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Tengo el gusto del secreto Jacques Derrida Uno
«De hecho, la forma es rastro de lo informe, pues lo informe no es
engendrado por la forma: lo informe engendra la forma, y la engendra
cuando a él se aproxima la materia. Pero la materia está necesariamente
muy alejada de él, ya que ella ni siquiera tiene una de las formas de
último grado. Así pues, si no es amable la materia, sino lo que es
formado, moldeado, por la forma; si la forma que reside en la materia
deriva del alma, y si el alma es tanto más deseable cuanto más forma es,
si la Inteligencia es forma más que el alma, y por ello mucho más
deseable, hay que admitir que la naturaleza primera de lo Bello carece
de forma».
Plotino, Enéadas, VI, 7, 30-38.
JACQUES DERRIDA:
Si por «sistema» se entiende una suerte de consecuencia, de
coherencia, de insistencia —cierto fervor—, hay una compulsión al
sistema a la que nunca pude ni quise renunciar. Lo confirma la
recurrencia (que, a cierta edad, considero no poco sorprendente) de
motivos, remisiones de un texto a otro, pese a la variedad de ocasiones
y pretextos. Cuanto pude escribir a lo largo de estos últimos treinta
años estuvo regido por cierta insistencia, que a otros puede parecerles
incluso muy monótona. En cambio, si se entiende por «sistema», en un
sentido filosófico más estricto y acaso más moderno, una totalización en
la configuración, una continuidad entre todos los enunciados, una forma
de coherencia (no la coherencia), que implica la
índole silogística de la lógica, cierto syn, el
cual ya no define sólo la recopilación sino también la composición de
proposiciones ontológicas, entonces, la
deconstrucción, aun sin ser anti-sistémica, no sólo es
sin embargo, la búsqueda sino la consecuencia deliberada del hecho de
que el sistema es imposible; la deconstrucción suele consistir, de modo
regular o recurrente, en hacer aparecer en todo pretendido sistema, en
toda autointerpretación del sistema, una fuerza de dislocación, un
límite en la totalización, en el movimiento de síntesis silogística. La
deconstrucción no es un método para encontrar aquello que opone
resistencia al sistema, sino que consiste en comprobar —al leer y al
interpretar los textos— que en ciertos filósofos el efecto de sistema
fue provocado por cierta disfunción o desajuste, cierta incapacidad de
cerrar el sistema. Sin excepción, cada vez que me vi atraído por esa
perspectiva de trabajo no hice sino observar que el sistema no funciona;
y que esa disfunción no sólo interrumpe el sistema, sino que también da
cuenta del deseo de sistema, que cobra fuerza en esa suerte de
separación, de disyunción. En cada caso, esa disyunción tiene un lugar
privilegiado en el así llamado corpus filosófico. Y
lo que hago en definitiva es, por lo general, ponerme a prueba para
hallar, luego de rastrearlas un rato, las etapas del análisis en ese
lazo de desajuste.
La insistencia a la cual
me refería —la escrupulosidad en cuanto a la consecuencia, a la
coherencia—, que según creo es filosófica, se vuelve contra lo
filosófico entendido como sistémico. Por eso insisto en la diferencia,
en la imposibilidad de identificación, de totalización. Se trata de un
gesto excesivamente filosófico: un gesto que es
filosófico y que está en exceso con respecto a lo filosófico. Y este
replanteo —¿cómo ser más que filosóficos sin dejar de ser filosóficos?—
marca con su hybris todos los temas que he tratado. Mis mayores intereses se orientaron hacia el gran canon de la filosofía —Platón, Kant, Hegel, Husserl, pero al mismo tiempo hacia pasajes llamados «menores» de esos textos, hacia problemas pasados por alto o considerados en notas a pie de página—, hacia todo cuanto puede enmarañar el sistema y a la vez dar cuenta del subsuelo en que se constituye reprimiendo precisamente aquello que lo torna posible, y que no es sistémico. Una confrontación, pues, con el canon de la filosofía, simultáneamente canónico y no canónico, que consideré oportuno privilegiar desde el punto de vista estratégico, porque me parecía, en un primer momento, más urgente, más provechoso; lo cual no impidió que me interesara no sólo en textos no canónicos, sino incluso en textos no filosóficos. Es el problema de la literatura, del cual nos ocuparemos un poco más adelante.
