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Qué voy a poder inventar todavía?. Tenemos aquí, tal vez, un incipit inventivo para una conferencia. Un orador tiene el coraje de presentarse delante de sus invitados, parece no saber lo que va a decir. Declara con insolencia que se prepara para improvisar. Va a tener que inventar ahí mismo, en ese mismo lugar, se pregunta todavía: qué voy a tener que inventar?. Pero simultáneamente parece sobreentender, no sin suficiencia, que el discurso de improvisación permanecerá imprevisible, es decir, como de costumbre, “todavía” nuevo, original, singular, en una palabra, inventivo. Y de hecho un tal orador rompería bastante con las reglas, el consenso, la buena educación, la retórica de la modestia, en fin con todas las convenciones de la socialidad, por haber inventado por lo menos algo desde la primera frase. Una invención supone siempre alguna ilegalidad, la ruptura de un contrato implícito, introduce un desorden en el apacible orden de las cosas, perturba los bienestares.
Ciertamente, Cicerón no hubiese aconsejado a su hijo que comenzara así. Ustedes ya lo saben, es para responder a la pregunta y al deseo de su hijo que Cicerón definió un día, una vez entre otras, la retórica de la invención oratoria.[i] Aquí se impone una referencia a Cicerón. Para hablar de la invención, nos es necesario siempre recordar una latinidad de la palabra. Es la que marca la construcción del concepto y la historia de la problemática. Por otra parte, la primera pregunta del hijo de Cicerón lleva a la lengua -y sobre la traducción del Griego al Latín: “Studeo, mi pater, Latine ex te audire ea quae mihi tu de ratione dicendi Graece tradisti, si modo tibi est otium et si vis”. (Me ardo del deseo, padre, de escucharte decir en latín esas cosas que tú me has dado (dispensado, relacionado, entregado o traducido, legado) en griego, al menos, si tú tienes el placer y si tú lo quieres.) Cicerón padre responde a su hijo. Le dice primeramente, como en eco o como en réplica narcisista, que su primer deseo de padre, es que su hijo sea lo más sabio posible (doctissimum). Por medio de su pregunta ardiente, el hijo ha ido más allá de la pregunta paterna, su deseo arde del deseo de su padre que no tiene pues dificultad en satisfacerlo y en reapropiárselo satisfaciéndoselo. Luego el padre enseña a su hijo que la fuerza propia, la vis del orador, consiste en las cosas que él trata, (las ideas, los objetos, los temas) así como también en las palabras, hay que distinguir entre la invención y la disposición, la invención que encuentra o descubre las cosas, la disposición que las sitúa, las localiza, las pone disponiéndolas: “res et verba invenienda sunt et conlocanda”. Sin embargo la invención se aplica “propiamente” a las ideas, a las cosas de las cuales se habla, y no a la elocución o las formas verbales. Con respecto a la disposición, que sitúa tanto las palabras como las cosas, la forma como el fondo, se la asocia a menudo con la invención; precisa entonces Cicerón padre: la disposición, la preparación de los lugares concierne pues tanto a las palabras como a las cosas. Tendríamos entonces, por una parte, la pareja “invención-disposición” para las ideas o las cosas, y por otra parte, la pareja “elocución, disposición” para las palabras o para la forma. Se trata de poner en su lugar uno de los topoi filosóficos más tradicionales. El que nos recuerda Paul de Man en su muy hermoso texto titulado Allegory of Persuasion de Pascal. Quisiera dedicar esta conferencia a la memoria de Paul de Man. Permítanme hacerlo muy simplemente, tratando de pedirle prestado todavía, entre todas las cosas que nosotros hemos recibido de él, algún rasgo de la serena creación que marcaba la fuerza y el brillo de su pensamiento. Yo quería hacerlo extensivo también a Cornell porque fue donde enseñó y donde cuenta con muchos amigos y antiguos colegas o estudiantes. El año, pasado, en ocasión de una conferencia análoga, recordaba que fue uno de los primeros intermediarios entre esa universidad y yo, cuando dirigía en 1967 el programa de Cornell en París. Fue entonces que aprendí a conocerlo, a leerlo, a escucharle y comenzó una amistad entre nosotros cuya fidelidad no tuvo sombra y permanecerá como uno de los más raros y preciosos rasgos de luz. En Allegory of Persuasion de Pascal, Paul de Man prosigue su incesante meditación sobre el tema de la alegoría. Y es así, más o menos directamente, de la invención como alegoría (invención del otro), como mito o como fábula que les hablaré hoy. Después de haber subrayado que la alegoría es “sequential and narrative”, tanto que “the topic of its narration” no sea “necessarily temporal at all”, Paul de Man insiste sobre las paradojas de lo que se podría llamar la tarea de la alegoría o la exigencia alegórica: “Allegory is the purveyor of demanding truths, and thus its burden is to articulate an epistemological order of truths, and deceit with a narrative or compositional order of persuasion”. Y en el mismo desarrollo cruza la distinción clásica de la retórica como invención y de la retórica como disposición:
Si tuviéramos tiempo, nos hubiéramos preguntado porqué y cómo, en el derecho positivo que se instituye entre los siglos XVII y XIX, el derecho de autor, o la propiedad de un inventor en el dominio de las artes y las letras no tiene en cuenta más que la forma y la composición. Este derecho excluye toda consideración de las “cosas”, del contenido, de los temas o del sentido. Todos los textos de derecho lo subrayan, al precio de dificultades o confusiones: la invención no puede marcar su originalidad más que en los valores de forma y composición. Las “ideas”, ellas, pertenecen a todo el mundo. Universales por esencia, no sabrían dar lugar a un derecho de propiedad. ¿Hay allí una traición, una mala traducción o un desplazamiento de la herencia ciceroniana?. Dejemos esta cuestión suspendida. Quería solamente comenzar por un elogio del padre Cicerón. Incluso si él no hubiera inventado jamás otra cosa, encuentro mucha vis, mucha inventiva, alguien que abre el discurso sobre el discurso, un tratado del arte oratorio y un escrito sobre la invención al que llamaré la pregunta del hijo, como pregunta de ratione dicendi que se encuentra: es también una escena de traditio en tanto que tradición, transferencia y traducción, se podría decir también una alegoría de la metáfora. El niño que habla, interroga, pregunta, con celo, (studium), tes el fruto de una invención?. ¿Se inventa un niño?. Esta pregunta va a resonar más lejos. ¿Concierne primero al hijo, legítimo y portador del nombre?. ¿Qué voy a poder inventar yo todavía?. De un discurso sobre la invención, se espera ciertamente que responda a su promesa o que honre un contrato: deberá tratar de la invención. Pero se espera también -la letra del contrato lo implica- que proponga algo de inédito, en las palabras o en las cosas, en el enunciado o en la enunciación, sobre el tema de la invención. Por poco que sea, para no decepcionar, debería inventar. A pesar de todo lo equívoco de esta palabra o de este concepto, la invención, ustedes ya están comprendiendo algo de lo que quería decir. Por eso este discurso debe presentarse como una invención. Sin pretender ser inventivo del principio al fin y continuamente, debe explotar un fondo vagamente común de las fuentes y de las posibilidades reglamentadas para firmar, de alguna forma, una proposición inventiva, al menos una, y no podrá interesar el deseo del oyente más que en la medida de esta innovación firmada. Pero, es aquí donde la dramatización y la alegoría comienzan; tendrá también necesidad de la firma del otro, de su contrafirma, digamos aquí la del hijo que no es la invención del padre. Un hijo deberá reconocer la invención como tal, como si el heredero quedara sólo como juez (retengan esta palabra de juicio), como si la contrafirma del hijo detentara la autoridad legítimamente. Pero al presentar una invención y al presentársele como una invención, el discurso del cual hablo, deberá hacer evaluar, reconocer y legitimar su invención por otro que no sea de la familia: por el otro como miembro de una comunidad social y de una institución. Pues una invención no puede jamás estar privada desde el momento que su estatuto de invención, digamos su “brevet”, su patente, su identificación manifiesta, abierta, pública, debe serle significada y conferida. Traduzcamos: hablando de la invención, ese viejo tema paternal que se tratará hoy de reinventar, debería acordársele un certificado de invención a este discurso. Supone contrato, promesa, compromiso, institución, derecho, legalidad, legitimación. No