Jacques Derrida

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EL LIBRO POR VENIR
[i]
Jacques Derrida

Traducción de Cristina de Peretti y Paco Vidarte. Edición digital de Derrida en castellano.

 

 

Cuestión de «sentido común», en primer lugar, y de sentido: lo que quiere decir «por venir» en «El libro por venir» no es obvio. Pero la palabra libro es tan difícil de delimitar como la cuestión del libro, por lo menos si se le quiere reconocer una especificidad punzante y destacarla en lo que ésta tiene de irreductible, allí donde resiste a tantas cuestiones cercanas, afines e incluso inseparables.

Por ejemplo, para ir a lo más cercano, la cuestión del libro, y de la historia del libro, no se confunde con la de la escritura, del modo de escritura o de las técnicas de inscripción. Hay libros, cosas que se denominan legítimamente libros. Sin embargo, éstos han sido y son todavía escritos según unos sistemas de escritura radicalmente heterogéneos. El libro no está pues ligado a una escritura.

La cuestión del libro tampoco se confunde adecuadamente con la de las técnicas de impresión y de reproducción: había libros antes y después de la invención de la imprenta, por ejemplo.

La cuestión del libro no es tampoco la cuestión de la obra. Todo libro no es una obra. Muchas obras, en cambio, incluso obras literarias o filosóficas, obras de discurso escrito, no son necesariamente libros.

La cuestión del libro no se confunde, finalmente, con la de los soportes. De forma estrictamente literal o de forma metonímica (pero tendremos que tratar continuamente de estas figuras del libro, de estos movimientos metononímicos, sinecdóquicos o simplemente metafóricos), se puede —y nadie se ha privado de hacerlo— hablar de libros portados por los soportes más distintos —no sólo los soportes clásicos sino la casi inmaterialidad o la virtualidad de las operaciones electrónicas, telemáticas, de los «soportes dinámicos», con o sin pantalla—. No es seguro que la unidad y la identidad de la cosa denominada «libro» sean incompatibles con estas nuevas teletecnologías. Esto es incluso aquello sobre lo que tendremos que discutir.

¿Qué es, por lo tanto, lo que tenemos el derecho a denominar «libro» y de qué manera la cuestión del derecho, lejos de ser preliminar o accesoria, habita en el seno mismo de la cuestión del libro? Aquélla regula esta cuestión no sólo en su forma propiamente jurídica, sino asimismo semántica, política, social, económica, en una palabra, total; y la cuestión del libro, como se verá, es también la de una determinada totalidad.

Todas estas cuestiones preliminares son, por lo tanto, indispensables precisamente cuando —lo notamos perfectamente— la problemática del libro, como conjunto elaborado de cuestiones, implica dentro de sí todos los conceptos que acabo de distinguir del libro: la escritura, el modo de inscripción, de producción y de reproducción, la obra y la puesta en marcha, el soporte, la economía del mercado o del almacenamiento, el derecho, la política, etc.

Partiré de nuevo de la vecindad de la cuestión del libro con aquélla, diferente aunque afín, del «soporte». Ella es la que se nos viene primero a la mente cuando nos interesamos por el procedimiento que está en marcha, por su porvenir y por aquello que transforma la forma actual de lo que llamamos libro.

Hablamos, aquí, ahora, en un lugar que sigue siendo, en lo esencial, un lugar de porvenir apenas inaugurado y que denominamos ya, o todavía, una «biblioteca».

Antes incluso que su nombre propio, ante sus nombres propios nacionales y franceses (Biblioteca Nacional de Francia y François Mitterrand), este recinto lleva, como su memoria misma, un nombre común, «biblioteca». Esta hermosa palabra es, por más de una razón, un título. Sabemos muy bien que dice el lugar en donde se trata del libro (biblion). Ahí se trata del libro, ahí se trata el libro de unas formas determinadas; tratamiento y formas cuya historia abierta es, como se sabe, inmensa, complicada, múltiple, llena de pliegues. De ello diré algo dentro de un momento.

He citado la palabra griega, biblion, no para hablar de manera culta ni sólo para explicar —es demasiado fácil— la palabra «biblioteca». He hablado en griego para señalar, de paso, que biblion no siempre ha querido decir «libro», ni siquiera «composición literaria» («composición literaria» es también otra cosa que nos conducirá tal vez, dentro de un rato, a las cercanías de un grave problema, el de las relaciones por venir entre la forma libro, el modelo del libro por una parte, y una composición en general, una obra, un opus, la unidad o el corpus de una obra delimitada por un comienzo y un final, una totalidad, por consiguiente, que se supone concebida y producida, incluso firmada por un autor, un solo autor identificable, y brindada a la lectura respetuosa de un lector que no toca a la obra, no la transforma en su interior, de forma, como se dice ahora, «interactiva»).