Pienso que el caso de la
imaginación es, en muchos sentidos, esclarecedor. En aras de
simplificar, diría que me atrajeron al problema de la imaginación, en
formas y en lenguas distintas (la imaginación en Aristóteles no es la
imaginación productiva en Kant o en Hegel), por lo menos dos de sus
aspectos. El primero es el que la convirtió a la vez en una amenaza y un
recurso para la verdad, para el intelecto, para la realidad; de hecho,
fácilmente podría demostrarse, en Platón como en los demás, que la
imaginación es de naturaleza ambigua, dado que por una parte entraña una
amenaza para la verdad, la idea —la imagen es inferior a la idea—, pero
por la otra tiene una función positiva, necesaria en términos
filosóficos y pedagógicos. Es el sitio de la ficción, mas también de
cierta síntesis, un sitio de mediación, especialmente en Kant, para
quien la imaginación es precisamente el tercer término, el tercero —y,
en definitiva, todo lo dicho acerca del sistema podría reducirse a la
cuestión del tercero—. Ese tercer término puede ser considerado el
mediador que permite la síntesis, la reconciliación, la participación;
caso en el cual lo que no es esto ni aquello
permite la síntesis de esto y aquello. Sin embargo, esta función no se
limita a la forma que cobró en la dialéctica hegeliana, y el tercero del
ni-esto-ni-aquello y del esto-y-aquello puede ciertamente ser
interpretado como aquello cuya heterogeneidad absoluta no se deja
integrar, opone resistencia a la participación, al sistema, designando
el sitio donde el sistema no se cierra. A la vez, es el punto en que el
sistema se constituye, y en que la constitución se ve amenazada por lo
heterogéneo, y por una ficción que ya no está al servicio de la verdad.
Al respecto, mi interés se centra en aquello que participa en la
participación y en la no-participación. Y el reiterado retorno a este
tema
—que
también es el del arte, el de la mimesis— revela en mi trabajo una doble
postulación, y un replanteo: precisamente en la médula del tercero como
participación se define aquello que en ningún caso se deja reapropiar
por la participación ni, consiguientemente, por un sistema filosófico.
Justamente por ello, no estoy seguro de que sea posible, de una manera
original, determinar el comienzo de algo contemporáneo a partir de
cierta fecha: como si algo comenzara después de Hegel, con el
poskantismo o en el poshegelianismo, con Nietzsche. Lo que hay de
moderno, contemporáneo, nuevo, en la historia a que nos referíamos poco
antes,
acaso sea aquello que —de Nietzsche a Heidegger y otros— llega a ser
contemporáneo de nosotros en el gesto y por medio del gesto que revoca o
delata la posibilidad de semejante periodización y, por ende, de una
contemporaneidad de ese tipo. A fin de cuentas, Kierkegaard, Nietzsche y
otros son pensadores de lo inactual, que echan a andar precisamente
desde el cuestionamiento de la interpretación de la historia como
desarrollo, donde algo contemporáneo a sí puede suceder a un pasado.
Paradójicamente, la idea de contemporaneidad, de una relación
reconciliada consigo misma en la actualidad de
un presente, sería una
idea clásica; pertenece a todo aquello que no es contemporáneo, de
Platón a Hegel; es precisamente aquello puesto en entredicho por los
«contemporáneos». Para Kierkegaard, Nietzsche, Heidegger, no hay un
«nosotros-ahora», y me interesa exactamente esta dislocación, acaso
vivenciada de modo más intenso por aquellos a quienes llamamos
«contemporáneos», antes que por los demás.
«Time is out of joint»,
dice
Hamlet. «To
be out of joint»
se dice literalmente del
hombro o de la rodilla cuando se han salido de su sitio, cuando están
dislocados, desarticulados. Por lo tanto, el tiempo out of
joint
está fuera de
sí, fuera de su quicio; ya no se concentra en su sitio, en su presente.