hay invención natural, y sin embargo la invención supone también originalidad, generación, engendramiento, genealogía, valores que asociamos a menudo a la genialidad, y por lo tanto, a la naturalidad. De ahí la pregunta del hijo, de la firma y del nombre. Vemos que ya se anuncia la estructura singular de semejante acontecimiento. ¿Quién la ve anunciarse?. ¿El padre, el hijo?. ¿Quién se encuentra excluido de esta escena de la invención?. ¿Quién es el otro de la invención?. ¿El padre, el hijo, la hija, la mujer, el hermano, la hermana?. Si la invención nunca es privada, ¿cuál es aún su relación con todas las escenas de la familia?. Estructura singular, entonces, de un acontecimiento, porque el acto de palabra del cual hablo debe ser un evento[ii]: en la medida de su singularidad, por otra parte, y sin embargo, por otra parte, esta unicidad hará venir o advenir algo nuevo. Debería hacer o hacer venir lo nuevo de una primera vez. Tantas palabras, lo “nuevo”, el “evento”, el “venir”, la “singularidad”, la “primera vez”, (“First time” donde el tiempo se marca en una lengua sin hacerlo en otra) que llevan todo el peso del enigma. Jamás una invención ha tenido lugar, jamás se dispone sin algún evento inaugural. No sin algún advenimiento, si entendemos por esta última palabra la instauración para el futuro de una posibilidad o de un poder que permanecerá a disposición de todos. Advenimiento, ya que el acontecimiento de una invención, su acto de producción inaugural debe, una vez reconocido, legitimado, refrendado por un consenso social, según un sistema de convenciones, valer para el futuro. No recibirá un estatuto de invención, por otra parte, más que en la medida en que esta socialización de la cosa inventada será garantida por un sistema de convenciones que le asegurará de la misma forma una inscripción en una historia común, la pertenencia a una cultura, herencia, patrimonio, tradición pedagógica, disciplina y cadena de generaciones. La invención comienza a poder ser repetida, explotada, reinscripta. Para atenernos a esta red que no es solamente léxica y que no se reduce a los juegos de una simple invención verbal, nosotros vemos que concurren varios modos de venir o de la venida, en la enigmática colusión del invenir o del inventio, del evento o del advenimiento, del porvenir, de la aventura y de la convención. Este enjambre lexical, cómo traducirlo fuera de las lenguas latinas guardando su unidad, la que liga la primera vez la invención, al venir, a la venida del porvenir, del evento, del advenimiento, de la convención o de la aventura?. Todas estas palabras de origen latino son ciertamente recogidas por ejemplo, en inglés (e incluso en su uso judicial muy codificado, muy estrecho, el de “venida”, el de “advento” reservado a la venida de Cristo), excepto, en el centro del hogar, el venir mismo. Sin duda una invención vuelve dice el Oxford English Dictionary, “the action of coming upon or finding”. (Pero ya imagino, en la gratitud y la culpabilidad, la invención que será necesaria a los traductores de este texto en todos los lugares donde él explota la institución de las lenguas latinas.) Pero si esta colusión verbal parece aventurada y convencional también hace pensar. Qué hace pensar?. ¿Qué otra cosa?. ¿Cuál otro?. Qué es necesario todavía inventar en cuanto a venir?. Qué quiere decir venir?. ¿Venir una primera vez?. Toda invención supone que algo o alguien venga una primera vez. Algo a alguien, o alguien a alguien, y que sea otro. Pero para que la invención sea una invención, es decir única, incluso si esa unicidad debe dar lugar a la repetición, es necesario que esta primera vez sea también una última vez, la arqueología y la escatología haciéndose signo en la ironía de un solo instante. Estructura singular, pues, de un acontecimiento que parece producirse hablando de él mismo, por el hecho de hablar de él, desde el momento en que inventa el sujeto de la invención, abriéndose camino, inaugurando o firmando su singularidad, efectuándola de alguna manera en el mismo momento en que nombra y describe la generalidad de su género y la genealogía de su topos: de inventione, guardando en la memoria la tradición de un género y de quienes lo han ilustrado. En su pretensión de inventar todavía, tal discurso, el comienzo inventivo hablando de sí mismo, en una estructura reflexiva que no solamente no produce coincidencia y presencia en sí, sino que proyecta más bien el advenimiento del sí, de “hablar”, o de “escribir” de sí mismo como otro, es decir, de la huella. Me contento aquí con nombrar este valor de “self-reflexivity” que estuvo a menudo en el centro de los análisis de Paul de Man. Es sin duda más retorcida de lo que parece. Ha dado lugar a los debates más interesantes, principalmente en los estudios de Rodolphe Gasché y de Suzanne Gearhardt. Trataré de volver yo mismo otra vez sobre este punto. Hablando de él mismo, tal discurso intentaría que fuera admitido por una comunidad pública, no solamente el valor de verdad general de lo que presenta con respecto al tema de la invención (verdad de la invención e invención de la verdad) sino al mismo tiempo el valor operatorio de un dispositivo técnico desde entonces a disposición de todos.
2) Fábulas: más allá del speech act. Sin haberlo citado todavía, describo desde hace rato, con un dedo apuntado hacia el margen de mi discurso, un texto de Francis Ponge. Es breve: seis líneas en itálicos, siete, si queremos incluir el título (vuelvo en un instante sobre el número siete), más un paréntesis de dos líneas en caracteres romanos. A pesar de que se inviertan de una edición a otra, itálicos y romanos, hacen quizá observar esta descendencia latina de la cual he hablado. Ponge nunca ha cesado de reivindicarla para él mismo y para su poética. ¿De qué género procede este texto?. Se trata quizás de una de esas piezas que Bach llamaba sus invenciones, piezas contrapuntísticas a dos o tres voces. Desarrollándose a partir de una corta célula inicial en la cual el ritmo y el contorno melódico son muy claros, esas “invenciones” se prestan a veces a una escritura esencialmente didáctica.[iii] El texto de Ponge dispone de una célula inicial, en el sintagma “Par le mot par...” (Por la palabra por...”) No designaré esta “invención” por su género, sino por su título, a saber, por su nombre propio, Fábula.[iv] Este texto se llama Fábula. Este nombre propio tiene, si podemos decir, un nombre de género. Un título, siempre singular como una firma, se confunde aquí con un nombre de género, como una novela que se llamara novela, o invenciones invenciones. Podríamos apostarlo, esta titulada Fábula, construida como una fábula hasta en la “moralidad” final, tratará de la fábula. La fábula, la esencia de lo fabuloso de la cual pretenderá decir la verdad, será tambien un tema general. Topos: fábula. Leo entonces Fábula, la fábula Fábula.
Por qué he deseado dedicar la lectura de esta fábula a la memoria de Paul de Man?. En primer lugar porque se trata de un escrito de Francis Ponge, Me acuerdo también de su comienzo. El primer seminario que di en Yale luego de la invitación y la presentación de Paul de Man, fue un seminario sobre Francis Ponge. Se titulaba “La Cosa”, duró tres años, y trató también de la deuda, de la firma, de la contrafirma, del nombre propio y de la muerte. Además porque esta fábula constituye también, en el cruce singular de la, ironía y la alegoría, un poema de la verdad. Se presenta irónicamente como una alegoría “cuya primera línea dice la verdad”: verdad de la alegoría y alegoría de la verdad, verdad como alegoría. Las dos son invenciones fabulosas, entiéndase por eso invenciones del lenguaje (fari o phanai, es hablar) como invención del mismo y del otro, de sí mismo y del otro, de sí mismo como del otro. Es lo que vamos a tratar de demostrar. Lo alegórico se marca aquí en el tema y en la estructura. Fábula dice la alegoría, el movimiento de una palabra para pasar a la otra, al otro lado del espejo. Esfuerzo desesperado de una palabra desgraciada por franquear lo especular que ella constituye en sí misma. Diríamos en otro código que Fábula formula en acto la cuestión de la referencia, de la especularidad del lenguaje o de la literatura y la posibilidad de decir el otro o de hablar al otro. Veremos como lo hace pero a partir de ahora sabemos que se trata justamente de la muerte, de ese momento de duelo donde la ruptura del espejo es a la vez lo más necesario y lo más difícil. Lo más difícil porque todo lo que nosotros decimos, hacemos, lloramos, tan tensos como nosotros estemos hacia el otro, permanece en nosotros. Una parte de nosotros está herida y nos toca mantenernos en el trabajo del duelo y de la Erinnerung. Incluso si esta metonimia del otro en nosotros constituyera ya la verdad y la posibilidad de la relación al otro vivo, la muerte la manifiesta en algo más de luz. Es por eso que la ruptura del espejo es allí todavía más necesaria, porque es el instante de la muerte, el límite de la reapropiación narcisista se vuelve terriblemente cortante, crece y neutraliza el sufrimiento: no lloremos más por nosotros, lamentablemente ya no se puede tratar más que del otro en nosotros. La herida narcisista se acrecienta hacia el infinito hasta no poder más ser narcisista y de no poder más apaciguarse en esta Erinnerung que llamamos trabajo del duelo. Más allá de la memoria interiorizante, es necesario entonces pensar otra manera de recordarse. Más allá de la Erinnerung, se trataría entonces de la Gedächtnis, para retomar esta distinción hegeliana sobre la cual Paul de Man no cesaba de volver en estos últimos tiempos para introducir la filosofía hegeliana como alegoría de un cierto número de disociaciones, por ejemplo, entre filosofía e historia, experiencia literaria y teoría literaria.