metaforología se habría derivado, en
cualquier caso dependería del discurso -filosófico- que pretende dominar.
De que el concepto de metáfora sea un filosofema se siguen dos
consecuencias que Derrida califica de contradictorias: «Por una parte es
imposible dominar la metafórica filosófica como tal,
desde el exterior, al
servirse de un concepto de metáfora que sigue siendo un producto
filosófico. Sólo la filosofía parecería detentar alguna autoridad sobre
sus producciones metafóricas. Pero, por otra parte, por la misma razón, la
filosofía se priva de lo que ella misma se da. Como sus instrumentos
pertenecen a su campo, es impotente para dominar su tropología y su
metafórica generales. A ésta no la podría percibir más que alrededor de un
punto ciego o de un foco de sordera. El concepto de metáfora describiría
ese contorno, pero ni siquiera es seguro que de esa manera circunscriba un
centro organizador; y esta ley formal vale para todo filosofema» (ibíd., pág. 272). De manera que el discurso filosófico no
puede dar cuenta de su tropología en lo que sería una metafilosofía, ni se
deja analizar desde lo que sería aparentemente su exterior por una
retórica (gobernada implícitamente o explícitamente por una filosofía). El
concepto de metáfora está cogido en la economía de la oposición de lo
propio y lo no-propio, es decir, una tesis filosófica, o incluso «la
única tesis de la filosofía» (ibíd.,
pág. 273).
Para mostrar esta paradoja, esta aporética, Derrida propone entonces un
detallado análisis del concepto de metáfora elaborado en la
Poética y la
Retórica aristotélicas. Aristóteles define la metáfora como
epifora, traslado a una cosa de un nombre que designa otra, con la que
aquélla está ligada, bien por proximidad ontológica, bien por semejanza o
analogía, siendo ésta, la metáfora por analogía, la metáfora por
excelencia. El lugar (y por lo pronto el lugar de su tratamiento teórico)
de la metáfora es el del nombre y la nominación (y así, la referencia
semántica, cuya condición principal es la univocidad); y el recurso o la
fuente de la metáfora es el principio de la analogía. A la vista de estos
dos rasgos de tal concepto poeticorretórico de la metáfora se comprende
que ésta forme parte de la «gran
cadena inmóvil de la ontología aristotélica» (ibíd., pág.
281), la cadena metafísica de valores del logos, la voz significativa, el
nombre, la mimesis, la semejanza, en el horizonte de la verdad como
presencia (cadena ciertamente distinta de la cadena metonímica de los
indecidibles, la cadena móvil de la desconstrucción y la diseminación).
Así, para Aristóteles, la metáfora trabaja: al servicio del conocimiento.
Cierto que en cuanto mimesis que sale de la naturaleza corre un riesgo o
hace correr un riesgo de pérdida de sentido: el riesgo de interrumpir la
plenitud semántica y de abrir la significación a una errancia o un
desplazamiento que deja en suspenso la referencia. Es sobre todo lo que
ocurre -y ante lo que tiene que retroceder Aristóteles- cuando la
sobredeterminación o la metaforización de la metáfora borra de una lexis todo nombre
«propio», y éste ya no domina como sentido capital, como padre o sol del
sistema: «Desde que se admite que en una relación analógica todos los
términos están ya cogidos, uno por uno, en una relación metafórica, todo
se pone a funcionar no ya en sol sino en estrella, quedando la fuente
puntual de verdad o de propiedad invisible o nocturna»
(ibíd.,
pág. 291). (La metáfora -y
aquí cabe entender, en
un sentido difícil, metáfora de la metáfora- del «sol negro»
había interesado a ciertos momentos de
La escritura y la diferencia:
págs. 87, 128, 435.) Pero la metáfora, como la mimesis, «vuelve» a la
physis. El concepto de lo propio como
idion, y el telos del lenguaje unívoco, sostienen la metaforología
aristotélica, que ha permanecido en la tradición retórica. (De nuevo
habría que señalar la literatura de Mallarmé como el lugar de mayor
resistencia, para Derrida, a esos ontologismo y semantismo de la poética
clásica: una literatura, o una alquimia del sonido, la letra, el valor y
el significado, que «indecide» sistemáticamente el sentido y radicaliza el
juego sintático hasta partir las presuntas unidades atómicas o palabras, y
devolver éstas a su espaciamiento. Véase «La doble sesión».)