Otra traducción, la de Gide, que parece concordar mejor con la locución
inglesa, dice curiosamente: «Notre époque est déshonorée»;
de hecho, parece que, en una tradición que va de Tomás Moro a Tennyson,
«out of joint» tiene un significado moral: ser
desenfrenado, pervertido, injusto. «Esta época es desenfrenada, no es
como debería ser, no marcha bien». A partir de ese desajuste surge el
deseo no sólo de arreglo, sino de justicia. Ahora bien: si uno tiene
esto último en mente y relee Der Spruch des Anaximander
de Heidegger, se topa con una meditación muy extraña y vigorosa
acerca de dike y adikía. Heidegger
intenta demostrar que adikía no tiene
primordialmente un sentido moral o jurídico, el sentido de «injusticia»
con que lo traducen Nietzsche y otros. Hay que entender dike
y adikía antes del sentido jurídico y moral, o sea,
como aquello que es, o que no es, aus den Fugen, out
of joint: dike es la conjunción, adikía
está disyunta. Heidegger se pregunta: ¿Cómo es posible que los entes
presentes (ta onta), que están out of joint,
puedan impartir justicia (dike dídonai, según el
fragmento de Anaximandro)? En otros términos —y aquí se presenta un
problema similar al planteado antes que él por Plotino y que después de
él planteará Lacan—: ¿Cómo se puede dar lo que no se tiene? ¿Cómo es
posible que aquello que existe en la disyunción imparta la justicia o,
específicamente, la conjunción, fügen? Heidegger
interpreta el problema, por una parte, en términos de tiempo, de ente
presente, de on, y, por la otra, en términos de
fügen, de conjunción de los
Tiempos.
Para
volver de modo más esquemático a los términos de nuestro problema, lo
que se anuncia o se vuelve más acuciante entre los contemporáneos que
hemos citado es esta dislocación del presente, que torna a este no
contemporáneo a sí y torna a aquellos no contemporáneos entre sí,
desprovistos de vínculo con la historia y el tiempo que los filósofos
clásicos pensaban que tenían. Estos contemporáneos no son, pues, tales y
nos obligan a una lectura de la historia de la filosofía mucho más
inquietante y recelosa. A menudo puse en cuestión el modo en que
Heidegger utiliza el concepto de época: en cualquiera de los casos, lo
que me inclina hacia esos pensadores contemporáneos no es su
contemporaneidad, sino de algún modo lo contrario: cierto fastidio por
la pertenencia a un tiempo, a nuestro tiempo; la dificultad de decir
«nuestro» tiempo. Acaso el tiempo «nuestro» sea aquel en que ya no puede
decirse con tanta facilidad «nuestro tiempo».
MAURIZIO
FERRARIS:
¿Cómo entra la escritura en la filosofía? No me resulta convincente la
versión más usual de ese ingreso, según la cual, tras el «final de la
metafísica», los filósofos no tendrían que habérselas con la verdad,
sino que se limitarían a una suerte de asistencia social por medio de la
conversación. Es un supuesto dogmático, porque, según creo, no puede
afirmarse que haya una metafísica «en cuanto tal» y, menos aún, que esté
sujeta a generación y corrupción, salvo que por «metafísica» se
entiendan las publicidades inglesas sobre las cuales ironiza Hegel en el
prefacio a su Enciclopedia, con sus promesas de «The Art of
Preserving the Hair, on Philosophical Principles». A veces también
están en juego las artimañas de una tolerancia represiva, que autoriza a
los filósofos a hacerlo todo excepto su trabajo, esto es, la búsqueda de
la verdad. Desde luego, el hecho de recurrir al lenguaje tuvo un
considerable papel, ya que, en apariencia, decir que «la palabra habla»
reduciría la filosofía a la más vana de las conversaciones, cuando es
notorio que el sentido de una filosofía (piénsese, por ejemplo, en la
tradición de Aristóteles) sobrevive, al menos en parte, pese a las más
tortuosas transmisiones, a diferencia de lo que ocurre en literatura,
pues en esta es muchísimo lo que se pierde en la traducción.