Ahora bien, ¿acaso toda obra, ya sea literal o literaria, tiene como sino o destino esencial una incorporación estrictamente libresca? Esta sería una de las numerosísimas cuestiones que nos aguardan. Biblion, que no quería ni en primer lugar ni siempre significar «libro», todavía menos «obra», podía designar un soporte de escritura (derivando entonces de biblos que nombra, en griego, la corteza interna del papiro, por consiguiente, del papel, lo mismo que el liber latino, que designaba, ante todo, la parte viva de la corteza antes de significar «libro»). Biblion, por lo tanto, querría entonces decir solamente «papel de escribir» y no libro, ni obra, ni opus, sólo la sustancia de un soporte particular, la corteza. Pero biblion puede designar también, por metonimia, cualquier soporte de escritura, unas tablillas por ejemplo, o incluso unas cartas, el correo. El biblióforo (bibliophoros) es aquel que lleva las cartas (que no son necesariamente libros o composiciones literarias). Es una especie de cartero o incluso de tabelión, el secretario, el notario, el escribano.

La extensión de estas metonimias hizo derivar biblion hacia el sentido de «escrito» en general (a saber, aquello que no se reducía ya al soporte sino que venía a inscribirse en el papiro mismo o en la tablilla, sin que eso implicase que fuese un libro: todo escrito no es un libro), después, nueva extensión, hacia la forma «libro» que nos interesa esta tarde y que tiene ya una historia larga y complicada, desde el volumen, desde el rollo de papiro, al codex, esa encuadernación de cuadernillos con las páginas superpuestas.

Ya en griego, bibliotheke designa el casillero para un libro, el lugar de depósito de los libros, el lugar donde se ponen, se depositan, se dejan reposar, el lugar donde se interponen los libros: bibliophylakion es el depósito o el almacén de libros, de escritos, de archivos no librescos en general; y bibliopoleion es la librería, nombre que con frecuencia se ha dado a la biblioteca y que se conserva para ella, como ustedes saben, en inglés (library).

En cuanto a las formas del tratamiento reservado en esos lugares, me permito subrayar solamente las palabras tradicionales que he tenido que utilizar para calificarlas y que constituyen otras tantas pistas para una reflexión por venir. Se trata de los verbos «poner», «depositar», «reposar», «interponer». Todos ellos recuerdan, como tithemi en bibliotheke, el acto de colocar, volver a poner, pero también inmovilizar, confiar a la inmovilidad estabilizadora y, por lo tanto, al estatus, a la institución estatutaria, incluso estatal, lo cual nos pone sobre aviso acerca de todas las dimensiones institucionales, jurídicas y políticas sobre las que tendremos asimismo que debatir. Poner, reposar, depositar, interponer, dejar en depósito es también acoger, recoger, reunir, consignar, recopilar, coleccionar, totalizar, elegir y leer encuadernando. La idea de la reunión, de la misma manera que la de la inmovilidad del depósito estatutario, incluso estatal, parece por consiguiente tan esencial para la del libro como para la de la biblioteca. Y, dado que la cuestión del porvenir que se nos plantea esta tarde concierne tanto al libro como a la biblioteca, no será nada sorprendente, imagino, que volvamos a encontrar en ella esos motivos de la posición tética y de la colección, de la reunión estatutaria, legítima, institucional, incluso estatal o estatal-nacional.

Otros tantos motivos que, lo señalo de paso, se reúnen a su vez en la cuestión del título. ¿Se puede imaginar un libro sin título? Se puede, pero sólo hasta el momento en que haya que nombrarlo, por lo tanto también clasificarlo, depositarlo en un orden, inscribirlo en un catálogo, una serie o una taxonomía. Resulta difícil imaginar, en todo caso tratar, un libro que no se plantee ni se reúna en un título que lleve a la vez su nombre, su identidad, la condición de su legitimidad y de su depósito legal. Resulta que, tratándose de título, el nombre de este lugar, Biblioteca, otorga su título a un lugar que, haciéndolo ya, tendrá que reunir, cada vez más en el porvenir, —para ponerlos a la disposición de los usuarios— unos textos, unos documentos, unos archivos cada vez más alejados tanto del soporte de papel como de la forma libro.

