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Pregunta: -Jacques Derrida, es una tarea temible el tener que presentarle. Diga lo que diga, voy a caer en la anécdota o en unas categorías universalizantes vacías que usted no ha dejado nunca de criticar, igual que si afirmo que usted es el padre de la deconstrucción. Finalmente, si digo que basta con leer cualquier pasaje de sus textos para ver resplandecer en él toda la riqueza de sus reflexiones, me podría responder que infiero que desde hace cuarenta años usted no hace más que repetirse, aunque la repetición haya adquirido con usted un valor filosófico. Sé por último de antemano que nunca tendré razón al darle a usted la razón. Yo podría decir, a la manera de Kant: «Jacques Derrida nació el 15 de julio de 1930 en El-Biar, cerca de Argel, vive, escribe y escribirá todavía». Sin embargo, no tengo más remedio que constatar que lo que constituye el hilo conductor más explícito de su recorrido intelectual se inscribe, se escribe, en sus textos con el filtro mismo de la autobiografía. J. Derrida: -Es verdad que, al repetirme, al desplazarme -porque lo que me interesa es el desplazamiento en la repetición-, no he dejado de acercarme a una escritura de la que con frecuencia se dice que es cada vez más autobiográfica. Aunque los primeros textos que publiqué no estaban en primera persona y eran conformes, con ciertas distancias, a unos modelos más bien académicos, ya en el transcurso de los dos últimos decenios, de un modo a la vez ficticio y no ficticio, los textos en primera persona se han multiplicado: rememoraciones, confesiones, reflexiones sobre la posibilidad o la imposibilidad de la confesión... Estoy convencido de que, en cierto modo, cualquier texto es autobiográfico y esa «tesis» se vuelve a encontrar dentro de esos escritos así llamados autobiográficas. Por lo tanto, diré que lo que ha variado en la repetición no es la relación con la autobiografía o el paso de unos textos no autobiográficos a unos textos autobiográficos, sino cierta modulación, cierta transformación del tono y del régimen de la autobiografía. Creo, de hecho, que habría que desconfiar tanto de la apariencia no autobiográfica de mis textos así denominados antiguos como de la apariencia autobiográfica de mis textos llamados recientes. En Mémoires d’aveugle, texto que escribí para la exposición del Louvre, intento demostrar en qué medida incluso cuadros que no son autorretratos son autorretratos y que, en todo caso, la distinción ya no es tan pertinente como se cree.
Pr.: -Usted nació, pues, en Argelia. Entre 1934 y 1941 fue al jardín de infantes y, después, a la escuela primaria de El-Biar; pero esos años también corresponden al principio de la guerra y a la petainización de la escuela, en una Argelia que jamás vio a un soldado alemán, que jamás fue ocupada, pero en donde el estatus de los judíos ya era problemático, puesto que hubo que esperar a 1875 y al decreto Crémieux para que tuviesen derecho a la ciudadanía francesa. ¿Cómo vio usted esos acontecimientos? ¿Qué se le pasa en ese momento por la cabeza a un niño pequeño? J. Derrida: -Me cuesta trabajo contestar a esa pregunta, no sólo porque las cosas están enmarañadas en esa historia sino también porque no sé muy bien, ni siquiera hoy, lo que, como usted dice, se le pasaba por la cabeza a ese niño. Con frecuencia intento acordarme -más allá de los hechos documentados y de los puntos de referencia subjetivos- de lo que yo podía pensar, sentir, experimentar en aquel momento, pero esos intentos fracasan muy a menudo. Por eso reconstruyo. Siempre se reconstruye, pero aquí la reconstrucción es con frecuencia abstracta. De lo que sí me acuerdo es de 1934: jardín de infantes, sufrimiento extremo. Me acuerde muy bien del desamparo, desamparo de separarme de mi familia, de mi madre, los llantos, los gritos en el jardín de infantes, vuelvo a ver esas imágenes cuando la profesora me decía: «Tu madre vendrá a buscarte», yo preguntaba: «¿Dónde está?» , y ella me contestaba: «Está guisando», y yo imaginaba que en ese