J. D.:
La escritura
no «entró» en la filosofía: hay que preguntarse cómo estaba ya allí,
cómo se la pasó por alto, cómo se intentó expulsarla. A fin de cuentas,
la diferencia entre las dos escrituras en Platón, entre la
hypómnesis y la anámnesis,
definía un debate no entre palabra y escritura, sino entre dos
escrituras, una mala y otra buena. Así pues, la buena escritura está
siempre hantée por la mala; esa persistencia impide
pensar cualquier exterioridad entre la filosofía en general y la
escritura en general.
Sin embargo, por los
motivos antes
señalados, no sólo no hay entre los contemporáneos (pienso especialmente
en Heidegger), por el contrario, gestos tendientes a aceptar o tolerar
una escritura que antes se habría rechazado o juzgado intolerable, sino
que se repite la actitud de Platón. En este aspecto, nada hay de nuevo;
también en Heidegger, al menos en principio, hay una suerte de
separación entre hipomnesis y anamnesis: la técnica y la escritura, por
una parte, y un pensamiento poético, por la otra —una mala y una buena
escritura—.
No obstante, si todo
está out of joint, si todo está perturbado, ya no
hay sincronía. Los textos devienen tan
heterogéneos
entre sí, tan poco contemporáneos con respecto a sí, que junto a gestos
que repiten del modo más fiel, redundante, repetitivo e inmutado los
filosofemas clásicos pueden encontrarse —en Heidegger, por ejemplo—
motivos radicalmente deconstructivos con relación a la tradición
canónica. Por ello, el límite siempre pasa por el interior del
corpus. Si la deconstrucción es posible, lo es porque
recela de cualquier periodización y pasa o hace pasar gestos, líneas y
divisiones al interior del corpus en general,
incluso algunas veces al elemento microscópico de una frase. La
deconstrucción desconfía de los nombres propios: no se dirá «Heidegger
en general» dice esto o aquello; se tratarán, en la micrología del texto
heideggeriano, momentos diferentes, diferentes aplicaciones, lógicas
rivales, y al hacerlo se desconfiará de toda generalidad, de toda
configuración sólida y dada. Es una suerte de gran sismo, de temblor
general, y nada hay que pueda sosegarlo: no puedo tratar un corpus,
ni un libro, como un conjunto coherente, y aun el mero enunciado
está sometido a fisión. En definitiva, acaso la escritura sea eso.
Suscribo lo que usted
dijo acerca de la tolerancia represiva. Hay una actitud consistente en
decir: Aceptemos que los filósofos se emancipen del escrúpulo de verdad,
cedan a la literatura, traten la filosofía como literatura; no los
reprimiremos, no los denunciaremos, no los tomaremos en solfa como hacen
muchos filósofos académicos; es más: los toleraremos... Este gesto, que
aparenta ser liberal y de apertura, es en realidad represivo, pues
aspira a privar de cualquier
pretensión de tratar la verdad —no tanto de decir la verdad, sino de
interesarse por ella— a quien, como nosotros recién, complica el
problema de la filosofía y de las relaciones entre filosofía y
literatura. En definitiva, quieren ponernos ante este dilema: «Les
concedemos el derecho de tratar la filosofía como literatura, pero
terminen ya con esas pretensiones de ocuparse de verdades».
Ahora bien: hace poco traté de sugerir que no se puede considerar que el
problema de la verdad sea una cuestión caduca; no es un valor al que
haya que renunciar. La deconstrucción de la filosofía no renuncia a la
verdad, no más, en todo caso, de lo que renuncia a ella la literatura.
Hay que pensar otra relación con la verdad; no resulta fácil, pero es
necesario no dejarse intimidar ni por los filósofos tradicionales (para
quienes cualquier cuestionamiento de la verdad equivale a una abdicación
de la filosofía, y denuncian a los «no-filósofos» que tratan la
filosofía como la literatura) ni por la tolerancia represiva, la cual
consiste en aceptar que se haga literatura con tal de que ya no tenga
relación alguna con la filosofía ni con la verdad, ni siquiera, en el
límite, con el ámbito público. Alguien como Rorty acepta que uno se
dedique a la literatura, e incluso se alegra, pero con el pretexto de
que es un asunto privado, un lenguaje privado, y refugiarse en un
lenguaje privado está muy bien. Procuré resaltar el hecho de que no se
trata en absoluto de privatizar la filosofía dejando que se refugie en
la literatura; se trata de un gesto completamente distinto, de un
deslinde completamente distinto.