Se trata, en verdad, de la cuestión que se nos plantea esta tarde. «¿Qué pasa con el libro por venir?». Se trata, pues, asimismo de «¿qué pasa con la biblioteca por venir?» ¿Se seguirá llamando durante mucho tiempo biblioteca a un lugar que, esencialmente, no reunirá ya libros en depósito? Aunque ese lugar siguiese albergando todos los libros posibles, y aunque su número no decreciese, como creo que puede preverse, aunque ese número siguiese siendo largo tiempo mayoritario en la producción de textos, semejante lugar, no obstante, estaría llamado a convertirse, cada vez más, tendiendo pues a ello, en un espacio de trabajo, de lectura y de escritura regulado o dominado porunos textos que ya no responden a la forma «libro»: textos electrónicos sin soporte de papel, textos que ni siquiera serían corpus u opus, obras acabadas y delimitables, conjuntos que no formarían ya textos siquiera, sino procesos textuales abiertos y brindados, en unas redes nacionales e internacionales sin límite, a la intervención activa o interactiva del lector convertido en coautor, etc.

Si hablamos asimismo de biblioteca para designar semejante lugar por venir, ¿lo hacemos solamente debido a uno de esos deslizamientos metonímicos como aquel que hizo que se conservase el nombre griego de biblion o el nombre latino de liber para designar, en primer lugar, lo escrito, la cosa escrita y, después, el libro, cuando al comienzo no significaba más que la corteza de papiro o incluso una parte de la corteza viva de un árbol?

AI tratarse todavía, a título preliminar, de título, o de marca registrada, el título elegido para este encuentro, tal y como se lee en el cartel, dice con mucha precisión, «Sobre el libro por venir». El título no dice «El libro por venir», sino «Sobre el libro por venir». Como saben ustedes, la expresión «El libro por venir» conlleva una larga historia. Ha sido ya un título de libro, por consiguiente, un título impreso sobre la portada de un libro, el libro de Maurice Blanchot titulado, en 1959, El Libro por venir.

Ahora bien, El Libro por venir, nombre del título, está impreso sobre el libro, sobre El Libro por venir, y esta puesta en abismo, estructura a la cual siempre habrá sido propicia una biblioteca, se arrebata ella misma cuando se piensa que dicho título, El Libro por venir, impreso sobre El Libro por venir, se encuentra también, se vuelve a encontrar en El Libro por venir y, por lo tanto, dentro de un libro, por supuesto, arropado, recogido, replegado en un libro que trata del libro.

Más de una vez, por lo menos tres veces, en abismo: pues la expresión «el libro por venir» aparece dentro de un artículo titulado «El libro por venir», el cual a su vez concede su título al libro dentro del cual está recogido con muchos otros artículos. Su primer subcapítulo se titula «Ecce Liber», y habría sido preciso, si hubiésemos tenido tiempo, leer todo ese texto muy detenidamente con vistas, justamente, a las cuestiones que nos ocupan esta tarde. Pues esta cita abisal nos arrastra ya, al menos si queremos rastrear su genealogía, a toda una biblioteca de Francia, desde Blanchot hasta Mallarmé. Por eso, me gustaría insistir un poco, a falta de tiempo, en esta cita de cita antes incluso de adentrarme en la urgente y montaraz cuestión del «libro por venir» que se nos plantea. Cuestión trémula, asimismo, cuestión que tiembla no sólo debido a lo que perturba el sentido histórico de lo que todavía se denomina un libro, sino también debido a lo que la expresión «por venir» puede dar a entender, a saber, más de una cosa, por lo menos tres:

 

1.  Que el libro como tal tiene —o no tiene— porvenir, en el momento en que la incorporación electrónica y virtualizante, la pantalla y el teclado, la transmisión telemática, la composición numérica parecen desalojar o suplir al codex (ese cuaderno con páginas superpuestas y encuadernadas, la forma actual de lo que denominamos habitualmente un libro tal que se puede abrir, poner sobre una mesa o tener entre las manos), códice que suplantó, a su vez, al volumen, el volumen, el rollo. Lo suplantó sin hacerlo desaparecer, insisto en ello. Pues siempre habremos de vérnoslas no con unas sustituciones que ponen fin a lo que reemplazan sino con —me atreveré a utilizar hoy esta palabra— reestructuraciones en las cuales la forma más antigua sobrevive, incluso sobrevive sin fin, coexiste con la nueva y transige con una nueva economía, que es asimismo tanto un cálculo del mercado como un cálculo del almacenaje, del capital y de la reserva.