[v] Antes de ser un tema, antes de decirnos el otro, el discurso del otro o hacia el otro, la alegoría es aquí la estructura de un acontecimiento. Y eso, en primer lugar, por su forma narrativa. La “moralidad” de la fábula, si podemos decir, se parece al desenlace de una historia en curso. La palabra “después” viene en letras mayúsculas a secuencializar la singular consecuencia del “pues” -escansión lógica y temporal que aparece en primera línea para no concluir más que en un comienzo. El paréntesis que viene después marca el fin de la historia, pero en un momento, veremos invertirse los tiempos. Fábula, esta alegoría de la alegoría, se presenta pues como una invención. En principio porque esta fábula se llama Fábula. Ante todo otro análisis semántico y sin desmedro de la justificación que se hará más tarde, adelanto aquí una hipótesis; en el interior de un área de discursos que casi se ha estabilizado desde alrededor de fines del Siglo XVII europeo, no hay más que dos grandes clases de ejemplos autorizados para la invención. Por una parte, se inventan historias (cuentos ficticios o fabulosos) y por otra, máquinas, dispositivos técnicos, en el sentido más amplio de esta palabra. Se inventa fabulando, por la producción de cuentos donde no corresponde “una realidad” fuera del cuento, (una coartada por ejemplo) o bien se inventa produciendo una nueva posibilidad operatoria, (la imprenta o un arma nuclear, y asocio a propósito de los dos ejemplos, la política de la invención -que será mi tema- que trata siempre a la vez política de la cultura y política de la guerra). Invención como producción en los dos casos -y dejo en esta última palabra una cierta indeterminación por el momento. Fábula y fictio, por una parte, tekhné, epistemé, istoria, methodos por la otra, es decir arte o saber-hacer, saber y búsqueda, información, procedimiento, etc.. He aquí decía yo, por el momento, sobre un modo un poco dogmático o elíptico, los dos únicos registros posibles y rigurosamente específicos para toda invención de hoy. Digo bien “hoy” pues toda esta determinación semántica parece relativamente moderna. El resto puede parecerse a la invención pero no es reconocido como tal. Y trataremos de comprender cuál puede ser la unidad o el acuerdo invisible entre estos dos registros. Fábula, la fábula de Francis Ponge se inventa en tanto que fábula. Cuenta una historia aparentemente ficticia, que parece durar siete años. Y la octava línea la recuerda. Pero al principio Fábula cuenta una invención, se cuenta y se describe ella misma. Desde el principio se presenta como un principio, la inauguración de un discurso y de un dispositivo textual. Hace lo que dice, no contentándose por enunciar como lo hizo, creo, Valéry, “Au commencement était la fable” (“Al principio era la fábula”). Esta última frase, mimando pero también traduciendo las primeras palabras del Evangelio de Juan (“Al principio fue el logos”) es sin duda una demostración performativa de eso mismo que dice. Y fábula, como logos, dice bien decirlo, habla de la palabra. Pero Fábula, de Ponge, al inscribirse irónicamente en esta tradición evangélica, revela y pervierte o más bien aclara por una ligera perturbación, la extraña estructura del envío o del mensaje evangélico, en todo caso de su incipit, que dice que en el incipit está el logos. Fábula, es simultáneamente, gracias a un giro de la sintaxis una especie de performativo poético que describe y efectúa, sobre la misma línea, su propio engendramiento. Todos los performativos no son reflexivos, de alguna manera, no se describen, no se constatan como performativos en el momento en que ellos tienen lugar. Este lo hace, pero su descripción constativa no es otra que la performativa misma. “Por la palabra por comienza pues este texto”. Su comienzo, su invención o su primera venida no adviene antes de la frase que cuenta justamente este acontecimiento. El cuento (le récit) solo la venida de lo que él cita, recita, verifica o describe. Nos cuesta discernir -en verdad es indecidible- la fase contada y la fase contante) que se inventa inventando el cuento de su invención. El cuento se da a leer, es una leyenda puesto que lo que cuenta no tiene lugar ni antes ni fuera de él, que produce el acontecimiento que cuenta: pero es una fábula legendaria o una ficción en un solo verso y dos versiones o dos vertientes del mismo. Invención del otro en el mismo -y hacia el mismo de todos los lados de un espejo cuyo estaño no puede ser tolerado. El segundo caso de la palabra “por”, cuya tipografía misma cita el primer caso, incipit absoluto de la fábula, instituye una repetición o una reflexibilidad originaria que, al dividir el acto inaugural al mismo tiempo es evento inventivo y relación o archivo de invención, permiténdole también desplegarse para no decir nada más que lo mismo, él mismo, invención dehiscente y replegada del mismo, en el instante en que tiene lugar. Y ya se anuncia, como sufrimiento, el deseo del otro -y de romper un espejo. Pero el primer “por”, citado por el segundo, pertenece en verdad a la misma frase que él, es decir, a la que constata la operación o el evento: que sin embargo no tiene lugar más que por la cita descriptiva y en ningún otro lado, ni antes que ella. En esta terminología de la speech act theory, se diría que el primer “por” está utilizado (used), el segundo citado o mencionado (mentioned). Esta distinción parece pertinente cuando se la aplica a la palabra “por”. ¿Lo es todavía en la escala de la frase entera?. El “por” utilizado forma parte de la frase mencionante pero también mencionada, en un momento de la cita, y es así que está utilizado, lo que cita la frase, no es nada más, de por en por, que ella misma que está por citarse, y los valores de uso no son en ella más que sub-conjuntos del valor de mención. El acontecimiento inventivo es la cita y el cuento. Dentro del cuerpo de un solo verso, sobre una sola línea dividida, el acontecimiento de un enunciado confunde dos funciones absolutamente heterogéneas, “uso” y “mención”, pero también heterorreferencia y autorreferencia, alegoría y tautogoría. ¿No está ahí toda la fuerza inventiva, el golpe de esta fábula?. Pero esta vis inventiva no se distingue de cierto juego sintáctico con los lugares, es también un arte de la disposición. Si Fábula es a la vez performativa y constativa desde su primera línea, este efecto se propaga dentro de la totalidad del poema así engendrado. Nos encargaremos de verificarlo, el concepto de invención distribuye sus dos valores esenciales entre los dos polos del constativo (descubrir o develar, manifestar o decir lo que es) y del performativo (producir, instituir, transformar). Pero toda la dificultad radica en la figura de la co-implicación de estos dos valores. En este sentido, Fábula es ejemplar desde su primera línea. Inventa por el solo acto de enunciación que a la vez hace y describe, opera y constata. La “y” no asocia dos gestos diferentes. La constatación es lo performativo mismo puesto que no constata nada que le sea anterior o extraño. Y performa constatando la constatación -y nada más. Relación consigo muy singular, reflexión que produce la auto-reflexión de sí mismo produciendo el acontecimiento por el gesto mismo que lo cuenta. Una circulación infinitamente rápida -tal es la ironía y el tiempo de este texto- hace pasar al instante el valor performativo al lado del valor constativo e inversamente. Paul de Man nos habla aquí o allá de la indecidibilidad como aceleración infinita y por lo tanto