Habida cuenta de lo recién expuesto, dudaría, por ejemplo, de hablar de
posfilosofía: esta expresión me parece peligrosa. No hay un mero
«después» de la filosofía, así como no hay una contemporaneidad; tampoco
hay un mero pasaje a un discurso no filosófico
que dejaría atrás la
filosofía. A menos que se especifique
de modo riguroso el contenido que se quiere dar al concepto de
posfilosofía, seguiría prescindiendo de él.
Sería aún más prudente en mi respuesta a lo que usted decía sobre la
diferencia que subsistiría entre lo filosófico y lo literario, esto es,
que lo filosófico se propone o se impone como aquello que puede
sobrevivir a la diferencia entre lenguas, atravesándola: un sentido
sería filosófico sólo cuando se deja traducir sin que se pierda, en
tanto que una obra literaria tendría con una lengua natural un vínculo
tan intrínseco, originario y esencial, que en realidad no habría
posibilidad alguna de traducción. Desde luego, se traduce literatura,
pero algo estaría destinado a resistirse a la traducción, en tanto que
en aquello que llamamos «filosofía» lo esencial estaría destinado a
dejarse traducir e incluso a posibilitar la traducción: esto equivale a
decir que cuanto hay de traducción en la literatura sería filosófico y
cuanto queda intraducible sería más estrictamente literario.
Sí: en apariencia,
las cosas se presentan exactamente así, pero si en verdad fueran de
este modo tendríamos que habérnoslas con dos campos, disciplinas, textos
o acontecimientos distintos: por un lado, la filosofía; por el otro, la
literatura. Sin confundirlos, y sin reducir uno al otro, acaso podría
afirmarse que siempre hay en lo que llamamos
«filosófico» una adherencia a la lengua natural: ciertos filosofemas
aparecen como profundamente indisociables del griego, el alemán, el
latín, pero ello no constituye la parte literaria de la filosofía, sino
que es, antes bien, algo que la filosofía comparte con la literatura. Y,
a la inversa, hay en la literatura algo de lo traducible, una promesa de
traducción, esto es, un aspecto que no es ajeno a lo filosófico. Tanto
la filosofía como la literatura están ligadas a lenguas naturales: no existe
filosofía reducible a una formalización absoluta en una lengua
convencional o
técnica. Desde luego, hubo sueños cartesianos o leibnizianos, pero de
hecho la reducción no es posible, y no sólo por motivos fácticos o
empíricos. Al igual que la literatura, la filosofía está
indisociablemente ligada a los idiomas, a los corpora
de las lenguas naturales. Entonces, desde este punto de vista, no
puede decirse que haya una frontera —la lengua o la relación con la
lengua, supongamos— entre filosofía y literatura.
Sin embargo, no hay que
confundirse: la filosofía no es literatura. Así, aunque la frontera no
esté constituida por la traducción, hay que seguir buscando criterios
distintivos precisamente en la relación con la lengua natural. Tanto la
literatura como la filosofía incluyen obras y las ligan a lenguas
naturales; sin embargo, ese vínculo, como la intraducibilidad, no es
idéntico. Debe buscarse otro criterio; esta búsqueda puede y debe
deshacer grandes
agrupamientos, por lo cual tendremos por una parte a Platón, Descartes,
Kant, Hegel, y por la otra a Homero, Shakespeare, Goethe; el nexo con la
lengua es en cada caso diferente. Desde el punto de
vista de la lengua y de la traducción, no puede tratarse a Platón como a
Kant, a Leibniz como a Hegel; tampoco puede tratarse a Shakespeare o a
Dante como a Diderot. Hay subdivisiones, que deben tenerse en cuenta.