 

2.  Que, aunque tenga un futuro, el libro por venir ya no será lo que fue.

 

3.  Que se espera o se aguarda otro libro, un libro por venir que transfigurará o incluso salvará al libro del naufragio que está en marcha.

 

Esta palabra, «naufragio», antes de connotar aquí el abismo, el espectro o la reaparición de alguna catástrofe temida, que está en marcha o por venir, nos vuelve a sumir en una composición singular que fue y no fue un libro, Una tirada de Dados... de Mallarmé, en torno a la cual Blanchot escribió semejante ensayo titulado «El libro por venir», dentro del cual se lee la expresión «el libro por venir» que resulta ser también el título de estos textos escogidos —palabra que apunta, una vez más, hacia la encuadernación, la reunión, la colección, pero, ante todo, hacia la acogida (Mallarmé designa al lector como un «huésped»).

Subrayo de nuevo la palabra «textos escogidos». La linealidad con la que frecuentemente se asocia la escritura libresca recibe ya un golpe, no era el primero, en todas las figuras marinas, abisales, fantasmales, numéricas o numerológicas de esta «tirada de Dados», hasta el punto de que no podré leer este texto en voz alta, en la sucesión lineal de una temporalidad, sin destruir el tamaño diferenciado de las letras y la disposición tipográfica de un espaciamiento que ya no respeta la división ni la irreversibilidad de la paginación, y en donde selecciono, de forma bárbara, algunas figuras, tal y como lo haré y lo he hecho, por lo demás, en mi ordenador:

 

JAMÁS

 

[...] DEL FONDO DE UN NAUFRAGIO

SEA

que

el Abismo [...]

 

cadáver por el brazo/segregado del secreto que él detenta

antes

que jugar

como maníaco canoso

la partida

en nombre de las aguas [...]

 

naufragio eso/directo del hombre

sin nave [...]

 

Esponsales

cuyo

velo de ilusión repercute su asedio

así como el fantasma de un gesto

 

se tambaleará

se desplomará/

 

locura [...]

 

amargo príncipe del escollo [...]

ESTABA                                EL NÚMERO

nacido estelar

 

 

YA EXISTIESE [...]

 

COMENZASE Y CESASE [...]

 

SE CIFRASE [...]

 

ILUMINASE

 

EL AZAR

 

cae

la pluma

rítmica suspensión de lo siniestro

sepultarse

en las espumas originales

pasadas de donde saltó su delirio hasta una cima

condenada

por la neutralidad idéntica del precipicio [...]

 

NADA

de la memorable crisis

donde se hubo

el acontecimiento/realizado a la vista de todo resultado nulo

humano

NO HABRÁ TENIDO LUGAR

una elevación ordinaria escande la ausencia

QUE EL LUGAR

inferior chapoteo cualquiera como para dispersar el acto vacío

abruptamente que si no

con su mentira

hubiese fundado

la perdición

en esos parajes

de la vaguedad

en la que toda realidad se disuelve [...]

 

 

Aun a riesgo de maltratar de manera ultrajante la cita o la presentación, me permito insistir en Una tirada de Dados... para saludar, rindiéndoles homenaje, a Mallarmé, a ese libro único y al ejemplar respeto con el que la Biblioteca Nacional de la calle Richelieu ha tratado su manuscrito, sus ediciones originales y su tan difícil impresión.

Hasta qué punto tener en cuenta, esta tarde, la reflexión que Blanchot consagra, en El Libro por venir, a Mallarmé? A Mallarmé, es decir, asimismo al autor de «En cuanto al libro», de «El libro, instrumento espiritual» (que tendríamos que releer detenidamente, sobre todo en torno al plegado, es decir al códice y a esa sacralización, a lo «casi religioso», como dice Mallarmé, y de lo cual deberíamos hablar largo y tendido).

Esto está en el texto que comienza por la famosa «proposición»: «Una proposición que emana de mí [...] la reivindico [...] somera quiere que todo, en el mundo, exista para desembocar en un libro» o, también, «admitido que el volumen no comporta ningún firmante», y que tanto dice acerca del «pliegue, plegado, repliegue del papel» allí donde da lugar, un lugar sagrado, un lugar a veces sepulcral, una morada o una tumba:

Ahora bien —

El plegado es, frente a la hoja grande impresa, un indicio, casi religioso: que no extraña tanto como su asentamiento, en espesor, que brinda la minúscula tumba, ciertamente, del alma.