insoportable. Que la diga a propósito de la distinción imposible entre ficción y autobiografía, eso se relaciona con nuestro texto que juega así entre la ficción y la intervención implícita de un cierto yo del cual hablaré más adelante. Con respecto a la ironía, Paul de Man describe siempre la temporalidad propia como estructura del instante, de lo que se vuelve “shorter and shorter and always clímax in the single brief moment of a final pointe” “La ironía es una estructura sincrónica” pero nosotros veremos más adelante cómo ella puede no ser más que la otra cara de una alegoría que aparece siempre desplegada en la diacronía del cuento. Y recién ahí Fábula sería ejemplar. Su primera línea no habla más que de sí misma, es inmediatamente metalingüística pero es un metalenguaje que no sobresale, un metalenguaje inevitable e imposible puesto que no hay lenguaje anterior a él, no hay objeto anterior, exterior o inferior para este metalenguaje. Aunque todo en esta primera línea -que dice la verdad de (la) Fábula- es a la vez lenguaje primero y metalenguaje segundo- y nada lo es. No hay metalenguaje, repite la primera línea, no hay más que eso dice el eco, o Narciso. La propiedad del lenguaje de siempre poder sin poder hablar de sí mismo, así queda demostrada en acto y según un paradigma. Me remito todavía a ese pasaje de Allegories of Reading en donde Paul de Man vuelve a tomar la cuestión de la metáfora y del Narciso de Rousseau. De ahí extraigo algunas proposiciones dejándoles a ustedes reconstituir la trama de una demostración compleja: “to the extent that all language is conceptual, it already speaks about language and not about things (...) All language is language about denomination, that is, a conceptual, figural, metaphorical language (…) If all language is about language, then the paradigmatic linguistic model is that of an entity that confronts itself”. La oscilación infinitamente rápida entre performativo y constativo, lenguaje y metalenguaje, ficción y no-ficción, auto y heterorreferencia, etc., no produce solo una inestabilidad esencial. Esta inestabilidad constituye el acontecimiento mismo, digamos la obra, cuya invención perturba normalmente, si podemos decir, las normas, los estatutos y las reglas. Allí llama a una nueva teoría y a la constitución de nuevos estatutos y de nuevas convenciones capaces de tomar en cuenta la posibilidad de tales acontecimientos y de medirse con ellos. No estoy seguro que en su estado actual la representación dominante del speech act theory sea capaz de hacerlo, no mucho más, por otra parte, que las teorías literarias de tipo formalista o hermenéutica (semantista, tematista, intencionalista, etc.). Sin arruinarla totalmente puesto que tiene también necesidad de ella para provocar el cuento, la economía fabulosa de una pequeña frase muy simple (perfectamente inteligible y normal en su gramática) desconstruye espontáneamente la lógica oposicional que se establece en la distinción intocable del performativo y del constativo y de tantas otras distinciones anexas. ¿Es que en este caso el efecto de desconstrucción se establece a fuerza de un acontecimiento literario?. ¿Qué hay de la literatura y de la filosofía en esta escena fabulosa de la desconstrucción?. No abordaré aquí de frente este enorme problema. Me contentaré con hacer algunas observaciones. 1) Suponiendo incluso que sepamos qué es la literatura, e incluso si por la convención en uso se clasifique Fábula en la literatura, no es seguro que sea totalmente literaria (y por ejemplo no-filosófica: desde que ella habla de la verdad y pretende decirla expresamente), ni que su estructura desconstructiva no pueda encontrarse en otros textos que no se consideran literarios. Estoy persuadido que la misma estructura, tan paradojal como parece, se encuentra en los enunciados científicos y sobre todo jurídicos, y entre los más doctos de ellos, por lo tanto entre los más inventivos. 2) Con respecto a este tema, citaré y comentaré brevemente otro texto de Paul de Man que cruza de manera muy densa todos los motivos que nos ocupan en este momento: performativo y constativo, literatura y filosofía, posibilidad o no de la desconstrucción. Es la conclusión de Rhetoric of persuasion (Nietzsche), en Allegories of Reading:
Este parágrafo abriga demasiados matices, pliegues, reservas, para que podamos aquí, en tan poco tiempo, desplegar todo lo que ponen en juego. Arriesgaré solamente esta glosa un poco elíptica esperando volver ahí más pacientemente otra vez: hay sin duda más ironía de lo que parece, me parece a mí, habla de la imposibilidad de una desconstrucción de la metafísica “to the precise extent that it is literary”. Al menos es por esta razón, pero habría otras, que la descoñstrucción más rigurosa no se ha presentado jamás como extraña a la literatura, ni sobre todo como algo posible. Y yo diría que no pierde nada confesándose imposible, y quienes se regocijaran por eso demasiado rápido no perderían nada con esperar. El peligro para una tarea de desconstrucción, sería más bien la posibilidad, y el volverse un conjunto disponible de procedimientos regulados, de prácticas metódicas, de caminos accesibles. El interés de la desconstrucción, de su fuerza y de su deseo si los tiene, es cierta experiencia de lo imposible: es decir, -volveré al fin de esta conferencia-, del otro, la experiencia del otro como invención de lo imposible, en otros términos como la única invención posible. Con respecto a saber dónde situar la insituable “literatura” a este respecto es también una cuestión que dejaré de lado por el momento. Fábula se da pues, por sí misma, para sí misma, un “brevet” de invención. Y es la invención, su golpe doble. Esta singular duplicación de por en por, es aquí destinada a una especulación infinita, y la especularización parece en primer lugar tomar o helar [glacer] el texto. Lo paraliza o lo hace girar ahí mismo a una velocidad nula o infinita. Lo fascina en un espejo [glace] de desgracia. La ruptura de un espejo, dice la palabra de la superstición, anuncia la desgracia por siete años. Aquí, con otro carácter tipográfico y entre paréntesis, es después de siete años de desgracias que ella rompió el espejo. Después está en mayúsculas en el texto. Extraña inversión. Sería también un efecto de espejo, una suerte de reflexión del tiempo?. Pero si esta caída de Fábula, que asegura entre paréntesis el rol clásico de una especie de “moralidad”, retiene algo de reversión en la primera lectura, no es solamente a causa de esa paradoja. No es solamente porque invierte el sentido o la dirección del proverbio supersticioso. A la inversa de las fábulas clásicas, esta “moralidad” es el único elemento de forma explícitamente narrativa (digamos pues alegórico). Una fábula de La Fontaine hace en general lo contrario: una narración, después una moralidad en forma de sentencia o de máxima. Pero en cuanto a la narración que aquí viene entre paréntesis y en conclusión, en lugar de la moralidad, no sabemos dónde situar el tiempo invertido al cual se refiere. Cuenta lo que hubiera pasado antes o lo que pasa después de la primera línea?.¿O todavía sería el tiempo propio de todo el poema?. La diferencia de los tiempos gramaticales (Pasado simple de la “moralidad” alegórica después de un presente continuo) no nos permite decidir eso. Y no se sabe si la “desgracia”, los siete años de desgracia que estamos tentados a sincronizar con las siete líneas precedentes se dejan contar por la fábula o se confunden simplemente con la desgracia del cuento, esta aflicción de un discurso fabuloso que no puede más que reflejarse sin salir de sí. En este caso, la desgracia sería el espejo mismo. Y lejos de dejarse anunciar por la ruptura de un espejo, consistiría, de ahí lo infinito de la reflexión, en la presencia misma y la posibilidad del espejo, en el juego especular asegurado por el lenguaje. Y jugando un poco con estas desgracias de performativos o de constativos que no lo son jamás porque se parasitan uno al otro, estaríamos tentados a decir que esta desgracia, es también la esencial “infelicidad” de estos speech acts. En todo caso, por todas estas inversiones y perversiones, por esta revolución fabulosa, estamos en el cruce de lo que Paul de Man llama alegoría e ironía. Sin poder adentrarme aquí, situaré, en la relectura si es necesario de “The Rhetoric of Temporality”, por ejemplo, tres momentos o tres motivos. 1) El de una conclusión provisoria (“Provisional conclusion” pág. 222) que liga la alegoría y la ironía en el descubrimiento, se puede decir la invención, “of a truly temporal predicament”. Veamos algunas líneas que parecen escritas para Fábula.