Naturalmente, ello no impide reconocer las grandes agrupaciones, las
cuales hacen que —pese a todo— Platón y Kant estén de un mismo lado, y Dante
y Shakespeare de otro. No obstante, si uno mira más de cerca encontrará
una literatura platónica que no es la hegeliana, una filosofía
shakespeareana que no es la de Dante,
Goethe o Diderot. Estamos ante un enorme plan de trabajo, en el cual es
necesario desconfiar de las categorías que recibimos o podemos recibir
en la scholarship académica.
M. F.: Con frecuencia usted ha hablado de
estrategias –e incluso en «Les fines de l’homme», un poco
pascalianamente, de «pari stratégique» y suele hablar al respecto, como
si hubiera un «polemos».
J. D.:
Si hay un polemos, e irreductible, no es, en última instancia, porque
haya cierto gusto por la guerra, y menos aún por la polémica. Hay un
polemos cuando un campo es establecido como campo de batalla a falta de
metalenguaje, de un lugar de verdad exterior al campo. No hay un punto
de referencia absoluto y ahistórico; y la ausencia de esa referencia, y
la consiguiente historicidad radical del campo, hace que necesariamente
quede librado a la multiplicidad, a la heterogeneidad. De ello se sigue
que estar en el campo signifique, por fuerza, estar inscriptos en un
polemos, aunque no se tenga una especial afición por
la guerra. Hay un destino estratégico, destinado a la estratagema de la
reconsideración de la verdad del campo.
Sin duda, hablar de estrategia significa tener en cuenta un «ahora»
irreductible. Hacerse cargo de la singularidad de este «ahora» no
forzosamente quiere decir renunciar a lo que decía de la disyunción, y
de lo inactual. Hay un «ahora» de lo inactual, hay una singularidad: la
de esa disyunción del presente.
En una breve formalización, diré —como a menudo me tocó hacerlo en este
último tiempo— que la disociación que se impone es disociación entre la
singularidad del «ahora» y la del presente. Hay un «ahora» sin presente;
hay una singularidad del hic et nunc, mientras que
la presencia, la presencia para sí, está dislocada. Hay instancias de
dislocación singulares, insustituibles. Precisamente en este punto se
torna central el problema que suele denominarse «biografía»: la
existencia singular, si bien consagrada a la no presencia para sí, a la
dislocación, a la no reapropiación de un presente, no por esto es menos
singular.
Por lo tanto, debe tenerse en cuenta la singularidad de lo inactual, de
la no-contemporaneidad a sí. Empero, por la razón misma de que no hay
más que contextos individuales, me permitiría insistir en el tema de la
apuesta y de la estrategia. Si la estrategia estuviera de por sí
garantizada, si su cálculo fuera certero, no se trataría de estrategia.
La estrategia siempre implica la apuesta, esto es, cierto modo de
confiarse al no saber, a lo incalculable: se calcula porque hay algo
incalculable, se calcula toda vez que no se sabe, cuando no se logra
predeterminar. Entonces, la apuesta estratégica siempre consiste en
tomar una decisión, o más bien, paradójicamente, en entregarse a una
decisión, en tomar decisiones que no pueden justificarse por completo.
La decisión de apostar es tal precisamente porque no se sabe si al
final el pari stratégique será el correcto, o el
mejor. Se llega a la apuesta estratégica porque el contexto no es del
todo determinable: existe pero no se lo puede analizar de modo
exhaustivo; está abierto porque acontece, porque hay porvenir. Así, para
poder tomar decisiones y comprometerse en una apuesta hay que aceptar el
concepto de contexto no saturable, y tener en cuenta tanto el contexto
como su estructura abierta —esto es, uno debe arriesgar sin saber, sin
estar seguro de que se obtendrá una paga, un triunfo, etc. —. Y este
entramado de exacerbada responsabilidad y de aceptación de una zona de
sombra, de irresponsabilidad, hace que el afán de coherencia no
sistemática, del cual hablaba al principio, impulse a apostar a un
porvenir que en el mejor de los casos confirmaría la incoherencia.