En la discusión, deberemos sin duda volver sobre esa religiosidad, sobre esa casi sacralidad, más concretamente sobre esa casi re-sacralización que, con todos sus alcances políticos, habrá escandido toda la historia de las técnicas de inscripción y de archivación, toda la historia de los soportes y de los modos de impresión, como si cada etapa, en una transformación técnica, pareciese destinada a desacralizar, a democratizar, a secularizar, a desfetichizar a lo largo de una interminable historia de las Luces o de la Razón (antes y más allá de la Aufklärung); pero como si, no obstante, cada etapa llevase consigo, de una manera asimismo ineludible, una reinvestidura sacra o religiosa. Pues resulta evidente, por ejemplo, que si nuestra generación sufre al ver que el libro cede terreno ante otros soportes, otros modos de lectura y de escritura, es en parte porque, inevitablemente, ha vuelto a sacralizar todo lo que se relaciona con el libro (su tiempo, su espacio, su ritmo, desde sus modos de manipulación, sus modos de legitimación, el cuerpo mismo, los ojos, las manos que se pliegan a él, la socialidad casi sacerdotal de sus productores, intérpretes, decisores, en todas sus instancias de selección y de legitimación); y esto precisamente cuando ese libro, vuelto de este modo a ser sacralizado, fetichizado, habrá representado, con su escritura fonética, por ejemplo, después con sus modos de impresión o de reproducción, un factor de secularización y de democratización.

Este es un hecho que nos recuerda con mucha precisión y riqueza el análisis de Roger Chartier, en Les Représentations de l’écrit. Esa democratización/secularización es un proceso que trataron de tener en cuenta tanto Vico como Condorcet, entre otros. En De la gramatología, hace más de treinta años, intenté analizar algunos otros ejemplos de esta historia tecnopolítica de la escritura.

Dejo de lado esa cuestión del fetichismo, de la sacralidad, de la plusvalía en la rarefacción, para volver a uno de los motivos que Blanchot privilegia en «El libro por venir», dentro de El Libro por venir, en el artículo sobre «El libro por venir» del libro El Libro por venir.

Se trata, en efecto, del proyecto de un Libro por venir y no de ese ser-pasado del libro del que hablamos desde hace un rato. La reflexión de Blanchot se inscribe entre Una tirada de Dados... y el proyecto de Libro, de la Obra (con mayúscula) como Libro, proyecto que tanto ocupó a Mallarmé y cuyas notas conservamos. Blanchot privilegia ahí el doble motivo antinómico de la división y de la reunión (esa semántica de la compilación, de la encuadernación, ese léxico del colligere, de la colección a los que me refería hace un momento). El subtítulo de esa parte es «Reunido por la dispersión». Y ahí se anuncia la cuestión del porvenir, del libro por venir. Su pasado no nos ha llegado todavía, no lo hemos pensado todavía:

 

[...] no diré que Una tirada de dados sea el Libro, afirmación que la exigencia del Libro privaría de todo sentido [...]. Del Libro, posee el carácter esencial: presente con ese rasgo de rayo que lo divide y reúne, y sin embargo extremadamente problemático, hasta el punto de que, incluso hoy, para nosotros, tan familiarizados (creemos) con todo lo que no es familiar, aquél sigue siendo la obra más improbable. Se podría decir que hemos asimilado mejor o peor la obra de Mallarmé, pero no Una tirada de dados. Una tirada de dados anuncia un libro radicalmente diferente del libro que todavía es el nuestro: deja presagiar que lo que denominamos libro, según el uso de la tradición occidental, en donde la mirada identifica el movimiento de la comprensión con la repetición de un ir-y-venir lineal, no tiene justificación más que en la facilidad de la comprensión analítica.

 

Lo que me gustaría hacer aquí, antes de concluir, y con vistas a someter a discusión algunas proposiciones articulables entre sí, aun a reserva de volver sobre ellas para apuntalarlas más adelante, es en primer lugar formalizar un motivo central en El Libro por venir de Blanchot a propósito de Mallarmé. Dicho motivo central y organizador es, por una parte, una tensión, constitutiva del Libro por venir, tal y como lo proyecta Mallarmé. Se trata de la tensión entre la reunión y la dispersión, tensión que, por otra parte, sin resolverse, se inicia con la forma del círculo, de la circulación del círculo.