Ahora bien, el programa aristotélico de dominación de la metáfora
fracasa en el punto en que aparece que toda la lengua filosófica es un
sistema de «catacresis» o metáforas forzadas, y que no es, en suma, la
metáfora la que está en la filosofía, sino la filosofía en la metáfora. En
esta dirección, la luz, una cierta relación de la tierra y el sol en el
sistema de la percepción determina al mismo tiempo el espacio «natural» de
la lengua filosófica y encadena a ésta a una metaforicidad irreductible.
Como el sol, la metáfora sale y se pone, invade, y abre el campo visual (y
eidético, conceptual: inaugura el lenguaje), y se oculta, o se retira. En
ese movimiento, la oposición de lo propio y lo figurado llega a perder
toda pertinencia, esa oposición se inscribe ahora en un movimiento trópico
sin fundamento. Así es como se describe, por lo pronto, esta resistencia
de lo metafórico al concepto filosófico de metáfora: «Presencia que
desaparece en su propia irradiación, fuente oculta de la luz de la verdad
y del sentido, desaparición del rostro del ser, éste sería el
retorno insistente de lo que somete la metafísica a la metáfora»
(Márgenes,
pág. 320). Pero esta generalización de lo metafórico se presta a dos
lecturas, exactamente, a dos trayectos de
autodestrucción
de la metáfora. Según el
primero, la aparente secundarización de la diferencia entre la metáfora y
el concepto está dominada por una metáfora central, principal, una
metáfora verdadera que permitiría la legibilidad de lo propio, o del
origen, y que opondría resistencia a la diseminación de lo metafórico y a
la separación sintáctica que pluraliza irreductiblemente el movimiento
tropológico: «La generalización de la metáfora puede significar esa
parousía. La metáfora se comprende entonces por la metafísica como lo que
debe elevarse en el horizonte y sobre el fondo propio y acabar
reencontrando ahí el origen de su verdad. El giro del sol se interpreta
entonces como círculo especular, retorno a sí sin pérdida de sentido, sin
gasto irreversible» (ibíd.,
pág. 320). O también: es el deseo de reapropiación del origen, el
deseo de interiorizar dialécticamente, en la madurez «occidental», el sol
naciente, la diferencia oriental. El
segundo
trayecto de autodestrucción de la metáfora -complicado con el de una
cierta autodestrucción de la filosofía- tiene también la forma de una
generalización de la metáfora, «pero esta vez no se trataría ya de
extender y de confirmar un filosofema; más bien, al desplegarlo sin
límite, de quitarle sus lindes de propiedad. Y por consiguiente, de hacer
saltar la oposición tranquilizadora de lo metafórico y lo propio en la que
uno y otro no han hecho nunca otra cosa sino reflejarse y lanzarse el uno
al otro su resplandor».
De este abandono -sin nostalgia- del origen, o de esta clausura del
principio de propiedad del sentido y del sentido de propiedad, de esta
(segunda) muerte de la metáfora, y de la filosofía, y de las lenguas en su
necesidad de traducción (pero es que, vamos a leer ahora, «cuando hay dos
muertes el problema de la
muerte se hace infinitamente complicado»), de la capacidad inventiva y
afirmativa de la llamada desconstrucción, surgen, y dan testimonio, los
dos textos que siguen.
Patricio Peñalver Gómez
Universidad de Murcia
[i]
Sobre la resistencia específica del discurso filosófico a la
desconstrucción, véase el «Tímpano», de
Marges de la philosophie,
París, 1972.
[ii]
Una eficaz reconstrucción de la polémica, en Maurizio Ferraris,
«Metáfora, metafísica mito, ecc.», en
AutAut, 220-221, 1987.
[iii]
Sobre las complejas, y en buena parte conflictivas,- relaciones de
Derrida y su texto con la lengua francesa, puede orientar
L’oreille de l’autre,
Textes et debats avec Jacques Derrida, Montreal, 1982, y los «Envois»
de
La carte postale,
París ,1980.
[v]
En la primera conferencia de
Memoires pour Paul de Man,
Derrida propone una caracterización muy comprometida de la diversidad
de lugares o ámbitos de la desconstrucción.
[vi] Véase R. Gasché,
The tain of the mirror,
Harvard U. Press., 1986, págs. 109-120.
[vii]
Sobre el tema, más bien la «tarea» del traductor, véase sobre todo,
«Des tours de Babel», trad. cast. en
ER. Revista de filosofía,
5, 1987, págs. 35-68.
[viii]
Véase al respecto, La voz y
el fenómeno,
Valencia, Pretextos, 1985, pág. 132.
[ix]
Véase «Mallarmé», en
Tableau de la litterature française: de Madame de Stael à Rimbaud,
París, 1974, pág, 372.
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