2) Un poco más lejos, Paul de Man presenta la ironía como la imagen especular invertida de la alegoría: “the fundamental structure of allegory reappears here (en uno de los poemas de Lucy Gray de Wordsworth) in the tendency of the language towards narrative, the spreading out along the axis of an imaginary time in order to give duration to what is, in fact, simultaneous within the subject, the structure of irony, however, is the reversed mirror-image of this form” (p. 225) (yo subrayo). 3) Y en fin, para reunir estas dos imágenes de espejo invertidas: “Irony is a synchronic structure, while allegory appears as a successive mode capable of engendering duration as the illusion of a continuity that it knows to be illusionary. Yet the two modes, for al¡ their profound distinction in mood and structure, are the two faces of the same fundamental experience of time. (p. 226) (yo subrayo). Dejemos a la palabra “predicamento” (y la palabra es un predicamento) y todas sus connotaciones, y hasta las más adventicias (adventicious). El espejo es aquí el predicamento: una situación necesaria o fatal, una casi naturaleza, de la cual podría definirse con toda neutralidad el predicado o la categoría, pero también el peligro amenazante de una situación tal, la maquinaria técnica, el artificio que la constituye: uno es presa de la trampa del espejo. Me gusta pronunciar aquí el vocablo “trampa”: fue, hace algunos años, un tema favorito de discusiones elípticas y divertidas entre Paul de Man y yo. Fábula, pues: una alegoría que dice irónicamente la verdad de la alegoría que está presentando, y al hacerlo, decirlo a través de un juego de personas y de máscaras. Las cuatro primeras líneas: en la tercera persona del presente del indicativo (modo aparente del constativo, aunque es del “yo” que Austin nos dice que tiene en presente el privilegio del performativo, el que puede encontrarse aquí implícito). En estas cuatro líneas, las dos primeras son afirmativas, las otras dos interrogativas. Las líneas 5 y 6 podrían explicitar la intervención implícita de un “yo” en la medida en que dramaticen la escena al dirigirse al lector, por la desviación de un apóstrofe o parábasis. Paul de Man presta mucha atención a la parábasis principalmente tal como la evoca Schlegel en relación con la ironía. Lo hace aún en Rhetoric of Temporality (p. 222) y en otro lado. El “tu ya juzgas” es a la vez performativo y constativo, él también, y “nuestras dificultades”, son también las del autor y del “yo” implícito de un firmante, de la fábula que se presenta ella misma, o bien de la comunidad fábula-autor-lectores. Pues todos se complican con las mismas dificultades, todos las reflexionan y así todos pueden juzgar. Pero quién es ella?. ¿Quien “rompió su espejo”?. Quizás Fabula, la fábula en sí misma, que aquí es verdaderamente, el tema. Quizás la alegoría de la verdad, incluso la Verdad en sí misma, y es a menudo según la alegoría, una Mujer. Pero el femenino puede también refrenda la ironía del autor. Hablaría del autor, le diría o le mostraría a él mismo en su espejo. Se diría entonces de Ponge lo que Paul de Man, interrogándose sobre el “she” de uno de los poemas de Lucy Gray (she sheemed a thing that could not feel) dice de Wordsworth: “Wordsworth is one of the few poets who can write proleptically about their own death and speak, as it were, from beyond their own graves. The "she" in the poem is in fact large enough to encompass Wordsworth as well” (pag. 225). A ella, en esta fábula, la llamaré Psyché. Ustedes saben que Psyché la amada de Cupido, desaparece cuando ve a Eros, al levantarse el sol. Ustedes conocen la fábula de Psyché de Rafael, se la encuentra en la Farnesina. Se dice también de Psyché que perdió a su marido al querer contemplarlo a pesar de que se le hubiera prohibido. Pero una psyché, homónima y no común, es también un espejo grande y doble instalado sobre un dispositivo giratorio. La mujer, digamos Psyché, su belleza o su verdad, puede reflejarse allí, admirarse, o adornase de la cabeza a los pies. Psyché no es nombrada por Ponge que bien podría haber dedicado por ironía su fábula a La Fontaine, Ponge a menudo ha manifestado su admiración por quien supo ilustrar, la literatura francesa y la fábula de Psyché: “si prefiero a La Fontaine -su menor fábula- a Schopenhauer o Hegel, yo se bien porqué”. Es justamente en Proêmes. Paul de Man nombra a Psyché, no al espejo, sino al personaje mítico. Y lo hace en un pasaje que nos importa mucho puesto que dice también la diferencia entre los dos “selves”, los dos yo-mismos, la imposibilidad de verse y de tocarse al mismo tiempo, la “parábasis permanente”, y la “alegoría de la ironía”: “...this successful combination of allegory and irony also determines the thematic substance of the novel as a whole (La Cartuja de Parma) the underlying mythos of the allegory, this novel tells the story of two lovers who like Eros and Psyché, are never allowed to come into full contact with each other. When they can touch, it has to be in a darkness imposed by a totally arbitrary and irrational decision, an act of the gods, the myth is that of the unovercomable distance which must always prevail between the selves, and it thematizes the ironic distance that Stendhal the writer always believed prevailed between his pseudonymous and nominal identities. As such, it reaffirms Schelegl's definition of irony as a “permanent parabasis” an singles out this novel as one of the few novel of novels, as the allegory of irony”. Estas son las últimas palabras de The Rhetoric of Temporality. (Blidness and Insight p. 228). Así, al mismo tiempo, pero con un golpe doble, una fabulosa invención se hace invención de la verdad: de su verdad de fábula, de la fábula de la verdad: de la verdad de la verdad como fábula, y de lo que en ella hay de importante respecto al lenguaje, (fari, fábula). Es el duelo imposible de la verdad en y por la palabra. Pues ustedes lo han visto bien, el duelo no ha sido anunciado por la ruptura del espejo sino que consiste en el espejo; ocurre con la especularización, el espejo no adviene a él mismo más que por medio de la intercepción de la palabra. Es una invención y una intervención de la palabra, e incluso aquí de la palabra “palabra”. La palabra ella misma se refleja en la palabra “palabra” y en el nombre de nombre. El estaño que impide la transparencia y autoriza la invención del espejo, es una huella de lengua:
Entre los dos “por”, el estaño es “la palabra” que comparte, separa, una parte y otra de sí mismo, las dos apariciones de “por”. Las opone, las pone en consideración o frente a frente, las liga indisociablemente pero las disocia también para siempre. Violencia insoportable, que la ley debería prohibir (¿este estaño puede ser tolerado debajo de las dos líneas o entre las líneas?), prohibir como una perversión de los usos, un desvío de la convención lingüística. Además se encuentra que esta perversión obedece a la ley del lenguaje, es completamente normal, ninguna gramática encuentra nada para objetar a esta retórica. Es necesario hacer un duelo, es lo que reconoce y ordena a la vez el igitur de esta fábula, el “pues” a la vez lógico, narrativo y ficticio de esta primera línea: · “Por la palabra por comienza pues este texto...”. Este igitur habla para una psyché, a ella y frente a ella, con respecto a ella también, y psyché no sería más que el espéculo giratorio que viene a relacionar el mismo con el otro, esta relación del mismo con el otro podríamos decir jugando: no es más que una invención, un espejismo o un efecto de espejo admirable, su estatuto permanece como el de una invención, de una simple invención, sobreentiendan ustedes, técnica. La cuestión permanece: la psyché, ¿es una invención?. El análisis de esta fábula sería sin fin, lo abandono aquí. Fábula que dice la fábula no inventa sólo en la medida en que cuenta una historia que no tiene lugar, que no tiene lugar fuera de ella misma y que no es otra sino ella misma en su propia in(ter)vención inaugural. Esta no es solamente una ficción poética cuya producción viene a hacerse firmar, certificar, conferir un estatuto de obra literaria a la vez por su autor y por el lector, por el otro que juzga (“querido lector tú ya juzgas...”) pero que juzga a partir de su inscripción en el texto, lugar donde se refrenda y en principio asignado al destinatario. No tiene ese estatuto de invención más que en la medida que desde la doble posición del autor y del lector, del firmante y del refrendatario, propone también una máquina, un dispositivo técnico que debemos poder, en ciertas condiciones y dentro de ciertos límites, re-producir, repetir, reutilizar, transponer, comprometer en una tradición y un patrimonio público. Tiene pues el valor de un procedimiento, modelo o método, que provee reglas de exportación, de manipulación, de variación. Teniendo en cuenta otras variables lingüísticas, una invariante sintáctica puede, de modo recurrente, dar lugar a otros poemas del mismo tipo. Y esta factura tipificada que supone una primera instrumentalización de la lengua, es realmente una especie de tekhné. Entre el arte y las bellas-artes. Este híbrido de performativo y constativo que desde la primera línea (primer verso o first line) a la vez dice la verdad (“En el que la primera línea dice la verdad”, según la descripción y el llamado de la segunda línea), una verdad que no es otra que la suya propia produciéndose, se trata de un acontecimiento singular pero también una máquina. Haciendo el mismo tiempo un llamado al fondo lingüístico preexistente (reglas sintácticas y -tesoro fabuloso de la lengua-, provee un dispositivo reglamentado regulado capaz de engendrar otros enunciados poéticos del mismo tipo, una especie de matriz de imprenta. Se puede decir también: “Con la palabra con se inaugura pues esta fábula”, o bien, otras variantes reguladas, más o menos alejadas del modelo, y que no he tenido el tiempo de multiplicar aquí. Piensen también en los problemas de la citacionalidad a la vez inevitable e imposible de una invención auto-citacional, si por ejemplo digo, como ya lo he hecho: “Por la palabra por comienza pues este texto de Ponge intitulado Fábula, pues comienza así: Por la palabra por, etc...”