Estas son algunas líneas relativas a este motivo de la puesta en circulación de una dispersión reunida o ligada a sí misma:

 

Es a la vez en el sentido de la mayor dispersión y en el sentido de una tensión capaz de reunir la infinita diversidad gracias al descubrimiento de estructuras más complejas, que Una tirada de dados orienta el porvenir del libro. El espíritu, dice Mallarmé después de Hegel, es «dispersión volátil». El libro que recoge al espíritu recoge, por consiguiente, una fuerza extrema de estallido, una inquietud sin límite y que el libro no puede contener [subrayo: el libro contiene lo que no puede contener, es a la vez más grande y más pequeño que lo que es, como cualquier biblioteca, en resumidas cuentas], que excluye de sí todo contenido, todo sentido limitado, definido y completo. Movimiento de diáspora que nunca debe ser reprimido, sino reservado y acogido como tal en el espacio que se proyecta a partir de él y al que dicho movimiento no hace sino responder, respuesta a un vacío indefinidamente multiplicado donde la dispersión adquiere forma y apariencia de unidad. Un libro semejante, siempre en movimiento, siempre en el límite de lo disperso, estará siempre también reunido en todas las direcciones, gracias a la dispersión misma y de acuerdo con la división que le es esencial y que él no hace desaparecer sino aparecer, manteniéndola con el fin de realizarse en ella.

Una tirada de dados ha nacido de una comprensión nueva del espacio literario...

 

A esta tensión que no tiene solución (pues ¿qué puede ser una dispersión desde el momento en que reúne como tal?, ¿qué puede ser el «como tal» de una división que compila y une y junta la división misma?), Blanchot aporta una formulación, si no una solución que, aunque la palabra dialéctica no se pronuncia, sigue siendo dialéctica, y el nombre de Hegel, lo han oído ustedes, no ha llegado por casualidad a este lugar, en esta fecha.

Esta formulación hegeliana es la de un círculo, la de un devenir circular que vendría no a anular sino a desplazar y arrastrar la tensión hasta un devenir lleno de sentido: «El Libro es así, discretamente, afirmado en el devenir que es quizá [la palabra «quizá» —última palabra del capítulo— jugará un papel sobre el que no puedo insistir aquí] su sentido, sentido que sería el devenir mismo del círculo. El fin de la obra es su origen, su nuevo y su antiguo comienzo: aquél es su posibilidad abierta una vez más, para que los dados de nuevo lanzados sean el lanzamiento mismo de la palabra maestra...».

Pues bien, si se me permite aludir a ello, esto es lo que creí tener que diagnosticar o poder pronosticar hace unos treinta años, en De la gramatología, con el título de «El fin del libro», corriendo el riesgo de ver que se me acusaba, de modo completamente absurdo, de querer la muerte del libro y de empujar a ello. Lo que entonces denominé «el fin del libro» venía al término de toda una historia: historia del libro, de la figura del libro e incluso de lo que se denominaba «el libro de la naturaleza» (Galileo, Descartes, Hume, Bonnet, Von Schubert, Novalis, su «enciclopedística» y lo que éste llamaba su «teoría de la biblia», etc.[ii]).

Al hablar del «fin del Libro» que está en marcha me refería a lo que ya se anunciaba, evidentemente, y de lo que hablamos esta tarde, pero yo apuntaba sobre todo al modelo ontológico-enciclopédico o neo-hegeliano del gran libro total, el libro del saber absoluto que llevaba vinculada consigo, circularmente, su propia dispersión infinita.

Ahora bien, lo que hoy sucede, lo que se anuncia como la forma misma del por-venir del libro, todavía como libro, es, por una parte, más allá de la clausura del libro, la disociación, la dislocación, la disyunción, la diseminación sin reunión posible, la dispersión irreversible de ese códice total (no su desaparición sino su marginación o su secundarización, de acuerdo con unas modalidades sobre las que habrá que volver) pero simultáneamente, por otra parte, la constante reinvestidura del proyecto libresco, del libro del mundo o del libro mundial, del libro absoluto (por eso describía yo también ese fin del libro como interminable, sin fin), el nuevo espacio de la escritura y de la lectura de la escritura electrónica que viaja a toda velocidad desde un punto del mundo al otro y conecta, más allá de fronteras y derechos, no sólo a los ciudadanos del mundo en la red universal de una universitas potencial, de una enciclopedia móvil y transparente, sino a todo lector como escritor posible o virtual, etc. Esto reaviva un deseo, el mismo deseo. Esto inculca de nuevo la tentación de considerar aquello cuya figura es el tejido mundial de la WWW como el Libro ubicuo por fin reconstituido, el libro de Dios, el gran libro de la Naturaleza, o el Libro-Mundo en su sueño onto-teológico por fin realizado, precisamente en el momento en que éste repite el fin de aquél como por-venir.