jardín de infantes -que por cierto sigue existiendo, lo he vuelto a ver cuando estuve en Argelia- había un sitio en donde mi madre estaba guisando. No me imaginaba que pudiera estar en otro lugar que no fuera ese jardín de infantes. Me acuerdo de las lágrimas y de los gritos a la entrada, y de las risas a la salida, hasta el punto de que mi madre me preguntó una vez: «¿Por qué lloras y gritas al entrar, y sales riendo y cantando?», y yo respondí con esta tautología: «Porque prefiero salir que entrar». Llegaba incluso a inventar enfermedades para no ir al colegio, pedía que me tomasen la temperatura. Recuerdo un día en que, habiéndome olvidado de que, antes de ir al colegio, le había pedido a mi madre que me pusiese el termómetro porque yo decía que estaba enfermo, la vi pasar ante las rejas del colegio durante el recreo, y le grité: «Mamá, mamá, ¡no te has acordado de ponerme el termómetro!». La escuela primaria estaba enfrente del jardín de infantes. Yo era un buen alumno en la escuela primaria, con mucha frecuencia el primero de la clase, lo que me permitió darme cuenta de los cambios debidos a la Ocupación y a la llegada al poder del mariscal Pétain. En los colegios de Argelia, en donde no había alemanes, empezaron a obligarnos a mandarle cartas al mariscal Pétain, a cantar «Mariscal, ¡henos aquí!», etc., a izar la bandera todas las mañanas al comenzar las clases y, si bien se le pedía siempre al primero de la clase que izase la bandera, cuando llegaba mi turno, hacían que otro me sustituyese.
Pr.: -¿Entendía usted por qué en ese momento? J. Derrida: -No.
Pr.: -Y en su familia ¿no se hablaba de eso? J. Derrida: -No. Yo ya no sé lo que sentía, sé que ocurría, que no lo entendía, pero no consigo saber si eso me afectaba mucho, confusa o vagamente. Eso es lo que me resulta difícil reconstruir en mi memoria. Después entré en sixième en el liceo. En 1941. En octubre de 1942, poco antes del desembarco de los Aliados en el norte de África, fue cuando se aplicaron las leyes sobre los numerus clausus en mi liceo. Ya se habían aplicado antes, a mi hermana y a mi hermano los habían expulsado del colegio. A mí, por una razón que ignoro, me habían concedido un año más, pero el primer día de curso, en el liceo de Ben Aknoun, el vigilante general me llamó a su despacho y me dijo: «Vas a volver a casa, tus padres te lo explicarán». No me lo esperaba en absoluto y no comprendía nada. Trato de hallar lo que pudo ocurrir dentro de mí en ese momento, pero es en vano. Hay que decir que, en mi familia, tampoco me explicaron por qué pasaba eso. Creo que seguía resultando incomprensible para muchos judíos de Argelia, tanto más cuanto que no había alemanes. Se trataba de iniciativas de la política francesa de Argelia, más severa que en Francia: todos los profesores judíos de Argelia fueron expulsados de los colegios. Para esa comunidad judía las cosas seguían resultando enigmáticas, quizás no eran aceptadas, pero sí padecidas como una catástrofe natural para la que no hay explicación. En mi casa al menos, no había ninguna explicación que dar, menos aún que compartir con los niños. Prácticamente no se hablaba de ello. Cuando los Aliados desembarcaron, las lenguas se soltaron un poco, tanto más cuanto que, lo supe más adelante, en Argelia había movimientos de resistencia organizados, en los cuales participaban muchos intelectuales judíos de Argel. Después las cosas no se restablecieron con tanta normalidad como cabía esperar: durante más de seis meses, en la época en que el general Giraud y el general de Gaulle compartían el poder en lo que se llamó el episodio bicéfalo, las leyes raciales antisemitas no fueron abolidas. Giraud se planteó incluso la necesidad de prolongarlas indefinidamente. Al final de una larga guerra entre Giraud y de Gaulle, Giraud perdió y yo pude volver al liceo la primavera siguiente. Habría mucho que decir también sobre ese episodio en el que, tras haber desembarcado los Aliados y haber sido «liberada» Argelia, se mantuvieron las leyes raciales. Hay viejas raíces en todo ello.