. Proceso sin comienzo ni fin que no hace sin embargo más que comenzar, pero sin poder hacerlo jamás puesto que su frase o su fase iniciadora es ya segunda, ya la siguiente de una primera que ella describe antes incluso de que propiamente tenga lugar, en una especie de epígrafe tan imposible como necesario. Es necesario siempre volver a empezar para llegar a comenzar al fin, y reinventar la invención. Al borde del epígrafe, tratemos de comenzar. Se había entendido que hablaríamos hoy del estatuto de la invención. Ustedes saben bien que había ahí un contrato que aparece trabajado por algún desequilibrio y que por eso mismo resulta algo provocativo. Es necesario hablar del estatuto de la invención pero es mejor inventar algo con respecto a eso. Sin embargo no estamos autorizados a inventar más que en los límites estatutarios asignados por el contrato y por el título (estatuto de la invención o invenciones del otro). Una invención que no se dejaría dictar, ordenar, programar por esas convenciones sería desplazada, fuera de puesto, fuera de propósito, impertinente, transgresiva. Y sin embargo, algunos se tentarían con cierta prisa afanosa, a replicar que justamente no habrá hoy invención más que a condición de esta desviación: incluso de esta inconveniencia, dicho de otro modo a condición que la invención transgreda, para ser inventiva, el estatuto y los programas que hubiésemos querido asignarle. Ustedes sienten dudas, las cosas no son tan simples. Aunque sea poco lo que retengamos de la carga semántica de la palabra “invencion”, alguna indeterminación que le dejemos por el momento, tenemos al menos la impresión de que una invención no debería en tanto que tal y en su surgimiento inaugural, tener un estatuto. En el momento en el cual hace irrupción, la invención instauradora debería desbordar, ignorar, transgredir, negar (o al menos la complicación suplementaria de negar) el estatuto que hubiésemos querido asignarle o reconocerle con anterioridad, incluso el espacio en el cual este estatuto, él mismo, toma su sentido y su legitimidad, es decir, todo el medio de recepción que por definición no debería nunca estar pronto para acoger una auténtica innovación. En esta hipótesis (que no es la mía por el momento) una teoría de la recepción debería aquí o bien encontrar su límite esencial o bien complicarse con una teoría de las desviaciones transgresivas sin saber muy bien si esa teoría sería todavía teoría y teoría de algo como la recepción. Quedémonos todavía un poco en esta hipótesis de buen sentido: una invención debería producir un dispositivo de desarreglo, abrir un lugar de perturbación o de turbulencia para todo estatuto que le fuera asignable en el momento en que sobreviene. ¿No es ella entonces espontáneamente desestabilizadora, incluso desconstructora?. La pregunta sería entonces la siguiente: cuáles pueden ser los efectos desconstructores de una invención?. O inversamente: ¿en qué, un movimiento de desconstrucción lejos de limitarse a las formas negativas o desestructurantes que se prestan a menudo con ingenuidad, puede ser inventivo en sí mismo o la señal de una inventividad en obra en un campo sociohistórico?. Y en fin, ¿cómo una desconstrucción del concepto mismo de invención a través de toda la riqueza compleja y organizada de su red semántica, puede ella todavía inventar?, ¿Inventar más allá del concepto y del lenguaje mismo de la invención, de su retórica y de su axiomática?. Yo no trato de conformar la problemática de la invención a la desconstrucción. Mi pregunta está en otra parte: ¿Por qué la palabra “invención”, esta palabra clásica, gastada, cansada, conoce hoy una nueva vida, un nuevo modo, un nuevo modo de vida?. Un análisis estadístico de la doxa occidental, estoy seguro, lo haría aparecer: en el vocabulario, los “títulos” de libro, la retórica de la publicidad, de la crítica literaria, de la elocuencia política, e incluso en las consignas del arte, de la moral y de la religión. Vuelta extraña de un deseo de invención. “Es necesario inventar”: no tanto crear, imaginar, producir, instituir sino más bien inventar; y es en el intervalo entre estas dos significaciones (inventar/crear, inventar/producir, inventar/instituir, inventar/imaginar, etc.) que reside precisamente la singularidad de ese deseo de inventar. Inventar no es esto o aquello, tal tekhné o tal fábula, sino inventar el mundo, un mundo, no América, el Nuevo Mundo, sino un mundo nuevo, otro hábitat, otro hombre, otro deseo incluso, etc. Un análisis más fino debería mostrar por qué la palabra invención se impone más rápido y más frecuentemente que otras palabras vecinas (descubrir, crear, imaginar, producir, etc.). Y por qué este deseo de invención que va hasta el sueño de inventar un nuevo deseo, permanece contemporáneo ciertamente a una experiencia de fatiga, de agotamiento, de lo exhausto pero acompaña también un deseo de desconstrucción que va hasta a suspender la aparente contradicción que podría haber entre la desconstrucción y la invención. La desconstrucción es inventiva o no es, no se contenta con procedimientos metódicos, se abre un camino, marcha y marca; su escritura no es solamente performativa, ella produce reglas -otras convenciones- para nuevas performatividades y no se instala nunca en la seguridad teórica de una oposición simple entre performativo y constativo. Su marcha compromete una afirmación, que se vincula al venir del acontecimiento, del advenimiento y de la invención. Pero no puede hacerlo sino desconstruyendo una estructura conceptual e institucional de la invención que había reconocido algo de la invención, de la fuerza de invención; como si fuese necesario, más allá de un cierto estatuto tradicional de la invención, reinventar el futuro porvenir.
3. Venir, Inventar, Encontrar, Encontrarse. Extraña proposición. Acabamos de decir que toda invención tiende a desarreglar el estatuto y quisiéramos asignarle el momento en el cual ella tiene lugar. Decimos ahora que se trata para la desconstrucción, de acusar el estatuto tradicional de la invención misma. Qué hay que decir?. ¿Qué es una “invención”?. ¿Qué hace?. Viene a encontrar por primera vez. Todo el equívoco se vuelca sobre la palabra “encontrar”. Encontrar es inventar cuando la experiencia de encontrar tiene lugar por primera vez. Evento sin precedente cuya novedad puede ser o bien de la cosa encontrada (inventada), (por ejemplo, un dispositivo técnico que no existía antes: la imprenta, una vacuna, una forma musical, una institución -buena o mala-, etc.); o bien el acto y no el objeto, el objeto de “encontrar” o de “descubrir” (por ejemplo un sentido ahora envejecido, la Invención de la Cruz[vi]) o la Invención del Cuerpo de San Marcos del Tintoreto.) Pero en los dos casos, según los dos puntos de vista (objeto o acto), la invención no crea una existencia o un mundo como conjunto de los existentes. No tiene el sentido teológico de una creación de la existencia como tal ex-nihilo. Descubre por primera vez, devela lo que ya se encontraba allí, o produce lo que, en tanto que tekhné, no se encontraba ciertamente ahí y no es por lo tanto creada, en el sentido fuerte de la palabra, solamente agenciada a partir de una reserva de elementos existentes y disponibles, dentro de una configuración dada. Esta configuración, esta totalidad ordenada que hace posible una invención y su legitimación, plantea todos los problemas que ustedes saben y que se denominan totalidad cultural, Weltanschauung, época, episteme, paradigma, etc. Sea cual sea la importancia de estos problemas, y su dificultad, reclaman todos una elucidación de lo que inventar quiere decir o lo que implica. En todo caso la Fábula de Ponge no crea nada, en el sentido teológico del término (por lo menos en apariencia), no inventa más que recurriendo a un léxico y a reglas sintácticas, a un código en vigencia a convenciones a las cuates se somete de una cierta manera. Pero da lugar a un evento, cuenta una historia ficticia y produce una máquina introduciendo una desviación en el uso habitual del discurso, despistando en cierta medida el hábito de espera y recepción del cual tiene, sin embargo, necesidad; la fábula forma un comienzo y habla de este comienzo, y en este doble gesto indivisible, inaugura. Es ahí que residen esta singularidad y esta novedad sin las cuales no habría invención. En todos los casos y a través de todos los desplazamientos semánticos de la palabra “invención”, esta permanece en venir, el evento de una novedad que debe sorprender puesto que en el momento en el que sobreviene, un estatuto no podía ser detenido para esperarla y reducirla al mismo. Pero esta aparición de lo nuevo debe ser debido a una operación del sujeto humano. La invención vuelve siempre al hombre como sujeto[vii]. He aquí una determinación de gran estabilidad, una casi-invariante semántica que deberemos tener en cuenta rigurosamente. Cualquiera sea la historia o la polisemia del concepto de invención en tanto que se inscriba en la dependencia[viii] de la latinidad, incluso si no está en la propia lengua latina, nunca, me parece, se ha autorizado a hablar de invención sin implicar allí la iniciativa técnica de lo que se llama el hombre.[ix] El hombre él mismo, y el mundo humano, se define por la actitud de inventar, en el doble sentido de la ficción narrativa o de la fábula historiante y de la innovación técnica o tecno-epistémica (incluso yo digo tekhné y fábula, digo aquí el lazo entre historia y episteme). Nunca se ha autorizado (de ahí el estatuto y la convención) a decir de Dios que inventa, incluso si su creación -se ha pensado- funda y garantiza la invención de los hombres; nunca se ha autorizado a decir del animal que inventa, incluso si su producción y su manipulación de instrumentos se parece, a veces se dice, a la invención de los hombres. Por el contrario los hombres pueden inventar dioses, animales, y sobre todo animales divinos. Esta dimensión tecno-epistemo-antropocéntrica inscribe el valor de invención (entiéndase en su uso dominante y regulado por convenciones) en el conjunto de las estructuras que ligan, de una manera diferenciada, técnica y humanismo metafísico. Si es necesario hoy reinventar la invención, será a través de las preguntas y de las performances descontructivas que nos llevan a este valor tradicional o dominante de la invención, que también nos lleva a su estatuto mismo y a su historia enigmática que liga, en un sistema de convenciones, una metafísica a la tecno-ciencia y al humanismo. Alejémonos un poco de estas proposiciones generales, volvamos a la cuestión del estatuto. Si una invención parece sorprender o perturbar, las condiciones estatutarias, es muy necesario que ella implique o produzca otras condiciones estatutarias, no solamente para ser reconocida, identificada, legitimada, institucionalizada como tal (certificada, se podría decir) sino incluso para producirse, digamos para sobrevenir. Y ahí se sitúa el enorme debate que no es solamente el de los historiadores de las ciencias o de las ideas en general, alrededor de las condiciones de emergencia y de legitimación de las invenciones. ¿Cómo recortar y cómo nombrar estos conjuntos contextuales que vuelven posible y aceptable tal invención -desde el momento en que esta a su vez debe modificar la estructura de este contexto mismo?. Ahí todavía debo contentarme con situar tantas discusiones que se han desarrollado en el curso de estos últimos decenios alrededor del “paradigma”, del “episteme” del “corte epistemológico” o de los “themata”. Por más inventiva que sea, y para serlo, la Fábula de Ponge, como toda fábula, requiere reglas lingüísticas, modos sociales de lectura y de recepción, un estado de las competencias, una configuración histórica del campo poético y de la tradición literaria, etc. ¿Qué