No veo otra cosa que los
viejos conceptos de obra y firma para
describir provisoriamente este acontecimiento. Obra,
porque la apuesta estratégica hecha en cierto punto, al decir «esto
y no aquello», prevé que, más
allá de los límites del contexto, lo que ahora digo
tendrá mañana, con prescindencia de la situación, cierta consistencia,
se lo considerará —aunque no llegue a tener un valor científico
supratemporal y universal— una obra: algo que permanece, que no es del
todo traducible, que lleva una firma (la firma no necesariamente es el
narcisismo del nombre propio o la reapropiación de algo mío); sea como
fuere, algo que tiene un lugar, cierta consistencia; algo que se
archiva, a lo que uno puede volver y puede repetir en un contexto
distinto; algo que todavía podrá leerse en un contexto en que las
condiciones de lectura habrán cambiado.
Permanecerá legible como
cierto corpus, con una firma insistente, la misma.
Un contrato; no el nombre propio, no el derecho de autor, no la
propiedad; una insistencia de ese mismo que firma, que rubrica la
apuesta. Por ejemplo, para hablar de modo más trivial y concreto, es
evidente que cuando empecé a escribir algo —acerca de Husserl,
supongamos—, respondía a un contexto que podríamos describir como un
contexto filosófico mundial, y en forma más específica, un contexto
francés de cierto momento, en un campo académico en especial, etc. Sin
embargo —he aquí la apuesta—, la coherencia y la consistencia de lo que
denominé «obra» deberá hacer que, veinte, treinta o cuarenta años más
tarde, lo dicho en aquel contexto no sea contradicho o superado sin más,
sino que resista, insista de manera tal que el contexto no sea ya un
mero conjunto de condiciones que rodean a cuanto digo, sino que también
esté formado por cuanto dije. En definitiva, es cuestión de producir
performativamente no un contexto general, desde luego, sino cierto
contexto, que no haya precedido ni circunscripto los enunciados pero
que haya sido marcado por ellos. En otros términos, no es cuestión de
registrar el contexto, sino de reflejar sus contornos, de darse e
imprimir un contexto.
Lo que llamé «obra»,
valiéndome de un nombre algo
dudoso o convencional, es un modo —endógeno, hasta cierto punto— de
producir las condiciones de legibilidad de cuanto se produjo. En alguna
medida, una obra es su contexto: no en el sentido de la autonomía y la
generación espontánea, entre otras cosas, sino en el sentido de que no
puede pensarse el contexto general si se prescinde del acontecimiento en
cuestión. Sin hacer comparaciones excesivas o presuntuosas, digamos que
las obras, filosóficas o no, son contextualizantes en igual medida que
son contextualizadas. No puede leerse la época de Platón sin Platón; eso
no significa que Platón haya caído del cielo, sino que uno debe valerse
de él para leer su época.
M.
F.:
El año pasado, comentando el atentado contra [el juez] Falcone, usted me
dijo que tenía la impresión de que Falcone de algún modo buscaba ese
destino. Por mi parte, pensé que la suya era una proyección o una
identificación: también de usted puede decirse, cuando lo acusan, como
ha sucedido, de «terrorismo oscurantista», que «se lo buscó», aunque
ello parezca injusto y sorprendente para un filósofo que siempre hizo
frente a lugares muy establecidos y, por lo demás, en instituciones
completamente legítimas.
J.
D.:
Cuando
alguien, movido por un deseo ciertamente oscuro pero que siempre podemos
intentar interpretar, dice cosas inactuales o procura privilegiar lo
inactual, no busca una intempestividad absoluta; por otra parte, ni
siquiera la conseguiría en caso de desearlo. No podemos diferenciar, por
una parte, lo conforme a su época y, por la otra, lo absolutamente
inaceptable. Cada época, período, contexto, cultura, cada momento
nacional, histórico, disciplinar, tiene cierta coherencia, pero también
cierta heterogeneidad:
es un sistema en el cual existen zonas de mayor o menor aceptabilidad. Y
quien busca lo inactual intenta reconocer cierta aceptabilidad en zonas
de mínima aceptabilidad o conformidad: en un contexto analizo algo y se
comprende que estoy yendo contra la corriente, pero se intuye también
otra corriente, todavía secundaria, virtual, inhibida, que aguarda,
grávida de una aceptabilidad posible.