Pr.: -Cuando usted presenta su escolaridad como un tanto desigual, desordenada, alborotadora, cuando se describe a sí mismo como un golfillo más preocupado por los partidos de fútbol, por las carreras y por las competiciones de todo tipo que como un alumno al que le importan sus estudios, ¿imagina que era una especie de reacción ante esa situación? J. Derrida: -Se debía a la situación histórica y política de Argelia. ¡Seguíamos en guerra! Cuando volví al liceo, estaba ocupado por los ingleses. Se había transformado en un hospital inglés. Dábamos clase en una especie de barracón cercano al liceo, y como los profesores, los hombres, estaban movilizados, se echaba mano de profesores jubilados o de mujeres. Todo esto pasó, naturalmente, dentro de un inmenso desorden, entre 1942 y 1945, y durante esos años fue cuando mis compañeros de clase y yo pensábamos más, efectivamente, en alborotar. Armábamos jaleo violentamente, casi me daría vergüenza contar las broncas que organizábamos, porque a veces eran crueles. También jugábamos al fútbol. Mi pasión por el deporte en general y por el fútbol en particular viene de esa época en la que ir al colegio quería decir marcharse con las zapatillas de fútbol dentro de la cartera. Tenía un verdadero culto por esos zapatos que limpiaba, que cuidaba más que mis cuadernos. Fútbol, carreras, béisbol que nos enseñaron los americanos, partidos contra los prisioneros italianos, eso es lo que nos importaba; la escolaridad era muy secundaria. También, en este caso, con la confusa conciencia de no estar haciendo de verdad lo que debería hacer, de no pertenecer a esos grupos de «golfillos», de jóvenes tan alborotadores, intentaba al mismo tiempo que me aceptasen. Esto siguió a los traumas de la expulsión, que provocaron en mí dos oscilaciones: por un lado, el deseo de que me aceptasen de nuevo mis compañeros, sus familias, el entorno no judío que era mi entorno y, por lo tanto, el deseo de romper con el impulso gregario que se había constituido dentro de mí para responder a la agresión y al trauma. En cierto modo yo no quería pertenecer a la comunidad judía, había estado haciendo novillos durante casi un año antes de aceptar volver de nuevo al liceo judío de Argel, creado con los profesores judíos expulsados y en el que me habían inscrito. No soportaba el encierro dentro de esa comunidad y, por consiguiente, dentro de mí se había producido una profunda ruptura afectiva. Por otro lado, me convertí en alguien extremadamente vulnerable ante cualquier manifestación antisemita o racista, muy sensible a las injurias que brotaban a cada paso, sobre todo por parte de los niños. Esa violencia me marcó para siempre. De ese momento procede sin duda el sentimiento, el deseo de soledad, de retirada respecto a cualquier comunidad, incluso a cualquier «nacionalidad» , y el sentimiento de desconfianza respecto incluso a esa palabra de «comunidad»: en cuanto veo que se constituye una pertenencia un poco demasiado natural, protectora y fusional, desaparezco... Se trata de una secuela de esa época que es propiamente mía, pero que puede justificar hoy en día una ética más general.