Estos son dos límites fantasmáticos del libro por venir, dos figuras extremas, finales, escatológicas del fin del libro, el fin como muerte o el fin como telos o culminación. Debemos tomarnos en serio estas dos fantasías, que son lo que precisamente, por lo demás, hace escribir y leer. Estas siguen siendo tan irreductibles como las dos grandes ideas del libro, del liber a la vez como unidad de un soporte en el mundo y de una obra o de una unidad de discurso (un libro dentro del libro). Pero es preciso tal vez que despertemos a la necesidad que rodea a estas fantasías.

 

Y no haré sino indicar la necesidad de esta ley, concluyendo abruptamente con cuatro rasgos, o cuatro puntos de fuga, que merecerían desarrollos interminables. Los enuncio o los emito telegráficamente para lanzarlos asimismo como pequeños puntos, puntos suspensivos o tiradas de dados en la discusión.

 

1. El juego y lo serio. ¿Cómo hablar del libro con seriedad (suponiendo que haya que ser serios, es decir, atenerse asimismo a la idea del saber —circular y pedagógico— que no es sino una dimensión del libro como enciclopedia, siendo la otra la del juego, del azar y de la literatura, de la que siempre nos preguntaremos si abarca o se deja abarcar, como tirada de dados, por la enciclopedia)? Sólo se hablará con seriedad de estas dos fantasías del libro por venir si se renuncia, de forma neutra, a cualquier teleología escatológica, es decir, a cualquier evaluación (pesimista u optimista, reactiva o progresista). De esa manera, habría que renunciar, por una parte, a toda lamentación, por lo demás vana e impotente, que viniese a decirnos ante lo inevitable: lo que se nos avecina es la muerte del libro, qué catástrofe, hay que salvar a cualquier precio al libro de esa muerte que nos amenaza, la muerte de todo cuanto hemos sacralizado, de todo aquello con lo que están indisociablemente vinculadas nuestras culturas, nuestras verdades, nuestras revelaciones, y nuestros modos de legitimación, etc. De hecho, sabemos —seamos serios— que el libro no va simplemente a desaparecer. Por mil razones, ni siquiera es seguro que, en cantidad, su producción no esté llamada a mantenerse, incluso a aumentar en el mercado, y en un mercado mediático del que también habría que hablar con seriedad. Me gustaría volver sobre este punto en la discusión. Por otra parte, también habría que analizar el mantenimiento del modelo del libro, del liber, de la unidad y de la distribución del discurso, incluso de su paginación en la pantalla, incluso del cuerpo, de las manos y de los ojos que éste sigue orientando, del ritmo que prescribe, de su relación con el título, de sus modos de legitimación, allí precisamente donde el soporte ha desaparecido (las nuevas revistas electrónicas, en la universidad, a través del mundo, reproducen en general los formatos, las normas editoriales, los criterios de evaluación y de selección tradicionales, para bien y para mal).

Hay, habrá pues, como siempre, coexistencia y supervivencia estructural de modelos pasados en el momento en que la génesis haga surgir nuevas posibilidades. Por lo demás, se puede querer más de una cosa a la vez, y no renunciar a nada, como hace el inconsciente. Estoy enamorado del libro, a mi manera y para siempre (lo cual me empuja a veces, paradójicamente, a encontrar que hay demasiados y no ya «no suficientes»), me gustan todas las formas del libro y no veo ninguna razón para renunciar a este amor. Pero también me gustan —es la suerte que tiene mi generación, esta única generación— el ordenador y la televisión. Y me gusta tanto, a veces tan poco, escribir con la estilográfica como con la máquina de escribir —mecánica o eléctrica— o con el ordenador. Se pone en pie una nueva economía. Esta hace que coexistan con movilidad una multiplicidad de modelos, de formas de archivación y de acumulación. En esto consiste, desde siempre, la historia del libro. Si bien hay que resistir con cautela a ese pesimismo catastrófico que, por lo demás, traduciría la vana tentación de oponerse al desarrollo inevitable de unas técnicas cuyas ventajas también son evidentes, no sólo las ventajas operativas, económicas, sino también ético-políticas, asimismo hay que evitar un optimismo progresista —y a veces «romántico»— listo para confiar una vez más a las nuevas teletecnologías de la comunicación el mito del libro infinito y sin soporte, de la transparencia universalista, de la comunicación inmediata, totalizadora y sin control, más allá de todas las fronteras, en una especie de gran aldea democrática. Optimismo de una nueva Aufklärung lista para sacrificar, incluso para quemar en su altar todos los libros viejos y sus bibliotecas —lo cual sería otra barbarie—. La verdad del libro, por así decirlo, su necesidad en todo caso, resiste —y nos dicta (se trata asimismo de la seriedad de un «es preciso»)— resistir a esas dos fantasías que no son sino el reverso una de otra.