Se trata de buscar algo que todavía no es bien recibido, pero que espera
serlo. Y hay una especie de olfato para lo que, si bien va contra la
corriente, ya está conectado con una posible recepción. Por ende —y me
permito una referencia personal—, probablemente cada vez que intenté
hacer gestos extraños o inactuales fue porque tenía la impresión de que
eran requeridos, más o menos silenciosamente, desde otros sectores, por
otras fuerzas, las cuales, aunque todavía minoritarias, ya se delineaban
como presentes. Es una suerte de cálculo de lo incalculable, y la
intempestividad es un tipo de tempestividad en vías de formación.
Casi siempre, los textos más intraducibles son los más traducidos: los
protocolos de la traducción están constituidos precisamente por tales
obras. Esto vale para la poesía tanto como para la filosofía. Una obra
que aparentemente representa un desafío para la traducción es, a la vez,
una invitación a la traducción, produce traductores y nuevos protocolos
de traducción; origina, pues, otros acontecimientos, los cuales hacen
que una traducción, justamente porque no está dada, pueda producirse. Si
una vez más puedo permitirme tomar como ejemplo mi trabajo —desde luego,
muy ligado al francés—, diría que a menudo fui acusado incluso de
multiplicar los juegos de palabras, los neologismos, las excentricidades
lingüísticas vinculadas a un idioma y por ello aún más intraducibles.
Empero, esto no desalentó la traducción, y en ocasiones posibilitó
traducciones que en la nueva lengua eran, a su vez, acontecimientos
textuales o de pensamiento. Lo que decíamos de la traducción del
contexto vale también como producción de la traducción.
En nada me compararía con el juez Falcone, incluso por el riesgo que él
asumió. Pero el juez Falcone es la figura de un justo que en nombre de
la justicia desafió su contexto, el estado de las fuerzas. La exigencia
de justicia lleva a desafiar el contexto para transformarlo, mas para
eso se asume el riesgo de la inconmensurabilidad entre el desafío y el
estado de las fuerzas; es el riesgo absoluto. Falcone testimonió en
favor de la justicia con riesgo para su vida, y teniendo en cuenta el
contexto (lo conocía mejor que nadie); pero llegado a cierto punto no
cedió a la disuasión que podía provenir desde el dato contextual, no
abdicó de la exigencia de justicia. Lo que llamo «justicia» —que no es
el derecho— es una relación con lo incondicionado que, una vez tomado en
consideración el conjunto de condiciones dadas, presta testimonio de lo
que no se deja encerrar en un contexto. Obviamente, en esa relación con
lo incondicionado, con la justicia, están involucradas la vida y la
muerte. La justicia no es el derecho, pero es lo que intenta producir un
nuevo derecho. Y para producirlo hace falta tener en cuenta el contexto
y luego, llegado a cierto punto, transformarlo radicalmente.
A usted le causó sorpresa que alguien pueda negar el título de filósofo
a quien se ocupó de grandes autores filosóficos canónicos y enseñó en
instituciones al parecer completamente legítimas. Sin embargo, un
análisis más sutil daría como resultado que: a) el modo en
que me ocupé de esos autores canónicos no era, desde luego, el más
acorde al tratamiento habitual del canon;
y b) las instituciones académicas que me albergaron
e incluso, por así decir, me «coronaron» eran
marginales, prestigiosas
pero no universitarias. Debe tenerse en cuenta que enseñé en grandes
instituciones, pero durante un período en que el acceso a la universidad
me estaba vedado. De un análisis más atento del campo institucional
francés surgiría —no sólo en mi caso— que por obra del sistema uno puede
verse inserto en grandes instituciones, justamente, porque
a uno lo rechazan o como confirmación del rechazo de otros niveles
institucionales. Por ello habría que tomar en consideración la historia
de las instituciones francesas, el nexo entre la universidad, la École
Normale,
el Collège de France y los Hautes Études.
No es una
pugna entre lo legítimo y lo ilegítimo, sino una
compleja distribución de instancias de legitimidad.
París, 16 de julio de 1993
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