Pr.: -Su sueño en aquel tiempo era convertirse en futbolista profesional. Entonces, ¿cómo es que desde ese sueño pudo «caer» en el terreno de la filosofía? J. Derrida: -Como a veces he hablado de ese sueño de futbolista profesional, con mucha frecuencia me lo recuerdan como si hubiera sido mi único sueño desde mi adolescencia. Creo que tengo que complicar un poco las cosas. Es verdad que compartí ese sueño con mis amigos, que tenía muchas ganas de jugar bien al fútbol y que los días en que marcaba un gol estaba muy contento. Sin embargo, desde los 12-13 años, es decir, en la misma época, empecé a leer unos textos que los «golfillos» en cuestión no leían, y a querer escribir. Algunos profesores de francés, desde sixième y cinquième, me hablaron de Gide, por ejemplo. Me acuerdo de que, en sixième, tenía un profesor que se llamaba Lefevre. Venía de Francia, era un joven entusiasta de cabello pelirrojo, me parece que lo estoy viendo: un día nos habló de Los alimentos terrenales. Nos aconsejó que lo leyésemos, tras un ferviente elogio. Me lancé sobre el libro en cuanto tuve ocasión. La lectura de Gide, lo mismo que la de Rousseau, me llegó a través del colegio, pero El inmoralista de Gide me condujo él solo hacia Nietzsche y, a partir de ese momento, empecé a comprar libros. Había muy pocos libros en mi casa y, por lo tanto, en cuanto tenía un poco de dinero, iba a comprar. Gide fue una gran pasión mía de los 14 años. Después vinieron Nietzsche y Valéry. Luego me puse a comprar revistas literarias. Argel era una capital cultural al final de la guerra y al comienzo de la posguerra. Había muchas publicaciones, a veces argelinas, en editoriales como Charlot, y asimismo había revistas literarias, que yo leía religiosamente, y que guardaba: tenía montones de revistas literarias.
Pr.: -¿Y, en ese momento, cómo se representaba usted el deseo de escribir? J. Derrida: -Es complicado. Ese deseo pasaba a la vez probablemente por un mimetismo, ese mimetismo del adolescente respecto a unos modelos pero también a su propia imagen narcisista; en este caso Rousseau, Las ensoñaciones, Nietzsche, Gide en cierto modo, eran mis modelos. Yo ya escribía, llevaba un diario, como Gide, y tenía libretas, trocitos de papel, cuadernos, etc. Pero también es probable, y eso merecería largos análisis, incluso un psicoanálisis, que yo me replegase ante lo que consideraba cono una incomprensión de mi familia. Escribir, llevar un diario, escribir poemas en el diario, era la respuesta secreta y privada del niño al que su familia no escuchaba.
Pr.: -Una forma de resistencia... J. Derrida: -Una forma de resistencia, de distanciamiento. En ese diario había a la vez confidencias autobiográficas, pero ya también esbozos de pequeñas disertaciones sobre Rousseau y Nietzsche: me acuerdo muy bien de ese debate interno, trataba de reconciliarlos, admiraba por igual a uno y a otro, sabía que Nietzsche era un crítico despiadado de Rousseau, y me preguntaba cómo se puede ser nietzscheano y rousseauniano a la vez, como finalmente lo era yo. Todos ésos modelos competían en ese diario. ¿Sabe? Si hay un sueño que jamás me ha abandonado, haya escrito lo que haya escrito, es el de escribir algo que tenga la forma de un diario. En el fondo, mi-deseó de escribir es el de una crónica exhaustiva. ¿Qué es lo que se me pasa por la cabeza? ¿Cómo escribir lo suficientemente deprisa como para que todo lo que se me pasa por la cabeza quede guardado? He llegado a retomar apunas libretas, algunos diarios, pero los abandonaba cada vez; finalmente he renunciado, y ahora ya no llevo ningún diario. Pero es el disgusto de mi vida, porque lo que me hubiese gustado escribir es eso: un diario «total».
Pr.: -Pero, entonces, ¿en qué circunstancias decidió escoger filosofía, es decir, fijarse ese objetivo en sus estudios? J. Derrida: -El proceso fue lento. Evidentemente, desde la edad de 14-15 años soñaba con ser escritor, y, para ganarme la vida, profesor de Letras. Era la profesión más compatible con la libertad del escritor que quería ser. En clase de Terminale es cuando empecé de verdad a leer filosofía; y como me enteré también en ese momento de que, al no haber estudiado griego en el liceo, no podría presentarme al concurso para profesor de letras, me dije en el fondo: ¿por qué no conciliar las dos cosas y convertirme en profesor de filosofía? Los grandes modelos de entonces, como Sartre, eran gente que hacían a la vez literatura y filosofía. Así, poco a poco, sin renunciar a la escritura literaria, pensé que, profesionalmente, la filosofía era un mejor cálculo. |
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