es un estatuto?. Como “invención”, el vocablo “estatuto” y no es insignificante, se determina primeramente en el código latino del derecho y también de la retórica jurídico-política. Antes de pertenecer a este código designa la estancia o la estación de lo que, dirigiéndose de manera estable, (se) mantiene de pie, estabiliza o se estabiliza. En este sentido es esencialmente institucional. Define prescribiendo, determina según el concepto y la lengua lo que es estabilizable bajo forma institucional, en el interior de un sistema y de un orden que son los de una sociedad, de una cultura y de una ley humanas, incluso si esta humanidad se piensa a partir de otra cosa que ella misma, por ejemplo Dios. Un estatuto es siempre humano, siendo tal, no puede ser animal o teológico. Como la invención, lo decíamos hace un momento. Vemos pues afilarse la paradoja: toda invención debería burlarse del estatuto pero no hay invención sin estatuto. En todo caso ni la invención ni el estatuto pertenecen a la naturaleza, en el sentido corriente de este término, es decir en el sentido estatutariamente instituido por la tradición dominante de la metafísica. ¿Qué nos preguntamos cuando nos interrogamos sobre el estatuto de la invención?. Nos preguntamos desde el principio qué es una invención, y qué concepto conviene a su esencia. Más precisamente, nos interrogamos sobre la esencia que otorgamos para reconocerla, cuál es el concepto garantido, el concepto tenido por legítimo con respecto a ella. Este momento de reconocimiento es esencial para poder pasar de la esencia al estatuto. El estatuto, es la esencia considerada como estable, fijada y legitimada por un orden social o simbólico en un código, un discurso y un texto institucionalizables. El momento propio del estatuto es social y discursivo, supone que un grupo se entiende para decir, por un contrato al menos implícito: 1. la invención en general al ser esto o aquello, al reconocerse tales criterios y disponiendo de tal estatuto, muy bien, 2. este acontecimiento singular es exactamente una invención, tal individuo o tal grupo merece perfectamente el estatuto de inventor, habrá tenido una invención. Puede así tomar la forma de un premio Goncourt o de un premio Nobel.
4. Patentes[x]: la invención del título. Estatuto se entiende pues a dos niveles, uno concierne a la invención en general, el otro, a tal invención determinada que recibe un estatuto o su premio por referencia al estatuto general. Siendo irreductible, la dimensión jurídico-política, el índice más útil aquí sería lo que quizás llamamos en francés el “brevet” de una invención, en inglés “patent”. Es primeramente un texto corto, un “breve”, acto escrito por el cual la autoridad real otorgaba un beneficio o un título, incluso un diploma (hoy incluso es significativo que se hable de “brevet” de ingeniero, o técnico para designar una competencia certificada), la patente, es pues, el acto por el cual las autoridades políticas confieren un título público, es decir un estatuto. La patente de invención crea un estatuto o un derecho de autor, un título -y es por eso que nuestra problemática debería pasar por una problemática muy compleja, la del derecho positivo de las obras, de sus orígenes y de su historia actual muy agitada por las perturbaciones de todo tipo, en particular las que vienen de las nuevas técnicas de reproducción o de la telecomunicación. La patente de inventor, stricto sensu, no sanciona más que invenciones técnicas dando lugar a instrumentos reproductibles pero se puede extenderlo a todo derecho de autor. El sentido de la expresión “estatuto de la invención” vine por supuesto de la idea de “patente” pero no se reduce a esa idea. Por qué he insistido en esto último?. Quizás sea el mejor índice de nuestra situación actual. Si la palabra “invención” conoce una nueva vida, sobre fondo de agotamiento angustiado pero también a partir del deseo de reinventar la invención misma, y hasta su estatuto, es sin duda que en una escala sin medida común con la del pasado, lo que llamamos la “invención” a certificar se encuentre programada, es decir sometida a poderosos movimientos de prescripción y de anticipación autoritarios cuyos modos son múltiples. Y esto sucede también en los dominios del arte o de las bellas-artes así como en el dominio tecno-científico. Por todas partes el proyecto de saber y de investigación es en principio una programática de las invenciones. Podríamos evocar las políticas editoriales, los pedidos de los comerciantes de libros o de cuadros, los estudios de mercado, la política de la investigación y las “finalizaciones” como se dice ahora, que ella determina a través de las instituciones de investigación y de enseñanza, la política cultural, sea o no estatal; podríamos también evocar todas las instituciones, privadas o públicas, capitalistas o no, que se declaran ellas mismas como máquinas de producir y de orientar la invención. Pero a título de índice no consideremos más que la política de las patentes. Disponemos hoy de estadísticas comparativas con respecto a este tema de las patentes de invención depositadas todos los años por todos los países del mundo. La competencia que está en su pleno apogeo, por razones económico-políticas evidentes, determina decisiones a nivel gubernamental. En el momento cuando Francia, por ejemplo, consideraba que debe avanzar en esta carrera de las patentes de invención, el gobierno decide acrecentar tal puesto presupuestal e inyectar fondos públicos, vía tal ministerio, para ordenar, inducir, o suscitar las invenciones certificadas. Según trayectos más inaparentes o más sobredeterminados todavía sabemos que tales programaciones pueden investir la dinámica de la invención diciéndose más “libre”, la más salvajemente “poética” e inaugural. Esta programación, cuya lógica general, si hubiese una, no sería necesariamente la de representaciones conscientes, pretende, y allí logra llegar a veces hasta cierto punto, asignar hasta el margen aleatorio con el cual le es necesario contar y que ella integra en sus cálculos de probabilidades. Hace algunos siglos se representaba la invención como un acontecimiento errático, el efecto de un golpe de genio individual, de un azar imprevisible. Eso a menudo por una falta de conocimiento, desigualmente extendido, de las obligaciones efectivas de la invención. Hoy, es quizás debido a que conocemos demasiado la existencia, al menos, sin contar el funcionamiento de las máquinas de programar la invención, que soñamos con volver a inventar la invención más allá de las matrices del programa. Pues una invención programada, ces todavía una invención?. ¿Es un acontecimiento donde el porvenir viene a nosotros?. Volvamos modestamente sobre lo andado. El estatuto de la invención en general, como de una invención particular, supone el reconocimiento público de un origen, más precisamente de una originalidad. Este debe ser asignable y volver a un sujeto humano individual o colectivo, responsable del descubrimiento o de la producción de una novedad a partir de entonces disponible para todos. Descubrimiento o producción?. Primer equívoco, si al menos no se reduce el producir en el sentido de puesta al día por el gesto de conducir o de adelantar, lo que volvería a develar o descubrir. En todo caso, descubrimiento o producción, pero no creación. Inventar, es venir a encontrar allí, descubrir, develar, producir por primera vez una cosa, que puede ser un artefacto, pero que en todo caso podía encontrarse allí de manera todavía virtual o disimulada. La primera vez de la invención no crea jamás una existencia y es sin duda por cierta reserva con respecto a una teología creacionista que se quiere hoy volver a reinventar la invención. Esta reserva no es necesariamente atea, puede al contrario, querer reservar justamente la creación a Dios y la invención al hombre. Ya no se dirá que Dios ha inventado al mundo, como una totalidad de las existencias. Podemos decir que Dios ha inventado las leyes, los procedimientos o los modos de cálculo para la creación (“dum calculat fit mundus”) pero no que ha inventado el mundo. De la misma forma ya no se dirá que Cristóbal Colón ha inventado América, salvo en el sentido vuelto arcaico según el cual, como en la invención de la Cruz, esta vuelve solamente a descubrir una existencia que ya se encontraba ahí. Pero el uso o el sistema de convenciones modernas, relativamente modernas, nos prohibiría hablar de la invención cuyo objeto sería una existencia como tal. Si se hablara hoy de la invención de América o del Nuevo Mundo, se designaría más bien el descubrimiento o la producción de nuevos modos de existencia, de nuevas formas de aprehender, de proyectar o de habitar el mundo pero no la creación o el descubrimiento de la existencia misma del territorio llamado América. Ustedes ven pues dibujarse una línea de división o de mutación en el porvenir semántico o en el uso reglamentado de la palabra “invención”. La describiré sin endurecer la distinción y manteniéndola en el interior de esta gran y fundamental referencia a la tekhné humana, a ese poder mitopoético que asocia la fábula, la narración histórica o epistémica. ¿Cuál es esta línea de división?. Inventar ha significado siempre “volver a encontrar por primera vez” pero hasta el alba de lo que podríamos llamar la “modernidad” tecno-científica y filosófica (a título de indicación empírica muy vulgar e insuficiente, digamos S. XVII), podríamos todavía hablar de invención con respecto a existencias o verdades que, sin ser, naturalmente, creadas por la invención, son descubiertas por ellas o develadas por primera vez; encontradas ahí. Ejemplos: Invención del cuerpo de San Marcos, todavía, pero también invención de verdades, de cosas verdaderas. Es así como la define Cicerón en el De Inventione (I-III). Primera parte del arte de oratoria, la invención es “excogitatio rerum verarum, aut verisimilum, quae causam probabilem reddan”[xi] La “causa” en cuestión es la causa jurídica, el debate o la controversia entre las “personas determinadas”. Pertenece al estatuto de la invención que ella concierna también siempre a las cuestiones jurídicas de estatutos. Luego, según un desplazamiento ya iniciado pero que me parece se estabiliza en el S. XVII, puede ser entre Descartes y Leibniz, casi ya no hablaremos más de la invención como descubrimiento develador de lo que se encontraba ya ahí (existencia o verdad) sino cada vez más, incluso únicamente, como descubrimiento productivo de un dispositivo que podemos llamar técnico en el sentido amplio, técno-científico o técno-poético. No se trata solamente de una tecnologización de la invención. Esta siempre estuvo ligada a la intervención de una tekhné, pero es a partir de esta tekhné que la producción -y no solamente el develamiento- de un dispositivo maquinal relativamente independiente; él mismo capaz de una cierta recurrencia autorreproductiva y también de una cierta simulación reiterante, va a dominar el uso de la palabra “invención”.