 

2. Otra política de la reestructuración. Ya que, en lo que no me atrevo a llamar la «reestructuración en marcha», que no es ni una muerte ni una resurrección, también se puede confiar en la pulsión conservadora, incluso fetichista. Esta reinvestirá interminablemente el libro amenazado por esa «reestructuración» de la cultura y del saber. Este fetichismo sacralizará, re-sacralizará el libro, el aura de la cultura o del culto libresco, el cuerpo del libro y los cuerpos acostumbrados al libro, al tiempo, a la temporalidad y al espaciamiento del libro, la costumbre del amor del libro que se encontrará revalorizado y sobrevalorado en la misma medida que su enrarecimiento posible, incluso que su secundarización o su degradación mercantil. Ese fetichismo afortunadamente incorregible protegerá incluso los indicios de técnicas postlibrescas amenazadas por unas técnicas más avanzadas.

3. Derecho al libro. Entre las dos fantasías que acabo de evocar, la turbulencia y las aporías, como siempre, poseen una forma jurídica y ético-política. Si todo lo que la WWW simboliza puede tener un efecto liberador (respecto al control, a todas las policías, incluso a la censura de las máquinas del poder estatal-nacional, económico, académico, editorial), es demasiado evidente que eso sólo progresa si se abren unas zonas donde desaparece el derecho, unas zonas de salvajismo, del «cualquier cosa» (desde lo más peligroso, políticamente hablando, hasta lo más insignificante y lo más inepto, hasta lo peor que vendría a obstruir, asfixiar o enturbiar el espacio). Difícil cuestión de una guerra por el derecho y por el poder que ya estaba en marcha en los tiempos de la dominación del libro, pero que adopta evidentemente nuevas formas y nuevos ritmos. Es preciso reconocerlos, analizarlos, tratarlos de una manera tan justa como sea posible.

 

2.  Por último, podríamos hablar de una secundarización del segundo mismo, cualquiera que sea la singularidad sin precedentes de una mutación en marcha. Dicha mutación, ciertamente, no deja nada fuera de sí en la tierra y más allá de la tierra, en la humanidad y más allá de la humanidad. Se puede decir que dicha mutación es monstruosa: no posee, al menos en cuanto tal y allí donde «eso cambia», ningún modelo ni ninguna norma para reproducir. Sabemos y podemos decir, sin embargo, que lo que cambia de esa manera la faz de todo sobre la faz del mundo no es sino una pequeña fracción de fracción de segundo en una historia que, desde hace millones de años, transforma, de forma progresiva y mediante mutaciones bruscas, la relación del ser vivo consigo mismo y con su medio, la relación de la faz, por ejemplo (puesto que acabo de nombrar aquello que cambia la faz de todo sobre la faz del mundo), la relación del rostro, de los ojos, de la boca, del cerebro con el resto del cuerpo, con el estar de pie, con la mano, con el tiempo y con la velocidad, etc.

Esto resulta tanto más vertiginoso —pero lo sabemos perfectamente— cuanto que lo que vivimos y de lo que hablamos —durante demasiado rato, perdónenme— ocupa el tiempo y el lugar de una minúscula coma en un texto infinito.

Eso respira o vive como el soplo de una ínfima y casi invisible puntuación dentro de lo que tal vez no constituye siquiera una historia.

Una historia, por lo menos, que no tiene que ver consigo misma, una historia que no se mantiene, una historia que ya no se sostiene en pie, ahora.

Esta no obedece ya a pies juntillas como haría el libro. ¿Acaso lo habrá hecho alguna vez?

 


 

[i] Introducción a una discusión que tuvo lugar en la Biblioteca Nacional de Francia con Roger Chartier y Bernard Stiegler el 20 de marzo de 1997.

[ii] De la grammatologie, Minuit, Paris, 1967, p. 28 [trad. castellana de O. del Barco y C. Ceretti, Siglo XXI, Buenos Aires, 51998, p. 23].

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