A partir de entonces una desconstrucción de estas reglas de uso y por lo tanto de este concepto de invención, si quiere ser también una re-invención de la invención, supone el análisis prudente de la doble determinación de la cual aquí formulo la hipótesis. Doble determinación, doble inscripción, amplia y estrecha, que forma también una especie de escansión que titubeo en llamar “histórica” y sobre todo a fechar por razones evidentes. Lo que adelanto aquí no puede no tener efecto en el concepto y la práctica de la historia misma. La “primera” línea de la división atravesaría la verdad: La relación con la verdad y el uso de la palabra “verdad”. La decisión radicaría ahí, así cómo toda la gravedad del equívoco. Una cierta polisemia de la palabra “invención” puede, gracias a ciertas obligaciones contextuales, dejarse dominar fácilmente. Por ejemplo, en francés, esta palabra designa al menos tres cosas, según los contextos y la sintaxis de la proposición. Pero cada una de estas tres cosas se deja a su vez golpear, incluso dividir por un equívoco más difícil de reducir, pues es esencial. ¿Cuáles son en principio estas tres primeras significaciones que se desplazan sin gran riesgo de un lugar a otro?. Podemos en primer lugar llamar invención a la capacidad de inventar, la aptitud supuesta natural y genial de inventar, la inventiva. Se dirá de un sabio o de un novelista que tiene invención. Podemos en seguida llamar invención al momento, al acto o a la experiencia, esta primera vez del acontecimiento nuevo, la novedad de esto nuevo (que no es forzosamente el otro, lo sugiero al pasar). Y luego, en tercer lugar, se llamará invención al contenido de esta novedad, la cosa inventada. Recapitulo en un ejemplo estos tres valores referenciales: 1. Leibniz tiene invención 2. su invención de la característica universal tuvo lugar en tal fecha y tuvo tales efectos, etc. 3. la característica universal fue su invención, el contenido y no solamente el acto de esta invención. Si estos tres valores se dejan cómodamente discernir entre un contexto y otro, la estructura semántica general de la “invención”, anterior incluso a esta triplicidad, permanece más difícil de dilucidar. Antes de la división a la cual yo hacía alusión hace un momento, parecerían coexistir dos significaciones concurrentes 1) “Primera vez”, acontecimiento de un descubrimiento, invención de lo que ya se encontraba ahí y se devela como existencia y como sentido y verdad. 2. Invención productiva de un dispositivo técnico que no se encontraba ahí como tal. Entonces se le da lugar encontrándolo mientras que en el primer caso se encontraba en su lugar, allí donde ya se encontraba. Y la relación de la invención a la cuestión de lugar -en todos los sentidos de esta palabra- es evidentemente esencial. O bien, como ya he formulado esa hipótesis, el primer sentido de la invención, el que podríamos llamar “veritativo”, tiende a desaparecer a partir del S. XVII en provecho del segundo, nos sería necesario todavía encontrar el lugar donde esta división comienza a operarse, un lugar que no fuera empírico o histórico-cronológico. ¿De dónde viene que no se hable más de la invención de la Cruz o de la invención de la verdad (en cierto sentido de la verdad) para hablar cada vez más, incluso solamente, de la imprenta, de la navegación a vapor o de un dispositivo lógico-matemático, es decir de otra forma de relación a la verdad?. Como ustedes ven, a pesar de esta transformación tendencial, en los dos casos se trata de la verdad. Un pliegue o una coyuntura separan, a la vez que juntan, estos dos sentidos del sentido. Son también dos fuerzas o dos tendencias que se relacionan así, una con otra, una sobre otra, en su diferencia misma. Tenemos quizás una instantánea furtiva, y temblorosa en estos textos donde “invención” significa todavía invención de la verdad en el sentido del descubrimiento que devela lo que se encuentra ya ahí pero que, también, ya, es invención de otro tipo de verdad y de otro sentido de la palabra “verdad”: el de una proposición judicativa, por lo tanto de un dispositivo lógico-lingüístico. Se trata entonces de una producción, de la tekhné, la más apropiada, la construcción de una maquinaria que no estaba ahí, incluso si este nuevo dispositivo de la verdad debe darse todavía con el del primero tipo. Los dos sentidos permanecen muy cercanos, hasta parecer confundidos, en la expresión bastante frecuente de “invención de la verdad”. Los creo sin embargo heterogéneos. Y me parece también que ellos no han cesado nunca de acentuar lo que los separa, el segundo tendería desde entonces a una hegemonía sin divisiones. Es verdad que siempre ha animado y por lo tanto imantado el primero, toda la cuestión de la diferencia entre la tekhné pre-modernista y la tekhné moderna residen en el centro de lo que acabo de nombrar rápidamente como esa animación o imantación. No tengo tiempo de desarrollar aquí esta inmensa pregunta. En los ejemplos que voy a recordar, podemos tener la impresión de que solo el primer sentido (descubrimiento develante y no descubrimiento productivo) es todavía determinante. Pero nunca es tan simple. Primero me limito a tal pasaje de la Lógica o el arte de pensar de Port Royal. Este texto fue escrito en francés y ustedes saben qué rol ha representado en la difusión del pensamiento cartesiano. Lo he elegido porque multiplica las referencias a toda una tradición que nos importa aquí, principalmente la de la De Inventione de Cicerón. En el capítulo que trata “De los lugares o del método de encontrar argumentos” (111, XVII), recordemos que “Lo que los Retóricos y los Lógicos llaman Lugares, loci argumentorum, son ciertas bases principales, que podemos relacionar con todas las pruebas de las que nos servimos en las diversas materias tratadas: y la parte de la lógica que ellos llaman invención es solo lo que muestran de estos Lugares. Sobre este tema Ramus está en desacuerdo con Aristóteles y con los filósofos de la escuela, porque tratan los Lugares después de haber dado las reglas de los argumentos, y él pretende contra ellos, que es necesario explicar los Lugares y lo que concierne a la invención antes de tratar estas reglas. La razón de Ramus es que deberíamos haber encontrado la materia antes de pensar en disponer de ella. Ahora bien, la explicación de los Lugares enseña a encontrar esta materia, en vez de que las reglas de los argumentos no puedan enseñar sino la disposición. Pero esta razón es muy débil, porque todavía aunque sea necesario que la materia sea encontrada para disponer de ella, no es necesario sin embargo, aprender a encontrar la materia antes de haber aprendido a disponerla. Si tuviéramos tiempo para detenernos allí, veríamos mejor cómo este tema de la disposición o de la collocatio de la cual se debate para saber si debe o no proceder al momento en que se encuentra la materia |